Hace mucho tiempo que los estudiantes de esta generación de nuevos chilenos ha venido dando la batalla por la integración social, más allá de la pretendida “renovación nacional” de los herederos de las haciendas patronales que hoy detentan el poder; y, por cierto, como una réplica de principios del siglo XIX cuando los inquilinos creían que sus constituciones políticas estaban envueltas en un aura de poder divino. Hoy nadie les cree.
La subordinación de los respetuosos estudiantes durante el régimen autoritario, que se negaban a participar en partidos políticos, hoy ha salido desde la marginalidad para convertirse en el primer actor social en la política chilena.
Piden cambios concretos a la Constitución Política del Estado de Chile heredada de la dictadura, y exigen nada menos que una nueva forma de gobernar… Con este discurso, han dejado de ser las tribus urbanas de principios del XXI, para convertirse en una fuerza transversal que aglutina a todos los sectores involucrados en la educación y otros gremios que han empezado a sentir como suyas las demandas de los educandos.
En otras palabras, exigen a la clase política, la reintegración de los recursos fiscales que en el pasado fueron usurpadas a la sociedad chilena por la derecha golpista; al menos para la educación y demás servicios públicos estratégicos que estaban garantizados por el Estado.
El conflicto estudiantil parece una historia corta en las demandas sociales, pero no es así. La juventud de los años 80 pudo comprobar que el nexo entre civilidad y política no se cumple.
La pretendida “transición a la democracia” finalmente se convirtió en un diálogo de sordos; y los estallidos de protestas con cacerolazos contra el actual gobierno son similares a las protestas que se iniciaron el año 1981.
Las protestas no son una nostalgia del pasado – parecen decirnos los estudiantes–; es la recuperación de la memoria histórica para que los eventos no se vuelvan a repetir.
Héctor Véliz Pérez-Millán 05 agosto de 2011
Escritor
sábado, 6 de agosto de 2011
viernes, 29 de julio de 2011
ARISTÓTELES ESPAÑA, UN POETA COMBATIENTE
Me dicen que llega un momento en que la vida se convierte en una zona de invierno donde prevalece la lluvia; y que la campana cada vez se reduce más, hasta que finalmente las goteras se convierten en nuestros hermanos, parientes, amigos, amores… Nada tiene que ver esto con el presente invierno, pero no deja de ser una metáfora real; pues, nuestro amado poeta Aristóteles España, hijo de la Isla de Chiloé, es tal vez una de las primeras goteras que cae en estos días, una gotera que fertilizará el territorio de nuestra poesía con su legado que es patrimonio de nuestros haberes culturales.
Sabíamos de su poesía cuando volvió a Chiloé a fines de la década del 70 y también de sus días de estudiante allá en Punta Arenas, cuando en pleno golpe de Estado, siendo apenas un adolescente fue conducido al Campo de Concentración en Isla Dawson, tal vez por ostentar la incipiente fama de poeta. Ese siniestro episodio de nuestro sistema republicano, implementado por la dictadura terminó seguramente con sus sueños.
Pero a nosotros nos gusta recordarlo, cuando juntos organizábamos recitales de poesías en la sitiada ciudad de Castro, participando en talleres de literatura, teatro y canto con los nuevos poetas y artistas que hacían presencia en Chiloé, como la primera muestra de resistencia cultural juvenil en plena represión militar. Todo esto a pesar del Plan de Empleo Mínimo (que aún persiste), a pesar del feroz saqueo al Sistema de Previsión Social en Chile, que cayó en manos de las Administradoras de Fondos de Pensiones, del escamoteo a la Salud Pública, la Educación y todo lo que el noeliberalismo republicano ha sido capaz de llevarse para su casa.
En Castro lo conocimos, sabíamos de su agradable conversación y su fe en la palabra; pues, sabía que una palabra opera como una gota de lluvia, que cuando se juntan todas, arrasan como una torrente de fuerzas sociales, las mismas que vemos hoy, reflejadas en la actitud esta nueva generación y de la cual los jóvenes poetas del Aumen, alguna vez fueron sus dignos antecesores para decir NO a la barbarie, aquí al sur del Mundo.
Evoco las circunstancias sociales que nos tocó vivir, porque Aristóteles España era un poeta de las causas que movilizan a los pueblos, sabía que la comunicación finalmente se convierte en comunidad mucho antes de que se inventara el internet; y era precisamente ese sueño, el que compartíamos en esos días lo que nos trae a la memoria el recuerdo de nuestro amado poeta chilote. No lo vamos a despedir con llanto ni falsos lamentos, él no se merece esa parodia; al contrario, lo vamos a saludar una vez más, leyendo sus poemas, recordando anécdotas – que son muchas – porque vamos contar con fruición que entre nosotros anduvo un poeta combatiente y que seguirá siendo uno de los nuestros.
Hector Véliz Pérez-Millán
Escritor
Sabíamos de su poesía cuando volvió a Chiloé a fines de la década del 70 y también de sus días de estudiante allá en Punta Arenas, cuando en pleno golpe de Estado, siendo apenas un adolescente fue conducido al Campo de Concentración en Isla Dawson, tal vez por ostentar la incipiente fama de poeta. Ese siniestro episodio de nuestro sistema republicano, implementado por la dictadura terminó seguramente con sus sueños.
Pero a nosotros nos gusta recordarlo, cuando juntos organizábamos recitales de poesías en la sitiada ciudad de Castro, participando en talleres de literatura, teatro y canto con los nuevos poetas y artistas que hacían presencia en Chiloé, como la primera muestra de resistencia cultural juvenil en plena represión militar. Todo esto a pesar del Plan de Empleo Mínimo (que aún persiste), a pesar del feroz saqueo al Sistema de Previsión Social en Chile, que cayó en manos de las Administradoras de Fondos de Pensiones, del escamoteo a la Salud Pública, la Educación y todo lo que el noeliberalismo republicano ha sido capaz de llevarse para su casa.
En Castro lo conocimos, sabíamos de su agradable conversación y su fe en la palabra; pues, sabía que una palabra opera como una gota de lluvia, que cuando se juntan todas, arrasan como una torrente de fuerzas sociales, las mismas que vemos hoy, reflejadas en la actitud esta nueva generación y de la cual los jóvenes poetas del Aumen, alguna vez fueron sus dignos antecesores para decir NO a la barbarie, aquí al sur del Mundo.
Evoco las circunstancias sociales que nos tocó vivir, porque Aristóteles España era un poeta de las causas que movilizan a los pueblos, sabía que la comunicación finalmente se convierte en comunidad mucho antes de que se inventara el internet; y era precisamente ese sueño, el que compartíamos en esos días lo que nos trae a la memoria el recuerdo de nuestro amado poeta chilote. No lo vamos a despedir con llanto ni falsos lamentos, él no se merece esa parodia; al contrario, lo vamos a saludar una vez más, leyendo sus poemas, recordando anécdotas – que son muchas – porque vamos contar con fruición que entre nosotros anduvo un poeta combatiente y que seguirá siendo uno de los nuestros.
Hector Véliz Pérez-Millán
Escritor
miércoles, 27 de julio de 2011
MENSAJERO ANCESTRAL
Prólogo para el libro Cuentos Ancestrales de la Región Williche
Desde sus inicios como escritor, Héctor Véliz se ha sentido atraído por dos cosas: los mitos y la narrativa. Vivió su niñez y juventud en una época de cambio social en la Isla Grande, y especialmente la migración de su familia de la rural isla de Lemuy a la creciente ciudad de Castro de la segunda mitad del siglo veinte. En este ambiente de tránsito cultural seguramente logró escuchar relatos de sus mayores, así como ser él mismo testigo de las anécdotas del barrio y de la ciudad que la copucha transformaba en mitos y leyendas. En unos años más, bajo la mordaza de la dictadura, se daría cuenta incluso de los mitos que encierran palabras como nación, república o democracia.
Pronto se desvió de la poesía versificada hacia la narrativa, y se puso a escribir cuentos e historias, echando mano al acervo cultural de su pueblo y especialmente a la extensa mitología de Chiloé. A lo largo de su obra, Véliz se ha adentrado en el pensamiento mágico del pueblo chilote, haciendo el contrapunto entre la pregonada modernidad y la tradición mítica que se empeña en aflorar en el pensamiento y los afectos de los isleños.
Hoy, Héctor Véliz nos presenta estos Cuentos Ancestrales de la Región Wuilliche, en los cuales redescubre las raíces que lo atan y lo nutren de la experiencia ancestral. Nos ofrece el regalo de un universo soñado y pensado por el pueblo Huilliche que ha habitado y modelado estos paisajes por medio de la fábula y el lenguaje. Es una travesía por el territorio de la memoria, en la que estos relatos nos arrastrarán a través de las corrientes siempre cambiantes del mito.
El filósofo Roland Barthes comparaba la lectura del mito con la experiencia de viajar en automóvil mientras se mira el paisaje por la ventana. Hay dos objetos sobre los que podemos posar nuestra mirada: el vidrio vacío y presente o el paisaje profundo y distante.
De igual manera, aunque el mito condensa un cúmulo de símbolos y arquetipos, al que podemos atribuir una serie de funciones sociológicas, en el momento concreto de ser relatado se aleja de todo ese aparataje, y pasa a ser una forma, una figura vacía pero no por ello menos maravillosa y por sobre todo, cercana. Al contrario, en su contexto concreto de narración, el mito alcanza una intensidad emotiva poderosa, que le viene dada por los recursos poéticos del narrador, su habla y su lenguaje corporal, así como por la idoneidad del momento.
En esta concepción del mito se inspiran estos Cuentos Ancestrales de la Región Wuilliche, una compilación de historias que bien puede ser una enciclopedia de la vida, escrita desde la perspectiva de la cultura mapuche-huilliche, como un libro de bolsillo para apagar el “fogón” del televisor y adentrarse en el bosque del recuerdo. A través de estas narraciones, Véliz no sólo nos expone la cosmovisión del pueblo Huilliche sino que su intención es transmitirnos algo de esos lugares y tiempos en los que él mismo escuchó estos relatos. Los paisajes que habitaron sus ancestros, amigos y lamngen, y que en distintos momentos de su vida le fueron narrados, aquí son recreados una vez más en la atmósfera escrita de estos cuentos.
Así, más allá de trazar su génesis y sus funciones sociales y normativas, lo valioso de estas historias es la experiencia estética del relato.
Su verdadero encanto nace de escucharlos de la boca de otra persona, ya sea detrás de la estufa, en alguna comida familiar, o en la intimidad de la cama. La textura de las palabras, los silencios, el humor y el suspenso que logra imprimir la narración oral sobre la historia en bruto, logran evocar el tiempo antiguo o el mundo posible, y a través de ellos, conectar la mentalidad de una época con el presente. En suma, situar el tiempo mítico en el curso de lo cotidiano para llenarlo de significado y belleza.
La invitación es a rendirse al mito.
Acercar el mundo ancestral a nosotros, hacerlo parte de nuestras pequeñas historias cotidianas, y al mismo tiempo, ser nosotros mismos un eslabón de la cadena narrativa ancestral. Para cumplir el propósito de este libro, personalmente te pido que no te contentes sólo con leerlo. Regala alguno de estos cuentos a otra persona, pero narrados en tu propia voz, con tus propios gestos y palabras.
Recuerda que mientras el patrimonio que nos lega el pasado se llena de termita en las casonas antiguas, por otra parte reverdece cada vez que el abuelo o la mamá le cuentan una historia a su hijo. El mundo vibra cuando lo hablamos, porque sólo existe en nuestros ojos y en nuestra memoria.
CÉSAR ANDRÉ PÉREZ
Estudiante de Antropología
Universidad Austral de Chile
Valdivia, 27 de Julio, 2011
Desde sus inicios como escritor, Héctor Véliz se ha sentido atraído por dos cosas: los mitos y la narrativa. Vivió su niñez y juventud en una época de cambio social en la Isla Grande, y especialmente la migración de su familia de la rural isla de Lemuy a la creciente ciudad de Castro de la segunda mitad del siglo veinte. En este ambiente de tránsito cultural seguramente logró escuchar relatos de sus mayores, así como ser él mismo testigo de las anécdotas del barrio y de la ciudad que la copucha transformaba en mitos y leyendas. En unos años más, bajo la mordaza de la dictadura, se daría cuenta incluso de los mitos que encierran palabras como nación, república o democracia.
Pronto se desvió de la poesía versificada hacia la narrativa, y se puso a escribir cuentos e historias, echando mano al acervo cultural de su pueblo y especialmente a la extensa mitología de Chiloé. A lo largo de su obra, Véliz se ha adentrado en el pensamiento mágico del pueblo chilote, haciendo el contrapunto entre la pregonada modernidad y la tradición mítica que se empeña en aflorar en el pensamiento y los afectos de los isleños.
Hoy, Héctor Véliz nos presenta estos Cuentos Ancestrales de la Región Wuilliche, en los cuales redescubre las raíces que lo atan y lo nutren de la experiencia ancestral. Nos ofrece el regalo de un universo soñado y pensado por el pueblo Huilliche que ha habitado y modelado estos paisajes por medio de la fábula y el lenguaje. Es una travesía por el territorio de la memoria, en la que estos relatos nos arrastrarán a través de las corrientes siempre cambiantes del mito.
El filósofo Roland Barthes comparaba la lectura del mito con la experiencia de viajar en automóvil mientras se mira el paisaje por la ventana. Hay dos objetos sobre los que podemos posar nuestra mirada: el vidrio vacío y presente o el paisaje profundo y distante.
De igual manera, aunque el mito condensa un cúmulo de símbolos y arquetipos, al que podemos atribuir una serie de funciones sociológicas, en el momento concreto de ser relatado se aleja de todo ese aparataje, y pasa a ser una forma, una figura vacía pero no por ello menos maravillosa y por sobre todo, cercana. Al contrario, en su contexto concreto de narración, el mito alcanza una intensidad emotiva poderosa, que le viene dada por los recursos poéticos del narrador, su habla y su lenguaje corporal, así como por la idoneidad del momento.
En esta concepción del mito se inspiran estos Cuentos Ancestrales de la Región Wuilliche, una compilación de historias que bien puede ser una enciclopedia de la vida, escrita desde la perspectiva de la cultura mapuche-huilliche, como un libro de bolsillo para apagar el “fogón” del televisor y adentrarse en el bosque del recuerdo. A través de estas narraciones, Véliz no sólo nos expone la cosmovisión del pueblo Huilliche sino que su intención es transmitirnos algo de esos lugares y tiempos en los que él mismo escuchó estos relatos. Los paisajes que habitaron sus ancestros, amigos y lamngen, y que en distintos momentos de su vida le fueron narrados, aquí son recreados una vez más en la atmósfera escrita de estos cuentos.
Así, más allá de trazar su génesis y sus funciones sociales y normativas, lo valioso de estas historias es la experiencia estética del relato.
Su verdadero encanto nace de escucharlos de la boca de otra persona, ya sea detrás de la estufa, en alguna comida familiar, o en la intimidad de la cama. La textura de las palabras, los silencios, el humor y el suspenso que logra imprimir la narración oral sobre la historia en bruto, logran evocar el tiempo antiguo o el mundo posible, y a través de ellos, conectar la mentalidad de una época con el presente. En suma, situar el tiempo mítico en el curso de lo cotidiano para llenarlo de significado y belleza.
La invitación es a rendirse al mito.
Acercar el mundo ancestral a nosotros, hacerlo parte de nuestras pequeñas historias cotidianas, y al mismo tiempo, ser nosotros mismos un eslabón de la cadena narrativa ancestral. Para cumplir el propósito de este libro, personalmente te pido que no te contentes sólo con leerlo. Regala alguno de estos cuentos a otra persona, pero narrados en tu propia voz, con tus propios gestos y palabras.
Recuerda que mientras el patrimonio que nos lega el pasado se llena de termita en las casonas antiguas, por otra parte reverdece cada vez que el abuelo o la mamá le cuentan una historia a su hijo. El mundo vibra cuando lo hablamos, porque sólo existe en nuestros ojos y en nuestra memoria.
CÉSAR ANDRÉ PÉREZ
Estudiante de Antropología
Universidad Austral de Chile
Valdivia, 27 de Julio, 2011
domingo, 12 de junio de 2011
NEGOCIO REDONDO
Definitivamente Juan y Carlos habían nacido para ser hermanos; tal vez por eso, sus padres, en algún momento, desde diferentes rincones del país, habían decidido vivir en Chiloé, justamente uno al lado del otro, como si el destino fuese una suerte de lotería y ellos se la hubieran ganado.
Cuando las pandillas del barrio habían decidido establecer sus dominios, ambos amigos se apartaron de las luchas tribales y eligieron el camino de los rufianes a la edad en que muchos de nosotros aún se mojaban los calzoncillos en un ataque risas.
No participaron de la suerte juvenil; es decir: jugar a equivocarse, hacer el ridículo y madurar hasta que los padres así lo estimasen.
En el ambiente crapuloso donde se criaron, quisieron hacer las mismas fechorías que habían oído una y otra vez, como si fuera la única escuela de iniciación para sus días venideros.
Nuestras pandillas, a pesar de las constantes batallas que se libraban por ganar un espacio donde jugar una pichanga o nadar por el río, siempre establecían treguas para realizar campeonatos de barrios o silbar juntos a las chiquillas que paseaban. En estas fechas, ellos también eran invitados a participar por falta de jugadores o lo que haya sido, pero ambos amigos preferían alejarse y planear sus negocios.
Una tarde cuando ya no quedaba tiempo para la razón, Juan y Carlos decidieron planear un atraco a la bodega de vino que se había instalado en las dependencias de una iglesia evangélica, allí mismo donde el pastor hacía sus cultos.
Previamente habían oído de un proyecto de reciclaje de vidrios y cartones, motivo por el cual un vendedor callejero había instalado una receptora de materiales en el centro de la ciudad. El negocio era tan bueno que ya no salía a vocear: compro papeles y botellas.
Se deslizaron como si fueran babosas en la humedad de la noche y, así mismo, ingresaron por una rendija que les permitió el acceso a las garrafas de vino.
Trabajaron arduamente y acumularon su botín en la cascada…
Al día siguiente aparecieron con garrafas vacías por la receptora de reciclaje.
El comprador les preguntó, después de algunas ventas furtivas, dónde encontraban tantas garrafas vacías; y ellos, como si pretendieran establecer un negocio serio y constante, no pudieron aguantar más su insólita estrategia comercial y le contaron la procedencia.
– ¿Y qué hacen con el vino? – les preguntó el asombrado comerciante.
–Las vaciamos en el río para que nadie se de cuenta – contestaron con la cara llena de satisfacción.
Héctor Véliz Pérez-Millán
Escritor
Cuando las pandillas del barrio habían decidido establecer sus dominios, ambos amigos se apartaron de las luchas tribales y eligieron el camino de los rufianes a la edad en que muchos de nosotros aún se mojaban los calzoncillos en un ataque risas.
No participaron de la suerte juvenil; es decir: jugar a equivocarse, hacer el ridículo y madurar hasta que los padres así lo estimasen.
En el ambiente crapuloso donde se criaron, quisieron hacer las mismas fechorías que habían oído una y otra vez, como si fuera la única escuela de iniciación para sus días venideros.
Nuestras pandillas, a pesar de las constantes batallas que se libraban por ganar un espacio donde jugar una pichanga o nadar por el río, siempre establecían treguas para realizar campeonatos de barrios o silbar juntos a las chiquillas que paseaban. En estas fechas, ellos también eran invitados a participar por falta de jugadores o lo que haya sido, pero ambos amigos preferían alejarse y planear sus negocios.
Una tarde cuando ya no quedaba tiempo para la razón, Juan y Carlos decidieron planear un atraco a la bodega de vino que se había instalado en las dependencias de una iglesia evangélica, allí mismo donde el pastor hacía sus cultos.
Previamente habían oído de un proyecto de reciclaje de vidrios y cartones, motivo por el cual un vendedor callejero había instalado una receptora de materiales en el centro de la ciudad. El negocio era tan bueno que ya no salía a vocear: compro papeles y botellas.
Se deslizaron como si fueran babosas en la humedad de la noche y, así mismo, ingresaron por una rendija que les permitió el acceso a las garrafas de vino.
Trabajaron arduamente y acumularon su botín en la cascada…
Al día siguiente aparecieron con garrafas vacías por la receptora de reciclaje.
El comprador les preguntó, después de algunas ventas furtivas, dónde encontraban tantas garrafas vacías; y ellos, como si pretendieran establecer un negocio serio y constante, no pudieron aguantar más su insólita estrategia comercial y le contaron la procedencia.
– ¿Y qué hacen con el vino? – les preguntó el asombrado comerciante.
–Las vaciamos en el río para que nadie se de cuenta – contestaron con la cara llena de satisfacción.
Héctor Véliz Pérez-Millán
Escritor
miércoles, 6 de abril de 2011
LAS FLORES DEL CARDO
Hace mucho que quería contar que no sólo soy producto o impulso de un grupo de personas que hoy son personajes. Si eso fuera así, creo que habría sido portador de una ideología y las pretensiones de alguna clase social chilena; y nada de eso es cierto. No lo digo para abominar de mi pasado inmediato ni de mi origen ancestral. Al menos tengo claro de dónde vengo, y sé cual es mi función. Creo que siempre lo tuve definido, el problema era cómo sobrevivir a esa convicción y continuar.
Las hojas de los árboles, a este lado del territorio williche, comienzan a ponerse pálidas de frío; ya por la tarde el sol las seca y se ponen como esas viejas fotografías que lucen en los museos hasta caer a los pies de los viejos amantes. Me dicen que es el otoño. Debe ser cierto, pero en nuestra Isla Grande, el otoño se aferra a los árboles y no le arranca ninguna hoja; ellas persisten hasta caer podridas por la lluvia, antes que pasar al olvido.
Pero no siempre es así, hay una planta maravillosa que a fines de Abril solía perseguir cuando emprendía el vuelo, me refiero a las flores del cardo:
Sólo hay una flor
Cubierta de espinas
Que viaja al cielo
Con su mensaje
Estos versos salieron en algún momento entre unos poemas que escribí producto de una resaca emocional. Pero más allá de esas rimas, hay algo que me alegra cuando las veo viajar al cielo... Me transportan hasta mi infancia: creo que tenía siete u ocho años, cuando tuve conciencia de que iba a ser un escritor. ¿Cómo lo descubrí?... pues, escuchando y leyendo relatos: lo primero lo hacía en casa, donde la mayoría de mis parientes eran analfabetos que habían llegado a la ciudad de las lejanas Islas de los Chonos, y lo segundo, de la biblioteca pública en la ciudad de Castro, a dónde me refugiaba en los terribles días de invierno que en Chiloé dura nueve meses.
Pero insisto, había en mi barrio un sitio baldío donde sólo crecían flores de cardo, y por alguna extraña razón, los chicos no destruían o al menos permanecían lejos de ellas. En realidad no eran las espinas las que los mantenían a raya, creo que debe haber algún mensaje ancestral inscrito en la memoria de los chicos que suelen destruir las plantas; y, sin embargo, respetan a esta flor que no da frutos y ensucia el paisaje con su presencia.
Recuerdo que un verano, vino un viento del norte y, en presencia de nuestro eterno juego de pelotas, se convirtió en remolino…la mayoría escapó a sus casas a protegerse los ojos por la cantidad de arena que arrojaba, pero aquellos que permanecimos impasible, pudimos ver que el demonio del viento cosechó los cardos y se los llevó como un tesoro por todas partes haciendo una columna alucinante con esas frágiles flores que nacen entre las espinas.
Los chicos empezaron a dar vueltas y a gritar, pero yo permanecí callado pensando: “Eso haré…escribiré cuentos, muchos cuentos, casi insignificantes como las flores del cardo, y un día vendrá un ventarrón, un remolino que los llevará lejos, para todas partes, incluso hasta aquellos lugares que jamás podré conocer”.
No sé si lo habré logrado en estos días de otoño cuando las flores de cardo se acicalan y se aprestan ha realizar su viaje junto al espíritu del viento, no sé; pero lo que sí sé es que desde ese momento comenzó mi viaje a través de la literatura. Reconozco que sólo he viajado por la Patagonia y la Región Williche; que casi no hay espacio que no haya visitado, pero reconozco también que me parece haber recuperado parte de ese mundo que les fue arrebatado a mis antepasados. Tal vez no materialmente, pero sí en ésta materia de la que están hecho los sueños. Este es un espacio propio, mío. Es lo que me tocó, reconstruir los mitos en este territorio que muta trágicamente, siempre por catástrofes subterráneas o políticas. Lo sé, siempre nos estamos reinventando, y reconstruyéndonos de la devastación. Mi familia también se reconstruyó en alguna parte de su historia y decidieron terminar con los traumas de la supervivencia en los canales.
Pero no teníamos una historia oficial, sino leyendas y relatos familiares que nos recordaban de dónde había venido la familia.
Mi abuela, una anciana de origen Chono, me transmitía sus relatos y la historia familiar. Luego, cuando descubrió que yo podía escribir, me dijo: “Tú vas a ser un escribiente”.
Nunca más me lo repitió y sólo se dedicó a contarme todos los días muchas historias y relatos de su infancia, que seguramente entre las lecturas que vendrían, las olvidé.
Pero no he olvidado que entre sus pertenencias, solía sacar plantas, secas y bien cuidadas que solía dar a las personas que la venían a visitar en busca de alivio desde todas las islas del sur, de donde ella y su familia habían emigrado. Ella era una machi, y se la tenía muy reservada, porque en el pasado, las machi fueron acusadas de brujas y la experiencia le había enseñado que era más útil sobrevivir que hacer de mártir.
Pasó mucho tiempo para descubrir que tenía una historia más importante por escribir que comentar las vicisitudes contemporáneas en mis trabajos; debía reconstruir nuestro mundo devastado por la marea conquistadora; y que más aún, se había apoderado de nuestro patrimonio natural y cultural.
De allí viene el impulso, luego vendría la influencia de los clásicos de la literatura universal, y principalmente, el coraje del Taller Literario Aumen cuando se instaló en casa del Poeta Carlos Alberto Trujillo y desde allí, combatió verso a verso, contra la Guerra de Chile.
En esas jornadas no estuvo ausente nadie que amara la poesía, la libertad y los sueños. Nos reunimos todos aquellos que no cerramos los ojos cuando alguna vez apareció el torbellino para cosechar las flores del cardo; o quizás, todos juntos pensamos que aprovecharíamos esa fuerza para mandar nuestros mensajes al mundo, para decir que sobrevivimos; y así nuestro testimonio se repartirían para todos los vientos.
Héctor Véliz
Escritor
Las hojas de los árboles, a este lado del territorio williche, comienzan a ponerse pálidas de frío; ya por la tarde el sol las seca y se ponen como esas viejas fotografías que lucen en los museos hasta caer a los pies de los viejos amantes. Me dicen que es el otoño. Debe ser cierto, pero en nuestra Isla Grande, el otoño se aferra a los árboles y no le arranca ninguna hoja; ellas persisten hasta caer podridas por la lluvia, antes que pasar al olvido.
Pero no siempre es así, hay una planta maravillosa que a fines de Abril solía perseguir cuando emprendía el vuelo, me refiero a las flores del cardo:
Sólo hay una flor
Cubierta de espinas
Que viaja al cielo
Con su mensaje
Estos versos salieron en algún momento entre unos poemas que escribí producto de una resaca emocional. Pero más allá de esas rimas, hay algo que me alegra cuando las veo viajar al cielo... Me transportan hasta mi infancia: creo que tenía siete u ocho años, cuando tuve conciencia de que iba a ser un escritor. ¿Cómo lo descubrí?... pues, escuchando y leyendo relatos: lo primero lo hacía en casa, donde la mayoría de mis parientes eran analfabetos que habían llegado a la ciudad de las lejanas Islas de los Chonos, y lo segundo, de la biblioteca pública en la ciudad de Castro, a dónde me refugiaba en los terribles días de invierno que en Chiloé dura nueve meses.
Pero insisto, había en mi barrio un sitio baldío donde sólo crecían flores de cardo, y por alguna extraña razón, los chicos no destruían o al menos permanecían lejos de ellas. En realidad no eran las espinas las que los mantenían a raya, creo que debe haber algún mensaje ancestral inscrito en la memoria de los chicos que suelen destruir las plantas; y, sin embargo, respetan a esta flor que no da frutos y ensucia el paisaje con su presencia.
Recuerdo que un verano, vino un viento del norte y, en presencia de nuestro eterno juego de pelotas, se convirtió en remolino…la mayoría escapó a sus casas a protegerse los ojos por la cantidad de arena que arrojaba, pero aquellos que permanecimos impasible, pudimos ver que el demonio del viento cosechó los cardos y se los llevó como un tesoro por todas partes haciendo una columna alucinante con esas frágiles flores que nacen entre las espinas.
Los chicos empezaron a dar vueltas y a gritar, pero yo permanecí callado pensando: “Eso haré…escribiré cuentos, muchos cuentos, casi insignificantes como las flores del cardo, y un día vendrá un ventarrón, un remolino que los llevará lejos, para todas partes, incluso hasta aquellos lugares que jamás podré conocer”.
No sé si lo habré logrado en estos días de otoño cuando las flores de cardo se acicalan y se aprestan ha realizar su viaje junto al espíritu del viento, no sé; pero lo que sí sé es que desde ese momento comenzó mi viaje a través de la literatura. Reconozco que sólo he viajado por la Patagonia y la Región Williche; que casi no hay espacio que no haya visitado, pero reconozco también que me parece haber recuperado parte de ese mundo que les fue arrebatado a mis antepasados. Tal vez no materialmente, pero sí en ésta materia de la que están hecho los sueños. Este es un espacio propio, mío. Es lo que me tocó, reconstruir los mitos en este territorio que muta trágicamente, siempre por catástrofes subterráneas o políticas. Lo sé, siempre nos estamos reinventando, y reconstruyéndonos de la devastación. Mi familia también se reconstruyó en alguna parte de su historia y decidieron terminar con los traumas de la supervivencia en los canales.
Pero no teníamos una historia oficial, sino leyendas y relatos familiares que nos recordaban de dónde había venido la familia.
Mi abuela, una anciana de origen Chono, me transmitía sus relatos y la historia familiar. Luego, cuando descubrió que yo podía escribir, me dijo: “Tú vas a ser un escribiente”.
Nunca más me lo repitió y sólo se dedicó a contarme todos los días muchas historias y relatos de su infancia, que seguramente entre las lecturas que vendrían, las olvidé.
Pero no he olvidado que entre sus pertenencias, solía sacar plantas, secas y bien cuidadas que solía dar a las personas que la venían a visitar en busca de alivio desde todas las islas del sur, de donde ella y su familia habían emigrado. Ella era una machi, y se la tenía muy reservada, porque en el pasado, las machi fueron acusadas de brujas y la experiencia le había enseñado que era más útil sobrevivir que hacer de mártir.
Pasó mucho tiempo para descubrir que tenía una historia más importante por escribir que comentar las vicisitudes contemporáneas en mis trabajos; debía reconstruir nuestro mundo devastado por la marea conquistadora; y que más aún, se había apoderado de nuestro patrimonio natural y cultural.
De allí viene el impulso, luego vendría la influencia de los clásicos de la literatura universal, y principalmente, el coraje del Taller Literario Aumen cuando se instaló en casa del Poeta Carlos Alberto Trujillo y desde allí, combatió verso a verso, contra la Guerra de Chile.
En esas jornadas no estuvo ausente nadie que amara la poesía, la libertad y los sueños. Nos reunimos todos aquellos que no cerramos los ojos cuando alguna vez apareció el torbellino para cosechar las flores del cardo; o quizás, todos juntos pensamos que aprovecharíamos esa fuerza para mandar nuestros mensajes al mundo, para decir que sobrevivimos; y así nuestro testimonio se repartirían para todos los vientos.
Héctor Véliz
Escritor
domingo, 3 de abril de 2011
LAS FLORES DEL CARDO
Hace mucho que quería contar que no sólo soy producto o impulso de un grupo de personas que hoy son personajes. Si eso fuera así, creo que habría sido portador de una ideología y las pretensiones de alguna clase social chilena; y nada de eso es cierto. No lo digo para abominar de mi pasado inmediato ni de mi origen ancestral. Al menos tengo claro de dónde vengo, y sé cual es mi función. Creo que siempre lo tuve definido, el problema era cómo sobrevivir a esa convicción y continuar.
Las hojas de los árboles, a este lado del territorio williche, comienzan a ponerse pálidas de frío; ya por la tarde el sol las seca y se ponen como esas viejas fotografías que lucen en los museos hasta caer a los pies de los viejos amantes. Me dicen que es el otoño. Debe ser cierto, pero en nuestra Isla Grande, el otoño se aferra a los árboles y no le arranca ninguna hoja; ellas persisten hasta caer podridas por la lluvia, antes que caer al olvido.
Pero no siempre es así, hay una planta maravillosa que a fines de Abril solía perseguir cuando emprendía el vuelo, me refiero a las flores del cardo:
Sólo hay una flor
Cubierta de espinas
Que viaja al cielo
Con su mensaje
Estos versos salieron en algún momento entre unos poemas que escribí producto de una resaca emocional. Pero más allá de esas rimas, hay algo que me alegra cuando las veo viajar al cielo con su mensaje. Me transportan hasta mi infancia: creo que tenía siete u ocho años, cuando tuve conciencia de que iba a ser un escritor. ¿Cómo lo descubrí?... pues, escuchando y leyendo relatos; lo primero lo hacía en casa, donde la mayoría de mis parientes eran analfabetos que habían llegado a la ciudad de las lejanas Islas de los Chonos, y lo segundo, de la biblioteca pública de la ciudad de Castro, a dónde me refugiaba en los terribles días de invierno que en Chiloé, dura nueve meses.
Pero insisto, había en mi barrio un sitio baldío donde sólo crecían flores de cardo, y por alguna extraña razón, los chicos no destruían, o al menos permanecían lejos de ellas. En realidad no eran las espinas las que los mantenían a raya, creo que debe haber algún mensaje ancestral inscrito en la memoria de los chicos que suelen destruir las plantas; y sin embargo respetan a esta flor, que no da frutos y ensucia el paisaje con su presencia.
Recuerdo que un verano, vino un viento del norte, y en presencia de nuestro eterno juego de pelotas se convirtió en remolino…la mayoría escapó a sus casas a protegerse los ojos por la cantidad de arena que arrojaba, pero aquellos que permanecimos impasible, pudimos ver que el demonio del viento cosechó los cardos y se los llevó como un tesoro por todas partes haciendo una columna alucinante con esas frágiles flores que nacen entre las espinas.
Los chicos empezaron a dar vueltas y a gritar, pero yo permanecí callado pensando: “Eso haré…escribiré cuentos, muchos cuentos, casi insignificantes como las flores del cardo, y un día vendrá un ventarrón, un remolino que los llevará lejos, para todas partes, incluso hasta aquellos lugares que jamás podré conocer”.
No sé si lo habré logrado en estos días de otoño cuando las flores de cardo se acicalan y se aprestan ha realizar su viaje junto al espíritu del viento, no sé; pero lo que sí sé es que desde ese momento comenzó mi viaje a través de la literatura. Reconozco que sólo he viajado por la Patagonia y la Región Williche; que casi no hay espacio que no haya visitado, pero conozco también que me parece haber recuperado parte de ese mundo que les fue arrebatado a mis antepasados. Tal vez no materialmente, pero sí en ésta materia de la que están hecho los sueños. Este es un espacio propio, mío. Es lo que me tocó, reconstruir los mitos en este territorio que muta trágicamente, siempre por catástrofes subterráneas o políticas. Lo sé, siempre nos estamos reinventando, reconstruyendo de la devastación. Mi familia también se reconstruyó en alguna parte de su historia y decidieron terminar con los traumas de la supervivencia en los canales.
Pero no teníamos una historia oficial, sino leyendas y relatos familiares que nos recordaban de dónde había venido la familia.
Mi abuela, una anciana de origen Chono, me transmitía sus relatos y la historia familiar. Luego, cuando descubrió que yo podía escribir, me dijo: “Tú vas a ser un escribiente”.
Nunca más me lo repitió y sólo se dedicó a contarme todos los días muchas historias y relatos de su infancia, que seguramente entre las lecturas que vendrían, las olvidé.
Pero no he olvidado que entre sus pertenencias, solía sacar plantas, secas y bien cuidadas que solía dar a las personas que la venían a visitar en busca de alivio desde todas las islas del sur, de donde ella y su familia había emigrado; ella era una machi, y se la tenía muy reservada, porque en el pasado, las machi fueron acusadas de brujas y la experiencia le había enseñado que era más útil sobrevivir que hacer de mártir.
Pasó mucho tiempo para descubrir que tenía una historia más importante por escribir que comentar las vicisitudes contemporáneas en mis trabajos; debía reconstruir nuestro mundo devastado por la marea conquistadora que la había devastado; y que más aún, se había apoderado de nuestro patrimonio natural y cultural.
De allí viene el impulso, luego vendría la influencia de los clásicos de la literatura universal, y principalmente, el coraje del Taller Literario Aumen cuando se instaló en casa del Poeta Carlos Trujillo y desde allí, combatió verso a verso, contra la Guerra de Chile.
En esas jornadas no estuvo ausente nadie que amara la poesía, la libertad, los sueños. Nos reunimos todos aquellos que no cerramos los ojos cuando alguna vez vino el torbellino a cosechar las flores del cardo; tal vez todos juntos pensamos que aprovecharíamos esa fuerza para mandar nuestros mensajes al mundo, que sobrevivimos y que nuestra palabra se repartiría para todos los vientos.
hector veliz
escritor
Las hojas de los árboles, a este lado del territorio williche, comienzan a ponerse pálidas de frío; ya por la tarde el sol las seca y se ponen como esas viejas fotografías que lucen en los museos hasta caer a los pies de los viejos amantes. Me dicen que es el otoño. Debe ser cierto, pero en nuestra Isla Grande, el otoño se aferra a los árboles y no le arranca ninguna hoja; ellas persisten hasta caer podridas por la lluvia, antes que caer al olvido.
Pero no siempre es así, hay una planta maravillosa que a fines de Abril solía perseguir cuando emprendía el vuelo, me refiero a las flores del cardo:
Sólo hay una flor
Cubierta de espinas
Que viaja al cielo
Con su mensaje
Estos versos salieron en algún momento entre unos poemas que escribí producto de una resaca emocional. Pero más allá de esas rimas, hay algo que me alegra cuando las veo viajar al cielo con su mensaje. Me transportan hasta mi infancia: creo que tenía siete u ocho años, cuando tuve conciencia de que iba a ser un escritor. ¿Cómo lo descubrí?... pues, escuchando y leyendo relatos; lo primero lo hacía en casa, donde la mayoría de mis parientes eran analfabetos que habían llegado a la ciudad de las lejanas Islas de los Chonos, y lo segundo, de la biblioteca pública de la ciudad de Castro, a dónde me refugiaba en los terribles días de invierno que en Chiloé, dura nueve meses.
Pero insisto, había en mi barrio un sitio baldío donde sólo crecían flores de cardo, y por alguna extraña razón, los chicos no destruían, o al menos permanecían lejos de ellas. En realidad no eran las espinas las que los mantenían a raya, creo que debe haber algún mensaje ancestral inscrito en la memoria de los chicos que suelen destruir las plantas; y sin embargo respetan a esta flor, que no da frutos y ensucia el paisaje con su presencia.
Recuerdo que un verano, vino un viento del norte, y en presencia de nuestro eterno juego de pelotas se convirtió en remolino…la mayoría escapó a sus casas a protegerse los ojos por la cantidad de arena que arrojaba, pero aquellos que permanecimos impasible, pudimos ver que el demonio del viento cosechó los cardos y se los llevó como un tesoro por todas partes haciendo una columna alucinante con esas frágiles flores que nacen entre las espinas.
Los chicos empezaron a dar vueltas y a gritar, pero yo permanecí callado pensando: “Eso haré…escribiré cuentos, muchos cuentos, casi insignificantes como las flores del cardo, y un día vendrá un ventarrón, un remolino que los llevará lejos, para todas partes, incluso hasta aquellos lugares que jamás podré conocer”.
No sé si lo habré logrado en estos días de otoño cuando las flores de cardo se acicalan y se aprestan ha realizar su viaje junto al espíritu del viento, no sé; pero lo que sí sé es que desde ese momento comenzó mi viaje a través de la literatura. Reconozco que sólo he viajado por la Patagonia y la Región Williche; que casi no hay espacio que no haya visitado, pero conozco también que me parece haber recuperado parte de ese mundo que les fue arrebatado a mis antepasados. Tal vez no materialmente, pero sí en ésta materia de la que están hecho los sueños. Este es un espacio propio, mío. Es lo que me tocó, reconstruir los mitos en este territorio que muta trágicamente, siempre por catástrofes subterráneas o políticas. Lo sé, siempre nos estamos reinventando, reconstruyendo de la devastación. Mi familia también se reconstruyó en alguna parte de su historia y decidieron terminar con los traumas de la supervivencia en los canales.
Pero no teníamos una historia oficial, sino leyendas y relatos familiares que nos recordaban de dónde había venido la familia.
Mi abuela, una anciana de origen Chono, me transmitía sus relatos y la historia familiar. Luego, cuando descubrió que yo podía escribir, me dijo: “Tú vas a ser un escribiente”.
Nunca más me lo repitió y sólo se dedicó a contarme todos los días muchas historias y relatos de su infancia, que seguramente entre las lecturas que vendrían, las olvidé.
Pero no he olvidado que entre sus pertenencias, solía sacar plantas, secas y bien cuidadas que solía dar a las personas que la venían a visitar en busca de alivio desde todas las islas del sur, de donde ella y su familia había emigrado; ella era una machi, y se la tenía muy reservada, porque en el pasado, las machi fueron acusadas de brujas y la experiencia le había enseñado que era más útil sobrevivir que hacer de mártir.
Pasó mucho tiempo para descubrir que tenía una historia más importante por escribir que comentar las vicisitudes contemporáneas en mis trabajos; debía reconstruir nuestro mundo devastado por la marea conquistadora que la había devastado; y que más aún, se había apoderado de nuestro patrimonio natural y cultural.
De allí viene el impulso, luego vendría la influencia de los clásicos de la literatura universal, y principalmente, el coraje del Taller Literario Aumen cuando se instaló en casa del Poeta Carlos Trujillo y desde allí, combatió verso a verso, contra la Guerra de Chile.
En esas jornadas no estuvo ausente nadie que amara la poesía, la libertad, los sueños. Nos reunimos todos aquellos que no cerramos los ojos cuando alguna vez vino el torbellino a cosechar las flores del cardo; tal vez todos juntos pensamos que aprovecharíamos esa fuerza para mandar nuestros mensajes al mundo, que sobrevivimos y que nuestra palabra se repartiría para todos los vientos.
hector veliz
escritor
viernes, 28 de enero de 2011
MUERTE DE UN GUERRERO KAWESHKAR
En la primera casa de la esquina, vivieron hace mucho tiempo, los Ketamaway, esa gente de mar que el maremoto arrojó a los cerros, olvidándolos para siempre entre los maquis y la murtilla.
El padre era Kameco y su hijo, Kelá.
A la gente le costaba trabajo distinguirlos cuando caía el sol bajo una nubada, porque eran casi como dos hojas de canelo, es decir, frescos y saludables; y como si fuera una maldición, nunca pudieron adaptarse a la picadura de leña, la jardinería o a la limpieza de las calles, donde paseaban los funcionarios del gobierno.
El viejo Ketamaway, cuando el viento hacía blanquear la bahía, prefería quedar aplastado por una garrafa de vino que el clandestino le fiaba, antes de pensar en su mala suerte.
Su hijo en cambio, parecía un guerrero kaweshkar, fuerte y robusto que prefería pasar el tiempo jugando con nosotros a todos los juegos infantiles, antes de asistir a ningún colegio, donde alguna vez tuvo que salir aullando de un varillazo por no aprender a multiplicar rápido.
Se había criado entre la pesca y el vino, los asados y el hambre… Tal vez por eso, prefería nadar en el río, bucear a puro pulmón y cantar rancheras antes que aprender la canción nacional.
A parte de ser unos extraños en la ciudad, eran fieros enemigos de los Ballesteros.
Ballesteros era un patojo engreído que volvía locas a las mujeres y a la mujer de Kameco también; pero por esa locura de la vida, se había casado con la mujer más fea del reducto huilliche, donde la mayoría eran pachachos.
Como dije, Ballesteros era vecino y enemigo de los Ketamaway.
Tal vez a Ballesteros le provocaba envidia y rabia estar junto a un hombre tan alto y pacífico como el viejo Ketamaway, cuyo hijo, parecía un gigante que no paraba de crecer, comparado con las raquíticas criaturas que él tenía por hijos; quienes además, habían heredado la condición petiza de sus padres. O tal vez, la presencia de esos pescadores que no regresaron al mar, era algo que ningún Ballesteros estaba dispuesto a tolerar.
Ambas familias eran gente muy pobre, pero de alguna parte de su miseria sacaban la energía que necesitaban para atacar y defenderse de las ofensas que en los períodos de borracheras, eran amenazas mutuas.
Sus repentinas peleas callejeras y conflictos de intereses, eran motivo de visitas e intercambio social; más todavía cuando corría ñache…Porque entonces, el boliche de la Sra. Carmela, vendía más yerba y azúcar, para animar el pelambre hasta la madrugada, cuando las velas en su último alarde luminoso mandaban a todos a la cama.
El encuentro de esos dispares enemigos, era motivo de comentarios más risibles todavía, si pensamos que los mismos críticos era gente que vivía con los ojos hinchados.
Y a pesar de que Ballesteros, tenía junto a Kameco, escasa envergadura física, poseía en cambio, la audacia y rapidez de una huiña cuando sale a cazar mariposas.
Por ese tiempo yo solía ser amigo de ambas familias, por un asunto estrictamente deportivo: jugar a la pelota y nadar hasta el otro lado del río para ir a jugar contra la Pandilla de los Curas.
Las peleas sucedían de manera inesperada, y los ataques a veces parecían venir del aullido de un perro cuando anuncia desgracia o de la sal que se había derramado en la mesa…entonces los ánimos se convertían en animosidad y la zalagarda de las mujeres, preparaban el festín de comentarios sobre la sangre que se olvidaba en las manos del contrario.
Ahora todo parecía haber pasado.
Hasta que un día Ballesteros decidió terminar con la guerra personal que Ketamaway había sabido preservar, defendiéndose a golpes y patadas de aquel hombre que le había puesto por delante la marejada, cuando al comenzar el invierno lo arrojó del mar como si fuera un pescado moribundo.
Decir que la timidez hundió al pescador, es como decir que el odio armado de ballesteros, usaba cuchillo zapatero.
Por eso a nadie sorprendió cuando una hermosa tarde de primavera, Ballesteros desafió a Ketamaway a campo abierto, a pelear sobre las margaritas.
Por otro lado, Kameco seguro en la fortaleza de su enorme cuerpo de pescador, esperó como tantas veces el ataque del petizo luchador, para devolverle el golpe y hacerlo arar en la pampa.
Sólo que esta vez, antes que pudiera avisar el golpe, Ketamaway recibió una estocada del audaz gato porfiado que era Ballesteros, y cayó tirando las tripas ante la presencia socarrona de los vecinos que gustaban de verlos pelear hasta que los separaban sus mujeres.
texto publicado en el libros
Los dueños de la ciudad autor, hectorvelizpm
El padre era Kameco y su hijo, Kelá.
A la gente le costaba trabajo distinguirlos cuando caía el sol bajo una nubada, porque eran casi como dos hojas de canelo, es decir, frescos y saludables; y como si fuera una maldición, nunca pudieron adaptarse a la picadura de leña, la jardinería o a la limpieza de las calles, donde paseaban los funcionarios del gobierno.
El viejo Ketamaway, cuando el viento hacía blanquear la bahía, prefería quedar aplastado por una garrafa de vino que el clandestino le fiaba, antes de pensar en su mala suerte.
Su hijo en cambio, parecía un guerrero kaweshkar, fuerte y robusto que prefería pasar el tiempo jugando con nosotros a todos los juegos infantiles, antes de asistir a ningún colegio, donde alguna vez tuvo que salir aullando de un varillazo por no aprender a multiplicar rápido.
Se había criado entre la pesca y el vino, los asados y el hambre… Tal vez por eso, prefería nadar en el río, bucear a puro pulmón y cantar rancheras antes que aprender la canción nacional.
A parte de ser unos extraños en la ciudad, eran fieros enemigos de los Ballesteros.
Ballesteros era un patojo engreído que volvía locas a las mujeres y a la mujer de Kameco también; pero por esa locura de la vida, se había casado con la mujer más fea del reducto huilliche, donde la mayoría eran pachachos.
Como dije, Ballesteros era vecino y enemigo de los Ketamaway.
Tal vez a Ballesteros le provocaba envidia y rabia estar junto a un hombre tan alto y pacífico como el viejo Ketamaway, cuyo hijo, parecía un gigante que no paraba de crecer, comparado con las raquíticas criaturas que él tenía por hijos; quienes además, habían heredado la condición petiza de sus padres. O tal vez, la presencia de esos pescadores que no regresaron al mar, era algo que ningún Ballesteros estaba dispuesto a tolerar.
Ambas familias eran gente muy pobre, pero de alguna parte de su miseria sacaban la energía que necesitaban para atacar y defenderse de las ofensas que en los períodos de borracheras, eran amenazas mutuas.
Sus repentinas peleas callejeras y conflictos de intereses, eran motivo de visitas e intercambio social; más todavía cuando corría ñache…Porque entonces, el boliche de la Sra. Carmela, vendía más yerba y azúcar, para animar el pelambre hasta la madrugada, cuando las velas en su último alarde luminoso mandaban a todos a la cama.
El encuentro de esos dispares enemigos, era motivo de comentarios más risibles todavía, si pensamos que los mismos críticos era gente que vivía con los ojos hinchados.
Y a pesar de que Ballesteros, tenía junto a Kameco, escasa envergadura física, poseía en cambio, la audacia y rapidez de una huiña cuando sale a cazar mariposas.
Por ese tiempo yo solía ser amigo de ambas familias, por un asunto estrictamente deportivo: jugar a la pelota y nadar hasta el otro lado del río para ir a jugar contra la Pandilla de los Curas.
Las peleas sucedían de manera inesperada, y los ataques a veces parecían venir del aullido de un perro cuando anuncia desgracia o de la sal que se había derramado en la mesa…entonces los ánimos se convertían en animosidad y la zalagarda de las mujeres, preparaban el festín de comentarios sobre la sangre que se olvidaba en las manos del contrario.
Ahora todo parecía haber pasado.
Hasta que un día Ballesteros decidió terminar con la guerra personal que Ketamaway había sabido preservar, defendiéndose a golpes y patadas de aquel hombre que le había puesto por delante la marejada, cuando al comenzar el invierno lo arrojó del mar como si fuera un pescado moribundo.
Decir que la timidez hundió al pescador, es como decir que el odio armado de ballesteros, usaba cuchillo zapatero.
Por eso a nadie sorprendió cuando una hermosa tarde de primavera, Ballesteros desafió a Ketamaway a campo abierto, a pelear sobre las margaritas.
Por otro lado, Kameco seguro en la fortaleza de su enorme cuerpo de pescador, esperó como tantas veces el ataque del petizo luchador, para devolverle el golpe y hacerlo arar en la pampa.
Sólo que esta vez, antes que pudiera avisar el golpe, Ketamaway recibió una estocada del audaz gato porfiado que era Ballesteros, y cayó tirando las tripas ante la presencia socarrona de los vecinos que gustaban de verlos pelear hasta que los separaban sus mujeres.
texto publicado en el libros
Los dueños de la ciudad autor, hectorvelizpm
martes, 7 de diciembre de 2010
Presentación del libro : La Gran Construcción del Puente de Chacao
Me ha pedido usted un comentario respecto al texto La Gran Construcción del Puente de Chacao del señor Héctor Véliz Pérez-Millán, literato chilote. Dicha obra la he percibido de la siguiente manera:
1ero.: Este autor, en términos esenciales, posee sentido innato de la ironía, desde luego, sin llegar al sarcasmo. Lo suyo opera a nivel de ideas. Tiene tacto; en otras palabras, dosifica extraordinariamente bien su veta irónica, de tal forma que está lejos de saturar.
Es destacable la enorme facilidad que tiene para abordar temas complejos sin mayor esfuerzo aparente. Su tono es conversacional e intimista, otorgándole un toque de humanidad a su relato, cualidad un tanto escasa en estos días.
2do.: En lo personal, conozco de cerca destacados literatos de Chiloé y me doy cuenta perfectamente de que el señor Héctor Véliz le hace honor a la tradición y calidad de los artistas de la palabra insulares como Sonia Caicheo, Oscar Galindo, Rosabety Muñoz o Sergio Mansilla, escritores connotados que mantienen el fuego sagrado de la “poiesis” (Entendida en su sentido griego original, vale decir, “creación”).
3ro.: He disfrutado la prosa de este literato sureño. Atrapa su estilo sereno e incisivo a la vez. Por otra parte aborda una temática contingente, desde su punto de vista desencantadora, negativa, con real altura de miras, sin el acostumbrado dejo de resentimiento. Tampoco cae en la tentación de ser “políticamente correcto”. Dice lo suyo sin tapujos. Léase el siguiente fragmento: “Según los doctores de ciencias políticas, las grandes construcciones requieren grandes sacrificios sociales y en nombre de esta fábula, todos los crímenes se justifican porque la epopeya en su marcha forzada engrandece el espíritu humano”. Defiende sus raíces huilliches sin caer en el panfleto, la fórmula fácil o efectismos trasnochados. La construcción de una obra de ingeniería de semejante envergadura, en el caso de la Isla de Chiloé, significa un corte con sus lazos filiales, primordiales para miles de seres humanos. Lo atávico suele ser arrasado; sin embargo, el peso de la historia termina por hacer resurgir gritos donde sólo habitan espectros, en el mejor de los casos. Es didáctico, además, el señor Héctor Véliz Pérez-Millán.
4to.: Como decía un prócer de las letras “Conoce bien tu aldea y serás universal”: a mi juicio, dicho enunciado sintetiza un aspecto determinante en Héctor Véliz Pérez-Millán. Su Obra podrá contener tópicos locales, perdidos en una de las zonas más australes del mundo, pero los tipos literarios que desfilan en algunos episodios, como por ejemplo en “Algo va a pasar” son definitivamente una muestra clarísima de lo anteriormente afirmado, a prueba de fronteras y prejuicios.
Aunque por derroteros distintos, asocio la temática y la actitud artística de este creador con figuras tan dispares entre sí como el español decimonónico Mariano José de Larra, al maestro ginebrino, pero de cultura francesa Voltaire; los chilenos Manuel Rojas y Joaquín Edward Bello o el colombiano Gabriel García Márquez. De este último, veo una feliz coincidencia en la manera de jugar con el lenguaje. Pese al formato (narrativa), el autor tiene una enorme facilidad para la prosa poética. Le aflora inevitablemente. Felizmente.
Giovanni Novoa
Profesor de Lenguaje y Comunicación
Alianza Francesa de Osorno
Encargado Nacional de Lenguaje y Comunicación
Sociedad Educacional la Araucana.
1ero.: Este autor, en términos esenciales, posee sentido innato de la ironía, desde luego, sin llegar al sarcasmo. Lo suyo opera a nivel de ideas. Tiene tacto; en otras palabras, dosifica extraordinariamente bien su veta irónica, de tal forma que está lejos de saturar.
Es destacable la enorme facilidad que tiene para abordar temas complejos sin mayor esfuerzo aparente. Su tono es conversacional e intimista, otorgándole un toque de humanidad a su relato, cualidad un tanto escasa en estos días.
2do.: En lo personal, conozco de cerca destacados literatos de Chiloé y me doy cuenta perfectamente de que el señor Héctor Véliz le hace honor a la tradición y calidad de los artistas de la palabra insulares como Sonia Caicheo, Oscar Galindo, Rosabety Muñoz o Sergio Mansilla, escritores connotados que mantienen el fuego sagrado de la “poiesis” (Entendida en su sentido griego original, vale decir, “creación”).
3ro.: He disfrutado la prosa de este literato sureño. Atrapa su estilo sereno e incisivo a la vez. Por otra parte aborda una temática contingente, desde su punto de vista desencantadora, negativa, con real altura de miras, sin el acostumbrado dejo de resentimiento. Tampoco cae en la tentación de ser “políticamente correcto”. Dice lo suyo sin tapujos. Léase el siguiente fragmento: “Según los doctores de ciencias políticas, las grandes construcciones requieren grandes sacrificios sociales y en nombre de esta fábula, todos los crímenes se justifican porque la epopeya en su marcha forzada engrandece el espíritu humano”. Defiende sus raíces huilliches sin caer en el panfleto, la fórmula fácil o efectismos trasnochados. La construcción de una obra de ingeniería de semejante envergadura, en el caso de la Isla de Chiloé, significa un corte con sus lazos filiales, primordiales para miles de seres humanos. Lo atávico suele ser arrasado; sin embargo, el peso de la historia termina por hacer resurgir gritos donde sólo habitan espectros, en el mejor de los casos. Es didáctico, además, el señor Héctor Véliz Pérez-Millán.
4to.: Como decía un prócer de las letras “Conoce bien tu aldea y serás universal”: a mi juicio, dicho enunciado sintetiza un aspecto determinante en Héctor Véliz Pérez-Millán. Su Obra podrá contener tópicos locales, perdidos en una de las zonas más australes del mundo, pero los tipos literarios que desfilan en algunos episodios, como por ejemplo en “Algo va a pasar” son definitivamente una muestra clarísima de lo anteriormente afirmado, a prueba de fronteras y prejuicios.
Aunque por derroteros distintos, asocio la temática y la actitud artística de este creador con figuras tan dispares entre sí como el español decimonónico Mariano José de Larra, al maestro ginebrino, pero de cultura francesa Voltaire; los chilenos Manuel Rojas y Joaquín Edward Bello o el colombiano Gabriel García Márquez. De este último, veo una feliz coincidencia en la manera de jugar con el lenguaje. Pese al formato (narrativa), el autor tiene una enorme facilidad para la prosa poética. Le aflora inevitablemente. Felizmente.
Giovanni Novoa
Profesor de Lenguaje y Comunicación
Alianza Francesa de Osorno
Encargado Nacional de Lenguaje y Comunicación
Sociedad Educacional la Araucana.
miércoles, 25 de agosto de 2010
VIAJES POR EL TERRITORIO WILLICHE
La mayoría de mis textos están concebidos dentro del espacio williche, de manera que vendría siendo el rescate de la memoria y la continuidad histórica de los relatos ancestrales de la Nación Mapuche. Esto es para decir que también se puede crear a través de los viajes por el territorio, lejos de aquellos que pretenden hacernos creer que por realizar su trabajo bajo la hegemonía de un gobierno, sólo ellos están determinados a ser hitos en el desarrollo de una nación.
Es por eso que estos relatos, a pesar de las catástrofes y del tiempo que todo lo arrasa, traspasan la materialidad histórica y continúan existiendo; y de la misma manera que esos monumentos que ostentan el legado patrimonial de las grandes civilizaciones, nuestros relatos están hechos de la monumentalidad de sus paisajes y del material prehistórico que testimonian la continuidad y la persistencia de nuestro pueblo.
La creación y la reescritura de estos relatos dan cuenta de la totalidad cultural del mundo mapuche: la naturaleza, los animales, los lagos, las islas, los mitos que los pueblan, la presencia del hombre y la creación de las normas que regulan la supervivencia.
Son relatos simples y transparentes que nacieron sin pedir permiso a nadie ni obedecen a ningún interés político. Son tributarios de la cosmovisión mapuche porque desde allí han sacado su energía para continuar existiendo a través de la lengua hispana; y, sin embargo, matizada por el mapudungun.
Se podría pensar que son “plagios” o “apropiación cultural”, pero lejos de esa variación semántica, la crítica podrá decir, sin temor a equivocarse, que fueron escritas por alguien que viajó por todo el territorio williche y reunió todos los materiales del medio, y así terminó contribuyendo al museo de mitos y leyendas generados en cada espacio del sur. Hay quienes se vanaglorian de museos vacíos, llenos de artefactos sin espíritu; en cambio, estos relatos son sólo palabras y emociones, y están hechos de los sueños.
AREA DE INFLUENCIA CHILOTA
Hay un Día Feliz, es una reescritura del Mito de la Creación del Archipiélago de Chiloé, según la tradición mapuche-williche.
El Chancharro – cuento de raigambre ancestral – es un relato de amor y venganza que testimonia la presencia del chancharro en las inmediaciones de la Isla de Chiloé.
EL Caballito de Siete Colores – cuento de raigambre ancestral – es un cuento más elaborado donde se habla del origen de la papa y sus repercusiones sociales dentro de la comunidad.
Kintunien y la Sirenita – cuento de raigambre ancestral – nos habla de la importancia del mito y el respeto hacia la naturaleza, a pesar de su adversidad hacia la precariedad humana, para la conservación de la vida.
Los Williches Errantes – cuento de raigambre ancestral – sería el mito de las ánimas en pena, que no han traspasado el umbral de la muerte y siguen habitando los bosques, y la memoria de sus antepasados.
Kolde y el Salmón – cuento de raigambre ancestral – es un relato que no habla de los viajes y la discontinuidad de una tradición por otra que más tarde acarrea consecuencias que pueden ser nefastas o beneficiosas para una comunidad, como efecto de la apropiación cultural.
Cucao Lagos Gemelos – cuento de raigambre ancestral – relato etiológico que explica la presencia de dos lagos (Huillinco y Cucao al Interior de Chiloé); y por qué están unidos.
Los Mitos del Puente – cuento de raigambre ancestral – testimonia el viaje de iniciación de un joven que pretende ir más allá de la totalidad de su cultura.
La Huenchur, reescritura de la leyenda mapuche-williche sobre la Machi y su íntima relación con los fenómenos de la naturaleza.
Chelle – cuento de raigambre ancestral – es sobre el amor y el origen de la gaviota, como símbolo del ave más perfecta que habita en las islas del sur de Chile.
El Éxodo – cuento de raigambre ancestral – da cuenta de la influencia del mito contemporáneo por sobre los mitos ancestrales que habitan los territorios williches, en este caso, la Isla de Chiloé.
El Alcalde de Yutuy – cuento de raigambre ancestral – muestra la manipulación del poder de los caciques sobre una población arrasada por la catástrofe.
El Ánima de San Agustín – cuento de raigambre ancestral – da cuenta sobre el origen mítico de una Iglesia en un lugar donde antes no existía. Nuevamente el secretismo religioso se impone al medio…donde el mito cristiano parece dar testimonio del mítico Witranalwe.
AREA DE INFLUENCIA MAPUCHE
Los Andes – cuento de raigambre ancestral – da cuenta de la presencia del hombre andino y su persistencia en habitar la cordillera andina, a pesar de vivir en un espacio geográfico de ambientes tan variados como los lagos, los ríos y la presencia del mar, en su determinación por conquistar los espacios que parecen ser dominios de los dioses.
La Leyenda del Abuelito Wenteyao, es una reescritura del mito mapuche-williche de San Juan de La Costa en la Provincia de Osorno, donde el sincretismo religioso hispano-williche se unen para dejar en evidencia el profundo fe de ambas culturas.
Canillo, es una reescritura del mito mapuche-williche de San Juan de La Costa en la Provincia de Osorno que va unido a la presencia del Abuelito Wentwyao quién representa el Bien y Canillo sería el portador del Mal.
La Doncella de Antillanca – cuento de raigambre ancestral – es un relato que habla de la belleza y sus dificultades, pero más allá del rapto, también nos señala que la maldición se puede terminar para convertirse en otra forma de belleza en la transparencia de los paisajes del Sur.
La Niña de la Cordillera, reescritura sobre el origen de la nieve en la Cordillera de los Andes. Tópico sobre el rapto, práctica común entre los mapuches prehispánicos, y así mismo, sus mitos no podían estar ajenos a estas formas de relación.
La Araucaria, reescritura sobre el momento en que se inicia el consumo del piñón, y la continuidad de la nación mapuche.
Aylen – cuento de raigambre ancestral – el destino señalado por la machi se precipita como única señal de los acontecimientos; y, así, la seguridad del infortunio no se detiene a pesar de los esfuerzos por evadirlo.
Aukan y el Wekufe – cuento de raigambre ancestral – cuento sobre el rapto, y la maldición sobre una población femenina.
Kinturayen – cuento de raigambre ancestral – nos habla de la maldad y la bondad, la belleza y la fealdad; del adecuado conocimiento de las plantas medicinales y del peligro que ello implica cuando reina la envidia.
ACLARACIÓN:
Mi trabajo de alguna manera está relacionado con una utopía cultural que al parecer solamente los soñadores comprendemos, porque hay que profundizar en la memoria, a pesar de la vorágine por la modernidad y la fascinación por la globalización.
Mi postura no es política, a veces pienso que es más bien romántica, con todo lo que significa para un pueblo creerse el cuento de su propia cosmovisión.
Este trabajo también da cuenta de mis andanzas y mi permanencia en los diferentes sitios que comprende toda la zona de influencia williche. A menudo, los historiadores han reseñado el desplazamiento de políticos y conquistadores, guerreros y colonizadores como únicos portadores de una cultura viajera. Sin embargo, la literatura nos presenta innumerables testimonios de viajeros, que han dejado testimonio escrito: sea por carta, notas periodísticas o bitácoras de viaje.
Así comprendemos que la humanidad siempre ha estado en movimiento y que la epopeya de los relatos míticos, y picarescos, dramáticos o absurdos, viajan y se visten con el lenguaje del nuevo espacio que les toca habitar, trasmutándose en cuentos orales.
Nuestra literatura que emerge de la oralidad, parece recién creada; sin embargo, ha ido avanzando a tramos, primero con las notas de cronistas, luego con la reescritura de antropólogos y finalmente, con la presencia de poetas y escritores que han nacido dentro del amplio espacio de la etnia, lo cual entrega un aspecto más creíble a nuestra cultura. Por supuesto que el mestizaje está presente, no podía ser de otra manera, si hasta el idioma es prestado, pero más allá de la utopía, el español champurriado que hablamos es nuestra identidad y, ya no pertenece a ellos, nos hemos apropiado de su lengua y les hemos dado un tinte más latinoamericano, agregándole nuestros mitos y leyendas, nuestras costumbres y nuestra religiosidad, nuestra forma de representar la realidad y nuestros sueños. Hemos levantado un chamanto junto a los afiches en la muralla multicultural. Nuestros pintores también han hecho lo suyo y los músicos, a su vez, cada día cantan nuestros íconos que van a gritar nuestra presencia en el mundo. A pesar de las ironías, por fin hemos echado al suelo los muros de resistencia que impedían nuestro paso hacia la inserción internacional. Sabemos que hay peñis con dificultades porque sus luchas son territoriales y más tangibles por los espacios donde se levantan nuestras tradiciones.
Tal vez algunos piensen que es una lucha en la que no vale la pena meterse, pero los soñadores necesitamos recrear esos reinos, y los de la imaginación para hacer más soportable la vida; necesitamos recrear más espacios del espíritu para que el hombre moderno tenga la paz que necesita para fundar su familia, y sigan otros peñis la continuidad a la que todos tenemos derechos, más allá de que los tratados de libre comercio así los dispongan.
Al menos tengo la convicción de que la literatura está hecha de la misma materia de la luz; y que, además, exuda tanta ambigüedad como esos días abigarrados que nos hacen apreciar esa construcción mítica que es el mensaje del cielo: el arcoiris.
Si la literatura es capaz de acompañar al hombre en su viaje a través del tiempo y los espacios, entonces podré decir que estoy haciendo un trabajo que ni las guerras ni las ideologías podrán derrumbar y eso es más de lo que puede hacer un legislador, cuyos escritos siempre están expuestos a la derrota política.
HECTOR VELIZ
Es por eso que estos relatos, a pesar de las catástrofes y del tiempo que todo lo arrasa, traspasan la materialidad histórica y continúan existiendo; y de la misma manera que esos monumentos que ostentan el legado patrimonial de las grandes civilizaciones, nuestros relatos están hechos de la monumentalidad de sus paisajes y del material prehistórico que testimonian la continuidad y la persistencia de nuestro pueblo.
La creación y la reescritura de estos relatos dan cuenta de la totalidad cultural del mundo mapuche: la naturaleza, los animales, los lagos, las islas, los mitos que los pueblan, la presencia del hombre y la creación de las normas que regulan la supervivencia.
Son relatos simples y transparentes que nacieron sin pedir permiso a nadie ni obedecen a ningún interés político. Son tributarios de la cosmovisión mapuche porque desde allí han sacado su energía para continuar existiendo a través de la lengua hispana; y, sin embargo, matizada por el mapudungun.
Se podría pensar que son “plagios” o “apropiación cultural”, pero lejos de esa variación semántica, la crítica podrá decir, sin temor a equivocarse, que fueron escritas por alguien que viajó por todo el territorio williche y reunió todos los materiales del medio, y así terminó contribuyendo al museo de mitos y leyendas generados en cada espacio del sur. Hay quienes se vanaglorian de museos vacíos, llenos de artefactos sin espíritu; en cambio, estos relatos son sólo palabras y emociones, y están hechos de los sueños.
AREA DE INFLUENCIA CHILOTA
Hay un Día Feliz, es una reescritura del Mito de la Creación del Archipiélago de Chiloé, según la tradición mapuche-williche.
El Chancharro – cuento de raigambre ancestral – es un relato de amor y venganza que testimonia la presencia del chancharro en las inmediaciones de la Isla de Chiloé.
EL Caballito de Siete Colores – cuento de raigambre ancestral – es un cuento más elaborado donde se habla del origen de la papa y sus repercusiones sociales dentro de la comunidad.
Kintunien y la Sirenita – cuento de raigambre ancestral – nos habla de la importancia del mito y el respeto hacia la naturaleza, a pesar de su adversidad hacia la precariedad humana, para la conservación de la vida.
Los Williches Errantes – cuento de raigambre ancestral – sería el mito de las ánimas en pena, que no han traspasado el umbral de la muerte y siguen habitando los bosques, y la memoria de sus antepasados.
Kolde y el Salmón – cuento de raigambre ancestral – es un relato que no habla de los viajes y la discontinuidad de una tradición por otra que más tarde acarrea consecuencias que pueden ser nefastas o beneficiosas para una comunidad, como efecto de la apropiación cultural.
Cucao Lagos Gemelos – cuento de raigambre ancestral – relato etiológico que explica la presencia de dos lagos (Huillinco y Cucao al Interior de Chiloé); y por qué están unidos.
Los Mitos del Puente – cuento de raigambre ancestral – testimonia el viaje de iniciación de un joven que pretende ir más allá de la totalidad de su cultura.
La Huenchur, reescritura de la leyenda mapuche-williche sobre la Machi y su íntima relación con los fenómenos de la naturaleza.
Chelle – cuento de raigambre ancestral – es sobre el amor y el origen de la gaviota, como símbolo del ave más perfecta que habita en las islas del sur de Chile.
El Éxodo – cuento de raigambre ancestral – da cuenta de la influencia del mito contemporáneo por sobre los mitos ancestrales que habitan los territorios williches, en este caso, la Isla de Chiloé.
El Alcalde de Yutuy – cuento de raigambre ancestral – muestra la manipulación del poder de los caciques sobre una población arrasada por la catástrofe.
El Ánima de San Agustín – cuento de raigambre ancestral – da cuenta sobre el origen mítico de una Iglesia en un lugar donde antes no existía. Nuevamente el secretismo religioso se impone al medio…donde el mito cristiano parece dar testimonio del mítico Witranalwe.
AREA DE INFLUENCIA MAPUCHE
Los Andes – cuento de raigambre ancestral – da cuenta de la presencia del hombre andino y su persistencia en habitar la cordillera andina, a pesar de vivir en un espacio geográfico de ambientes tan variados como los lagos, los ríos y la presencia del mar, en su determinación por conquistar los espacios que parecen ser dominios de los dioses.
La Leyenda del Abuelito Wenteyao, es una reescritura del mito mapuche-williche de San Juan de La Costa en la Provincia de Osorno, donde el sincretismo religioso hispano-williche se unen para dejar en evidencia el profundo fe de ambas culturas.
Canillo, es una reescritura del mito mapuche-williche de San Juan de La Costa en la Provincia de Osorno que va unido a la presencia del Abuelito Wentwyao quién representa el Bien y Canillo sería el portador del Mal.
La Doncella de Antillanca – cuento de raigambre ancestral – es un relato que habla de la belleza y sus dificultades, pero más allá del rapto, también nos señala que la maldición se puede terminar para convertirse en otra forma de belleza en la transparencia de los paisajes del Sur.
La Niña de la Cordillera, reescritura sobre el origen de la nieve en la Cordillera de los Andes. Tópico sobre el rapto, práctica común entre los mapuches prehispánicos, y así mismo, sus mitos no podían estar ajenos a estas formas de relación.
La Araucaria, reescritura sobre el momento en que se inicia el consumo del piñón, y la continuidad de la nación mapuche.
Aylen – cuento de raigambre ancestral – el destino señalado por la machi se precipita como única señal de los acontecimientos; y, así, la seguridad del infortunio no se detiene a pesar de los esfuerzos por evadirlo.
Aukan y el Wekufe – cuento de raigambre ancestral – cuento sobre el rapto, y la maldición sobre una población femenina.
Kinturayen – cuento de raigambre ancestral – nos habla de la maldad y la bondad, la belleza y la fealdad; del adecuado conocimiento de las plantas medicinales y del peligro que ello implica cuando reina la envidia.
ACLARACIÓN:
Mi trabajo de alguna manera está relacionado con una utopía cultural que al parecer solamente los soñadores comprendemos, porque hay que profundizar en la memoria, a pesar de la vorágine por la modernidad y la fascinación por la globalización.
Mi postura no es política, a veces pienso que es más bien romántica, con todo lo que significa para un pueblo creerse el cuento de su propia cosmovisión.
Este trabajo también da cuenta de mis andanzas y mi permanencia en los diferentes sitios que comprende toda la zona de influencia williche. A menudo, los historiadores han reseñado el desplazamiento de políticos y conquistadores, guerreros y colonizadores como únicos portadores de una cultura viajera. Sin embargo, la literatura nos presenta innumerables testimonios de viajeros, que han dejado testimonio escrito: sea por carta, notas periodísticas o bitácoras de viaje.
Así comprendemos que la humanidad siempre ha estado en movimiento y que la epopeya de los relatos míticos, y picarescos, dramáticos o absurdos, viajan y se visten con el lenguaje del nuevo espacio que les toca habitar, trasmutándose en cuentos orales.
Nuestra literatura que emerge de la oralidad, parece recién creada; sin embargo, ha ido avanzando a tramos, primero con las notas de cronistas, luego con la reescritura de antropólogos y finalmente, con la presencia de poetas y escritores que han nacido dentro del amplio espacio de la etnia, lo cual entrega un aspecto más creíble a nuestra cultura. Por supuesto que el mestizaje está presente, no podía ser de otra manera, si hasta el idioma es prestado, pero más allá de la utopía, el español champurriado que hablamos es nuestra identidad y, ya no pertenece a ellos, nos hemos apropiado de su lengua y les hemos dado un tinte más latinoamericano, agregándole nuestros mitos y leyendas, nuestras costumbres y nuestra religiosidad, nuestra forma de representar la realidad y nuestros sueños. Hemos levantado un chamanto junto a los afiches en la muralla multicultural. Nuestros pintores también han hecho lo suyo y los músicos, a su vez, cada día cantan nuestros íconos que van a gritar nuestra presencia en el mundo. A pesar de las ironías, por fin hemos echado al suelo los muros de resistencia que impedían nuestro paso hacia la inserción internacional. Sabemos que hay peñis con dificultades porque sus luchas son territoriales y más tangibles por los espacios donde se levantan nuestras tradiciones.
Tal vez algunos piensen que es una lucha en la que no vale la pena meterse, pero los soñadores necesitamos recrear esos reinos, y los de la imaginación para hacer más soportable la vida; necesitamos recrear más espacios del espíritu para que el hombre moderno tenga la paz que necesita para fundar su familia, y sigan otros peñis la continuidad a la que todos tenemos derechos, más allá de que los tratados de libre comercio así los dispongan.
Al menos tengo la convicción de que la literatura está hecha de la misma materia de la luz; y que, además, exuda tanta ambigüedad como esos días abigarrados que nos hacen apreciar esa construcción mítica que es el mensaje del cielo: el arcoiris.
Si la literatura es capaz de acompañar al hombre en su viaje a través del tiempo y los espacios, entonces podré decir que estoy haciendo un trabajo que ni las guerras ni las ideologías podrán derrumbar y eso es más de lo que puede hacer un legislador, cuyos escritos siempre están expuestos a la derrota política.
HECTOR VELIZ
VIAJES POR EL TERRITORIO WILLICHE
La mayoría de mis textos están concebidos dentro del espacio williche, de manera que vendría siendo el rescate de la memoria y la continuidad histórica de los relatos ancestrales de la Nación Mapuche. Esto es para decir que también se puede crear a través de los viajes por el territorio, lejos de aquellos que pretenden hacernos creer que por realizar su trabajo bajo la hegemonía de un gobierno, sólo ellos están determinados a ser hitos en el desarrollo de una nación.
Es por eso que estos relatos, a pesar de las catástrofes y del tiempo que todo lo arrasa, traspasan la materialidad histórica y continúan existiendo; y de la misma manera que esos monumentos que ostentan el legado patrimonial de las grandes civilizaciones, nuestros relatos están hechos de la monumentalidad de sus paisajes y del material prehistórico que testimonian la continuidad y la persistencia de nuestro pueblo.
La creación y la reescritura de estos relatos dan cuenta de la totalidad cultural del mundo mapuche: la naturaleza, los animales, los lagos, las islas, los mitos que los pueblan, la presencia del hombre y la creación de las normas que regulan la supervivencia.
Son relatos simples y transparentes que nacieron sin pedir permiso a nadie ni obedecen a ningún interés político. Son tributarios de la cosmovisión mapuche porque desde allí han sacado su energía para continuar existiendo a través de la lengua hispana; y, sin embargo, matizada por el mapudungun.
Se podría pensar que son “plagios” o “apropiación cultural”, pero lejos de esa variación semántica, la crítica podrá decir, sin temor a equivocarse, que fueron escritas por alguien que viajó por todo el territorio williche y reunió todos los materiales del medio, y así terminó contribuyendo al museo de mitos y leyendas generados en cada espacio del sur. Hay quienes se vanaglorian de museos vacíos, llenos de artefactos sin espíritu; en cambio, estos relatos son sólo palabras y emociones, y están hechos de los sueños.
AREA DE INFLUENCIA CHILOTA
Hay un Día Feliz, es una reescritura del Mito de la Creación del Archipiélago de Chiloé, según la tradición mapuche-williche.
El Chancharro – cuento de raigambre ancestral – es un relato de amor y venganza que testimonia la presencia del chancharro en las inmediaciones de la Isla de Chiloé.
EL Caballito de Siete Colores – cuento de raigambre ancestral – es un cuento más elaborado donde se habla del origen de la papa y sus repercusiones sociales dentro de la comunidad.
Kintunien y la Sirenita – cuento de raigambre ancestral – nos habla de la importancia del mito y el respeto hacia la naturaleza, a pesar de su adversidad hacia la precariedad humana, para la conservación de la vida.
Los Williches Errantes – cuento de raigambre ancestral – sería el mito de las ánimas en pena, que no han traspasado el umbral de la muerte y siguen habitando los bosques, y la memoria de sus antepasados.
Kolde y el Salmón – cuento de raigambre ancestral – es un relato que no habla de los viajes y la discontinuidad de una tradición por otra que más tarde acarrea consecuencias que pueden ser nefastas o beneficiosas para una comunidad, como efecto de la apropiación cultural.
Cucao Lagos Gemelos – cuento de raigambre ancestral – relato etiológico que explica la presencia de dos lagos (Huillinco y Cucao al Interior de Chiloé); y por qué están unidos.
Los Mitos del Puente – cuento de raigambre ancestral – testimonia el viaje de iniciación de un joven que pretende ir más allá de la totalidad de su cultura.
La Huenchur, reescritura de la leyenda mapuche-williche sobre la Machi y su íntima relación con los fenómenos de la naturaleza.
Chelle – cuento de raigambre ancestral – es sobre el amor y el origen de la gaviota, como símbolo del ave más perfecta que habita en las islas del sur de Chile.
El Éxodo – cuento de raigambre ancestral – da cuenta de la influencia del mito contemporáneo por sobre los mitos ancestrales que habitan los territorios williches, en este caso, la Isla de Chiloé.
El Alcalde de Yutuy – cuento de raigambre ancestral – muestra la manipulación del poder de los caciques sobre una población arrasada por la catástrofe.
El Ánima de San Agustín – cuento de raigambre ancestral – da cuenta sobre el origen mítico de una Iglesia en un lugar donde antes no existía. Nuevamente el secretismo religioso se impone al medio…donde el mito cristiano parece dar testimonio del mítico Witranalwe.
AREA DE INFLUENCIA MAPUCHE
Los Andes – cuento de raigambre ancestral – da cuenta de la presencia del hombre andino y su persistencia en habitar la cordillera andina, a pesar de vivir en un espacio geográfico de ambientes tan variados como los lagos, los ríos y la presencia del mar, en su determinación por conquistar los espacios que parecen ser dominios de los dioses.
La Leyenda del Abuelito Wenteyao, es una reescritura del mito mapuche-williche de San Juan de La Costa en la Provincia de Osorno, donde el sincretismo religioso hispano-williche se unen para dejar en evidencia el profundo fe de ambas culturas.
Canillo, es una reescritura del mito mapuche-williche de San Juan de La Costa en la Provincia de Osorno que va unido a la presencia del Abuelito Wentwyao quién representa el Bien y Canillo sería el portador del Mal.
La Doncella de Antillanca – cuento de raigambre ancestral – es un relato que habla de la belleza y sus dificultades, pero más allá del rapto, también nos señala que la maldición se puede terminar para convertirse en otra forma de belleza en la transparencia de los paisajes del Sur.
La Niña de la Cordillera, reescritura sobre el origen de la nieve en la Cordillera de los Andes. Tópico sobre el rapto, práctica común entre los mapuches prehispánicos, y así mismo, sus mitos no podían estar ajenos a estas formas de relación.
La Araucaria, reescritura sobre el momento en que se inicia el consumo del piñón, y la continuidad de la nación mapuche.
Aylen – cuento de raigambre ancestral – el destino señalado por la machi se precipita como única señal de los acontecimientos; y, así, la seguridad del infortunio no se detiene a pesar de los esfuerzos por evadirlo.
Aukan y el Wekufe – cuento de raigambre ancestral – cuento sobre el rapto, y la maldición sobre una población femenina.
Kinturayen – cuento de raigambre ancestral – nos habla de la maldad y la bondad, la belleza y la fealdad; del adecuado conocimiento de las plantas medicinales y del peligro que ello implica cuando reina la envidia.
ACLARACIÓN:
Mi trabajo de alguna manera está relacionado con una utopía cultural que al parecer solamente los soñadores comprendemos, porque hay que profundizar en la memoria, a pesar de la vorágine por la modernidad y la fascinación por la globalización.
Mi postura no es política, a veces pienso que es más bien romántica, con todo lo que significa para un pueblo creerse el cuento de su propia cosmovisión.
Este trabajo también da cuenta de mis andanzas y mi permanencia en los diferentes sitios que comprende toda la zona de influencia williche. A menudo, los historiadores han reseñado el desplazamiento de políticos y conquistadores, guerreros y colonizadores como únicos portadores de una cultura viajera. Sin embargo, la literatura nos presenta innumerables testimonios de viajeros, que han dejado testimonio escrito: sea por carta, notas periodísticas o bitácoras de viaje.
Así comprendemos que la humanidad siempre ha estado en movimiento y que la epopeya de los relatos míticos, y picarescos, dramáticos o absurdos, viajan y se visten con el lenguaje del nuevo espacio que les toca habitar, trasmutándose en cuentos orales.
Nuestra literatura que emerge de la oralidad, parece recién creada; sin embargo, ha ido avanzando a tramos, primero con las notas de cronistas, luego con la reescritura de antropólogos y finalmente, con la presencia de poetas y escritores que han nacido dentro del amplio espacio de la etnia, lo cual entrega un aspecto más creíble a nuestra cultura. Por supuesto que el mestizaje está presente, no podía ser de otra manera, si hasta el idioma es prestado, pero más allá de la utopía, el español champurriado que hablamos es nuestra identidad y, ya no pertenece a ellos, nos hemos apropiado de su lengua y les hemos dado un tinte más latinoamericano, agregándole nuestros mitos y leyendas, nuestras costumbres y nuestra religiosidad, nuestra forma de representar la realidad y nuestros sueños. Hemos levantado un chamanto junto a los afiches en la muralla multicultural. Nuestros pintores también han hecho lo suyo y los músicos, a su vez, cada día cantan nuestros íconos que van a gritar nuestra presencia en el mundo. A pesar de las ironías, por fin hemos echado al suelo los muros de resistencia que impedían nuestro paso hacia la inserción internacional. Sabemos que hay peñis con dificultades porque sus luchas son territoriales y más tangibles por los espacios donde se levantan nuestras tradiciones.
Tal vez algunos piensen que es una lucha en la que no vale la pena meterse, pero los soñadores necesitamos recrear esos reinos, y los de la imaginación para hacer más soportable la vida; necesitamos recrear más espacios del espíritu para que el hombre moderno tenga la paz que necesita para fundar su familia, y sigan otros peñis la continuidad a la que todos tenemos derechos, más allá de que los tratados de libre comercio así los dispongan.
Al menos tengo la convicción de que la literatura está hecha de la misma materia de la luz; y que, además, exuda tanta ambigüedad como esos días abigarrados que nos hacen apreciar esa construcción mítica que es el mensaje del cielo: el arcoiris.
Si la literatura es capaz de acompañar al hombre en su viaje a través del tiempo y los espacios, entonces podré decir que estoy haciendo un trabajo que ni las guerras ni las ideologías podrán derrumbar y eso es más de lo que puede hacer un legislador, cuyos escritos siempre están expuestos a la derrota política.
HECTOR VELIZ
Es por eso que estos relatos, a pesar de las catástrofes y del tiempo que todo lo arrasa, traspasan la materialidad histórica y continúan existiendo; y de la misma manera que esos monumentos que ostentan el legado patrimonial de las grandes civilizaciones, nuestros relatos están hechos de la monumentalidad de sus paisajes y del material prehistórico que testimonian la continuidad y la persistencia de nuestro pueblo.
La creación y la reescritura de estos relatos dan cuenta de la totalidad cultural del mundo mapuche: la naturaleza, los animales, los lagos, las islas, los mitos que los pueblan, la presencia del hombre y la creación de las normas que regulan la supervivencia.
Son relatos simples y transparentes que nacieron sin pedir permiso a nadie ni obedecen a ningún interés político. Son tributarios de la cosmovisión mapuche porque desde allí han sacado su energía para continuar existiendo a través de la lengua hispana; y, sin embargo, matizada por el mapudungun.
Se podría pensar que son “plagios” o “apropiación cultural”, pero lejos de esa variación semántica, la crítica podrá decir, sin temor a equivocarse, que fueron escritas por alguien que viajó por todo el territorio williche y reunió todos los materiales del medio, y así terminó contribuyendo al museo de mitos y leyendas generados en cada espacio del sur. Hay quienes se vanaglorian de museos vacíos, llenos de artefactos sin espíritu; en cambio, estos relatos son sólo palabras y emociones, y están hechos de los sueños.
AREA DE INFLUENCIA CHILOTA
Hay un Día Feliz, es una reescritura del Mito de la Creación del Archipiélago de Chiloé, según la tradición mapuche-williche.
El Chancharro – cuento de raigambre ancestral – es un relato de amor y venganza que testimonia la presencia del chancharro en las inmediaciones de la Isla de Chiloé.
EL Caballito de Siete Colores – cuento de raigambre ancestral – es un cuento más elaborado donde se habla del origen de la papa y sus repercusiones sociales dentro de la comunidad.
Kintunien y la Sirenita – cuento de raigambre ancestral – nos habla de la importancia del mito y el respeto hacia la naturaleza, a pesar de su adversidad hacia la precariedad humana, para la conservación de la vida.
Los Williches Errantes – cuento de raigambre ancestral – sería el mito de las ánimas en pena, que no han traspasado el umbral de la muerte y siguen habitando los bosques, y la memoria de sus antepasados.
Kolde y el Salmón – cuento de raigambre ancestral – es un relato que no habla de los viajes y la discontinuidad de una tradición por otra que más tarde acarrea consecuencias que pueden ser nefastas o beneficiosas para una comunidad, como efecto de la apropiación cultural.
Cucao Lagos Gemelos – cuento de raigambre ancestral – relato etiológico que explica la presencia de dos lagos (Huillinco y Cucao al Interior de Chiloé); y por qué están unidos.
Los Mitos del Puente – cuento de raigambre ancestral – testimonia el viaje de iniciación de un joven que pretende ir más allá de la totalidad de su cultura.
La Huenchur, reescritura de la leyenda mapuche-williche sobre la Machi y su íntima relación con los fenómenos de la naturaleza.
Chelle – cuento de raigambre ancestral – es sobre el amor y el origen de la gaviota, como símbolo del ave más perfecta que habita en las islas del sur de Chile.
El Éxodo – cuento de raigambre ancestral – da cuenta de la influencia del mito contemporáneo por sobre los mitos ancestrales que habitan los territorios williches, en este caso, la Isla de Chiloé.
El Alcalde de Yutuy – cuento de raigambre ancestral – muestra la manipulación del poder de los caciques sobre una población arrasada por la catástrofe.
El Ánima de San Agustín – cuento de raigambre ancestral – da cuenta sobre el origen mítico de una Iglesia en un lugar donde antes no existía. Nuevamente el secretismo religioso se impone al medio…donde el mito cristiano parece dar testimonio del mítico Witranalwe.
AREA DE INFLUENCIA MAPUCHE
Los Andes – cuento de raigambre ancestral – da cuenta de la presencia del hombre andino y su persistencia en habitar la cordillera andina, a pesar de vivir en un espacio geográfico de ambientes tan variados como los lagos, los ríos y la presencia del mar, en su determinación por conquistar los espacios que parecen ser dominios de los dioses.
La Leyenda del Abuelito Wenteyao, es una reescritura del mito mapuche-williche de San Juan de La Costa en la Provincia de Osorno, donde el sincretismo religioso hispano-williche se unen para dejar en evidencia el profundo fe de ambas culturas.
Canillo, es una reescritura del mito mapuche-williche de San Juan de La Costa en la Provincia de Osorno que va unido a la presencia del Abuelito Wentwyao quién representa el Bien y Canillo sería el portador del Mal.
La Doncella de Antillanca – cuento de raigambre ancestral – es un relato que habla de la belleza y sus dificultades, pero más allá del rapto, también nos señala que la maldición se puede terminar para convertirse en otra forma de belleza en la transparencia de los paisajes del Sur.
La Niña de la Cordillera, reescritura sobre el origen de la nieve en la Cordillera de los Andes. Tópico sobre el rapto, práctica común entre los mapuches prehispánicos, y así mismo, sus mitos no podían estar ajenos a estas formas de relación.
La Araucaria, reescritura sobre el momento en que se inicia el consumo del piñón, y la continuidad de la nación mapuche.
Aylen – cuento de raigambre ancestral – el destino señalado por la machi se precipita como única señal de los acontecimientos; y, así, la seguridad del infortunio no se detiene a pesar de los esfuerzos por evadirlo.
Aukan y el Wekufe – cuento de raigambre ancestral – cuento sobre el rapto, y la maldición sobre una población femenina.
Kinturayen – cuento de raigambre ancestral – nos habla de la maldad y la bondad, la belleza y la fealdad; del adecuado conocimiento de las plantas medicinales y del peligro que ello implica cuando reina la envidia.
ACLARACIÓN:
Mi trabajo de alguna manera está relacionado con una utopía cultural que al parecer solamente los soñadores comprendemos, porque hay que profundizar en la memoria, a pesar de la vorágine por la modernidad y la fascinación por la globalización.
Mi postura no es política, a veces pienso que es más bien romántica, con todo lo que significa para un pueblo creerse el cuento de su propia cosmovisión.
Este trabajo también da cuenta de mis andanzas y mi permanencia en los diferentes sitios que comprende toda la zona de influencia williche. A menudo, los historiadores han reseñado el desplazamiento de políticos y conquistadores, guerreros y colonizadores como únicos portadores de una cultura viajera. Sin embargo, la literatura nos presenta innumerables testimonios de viajeros, que han dejado testimonio escrito: sea por carta, notas periodísticas o bitácoras de viaje.
Así comprendemos que la humanidad siempre ha estado en movimiento y que la epopeya de los relatos míticos, y picarescos, dramáticos o absurdos, viajan y se visten con el lenguaje del nuevo espacio que les toca habitar, trasmutándose en cuentos orales.
Nuestra literatura que emerge de la oralidad, parece recién creada; sin embargo, ha ido avanzando a tramos, primero con las notas de cronistas, luego con la reescritura de antropólogos y finalmente, con la presencia de poetas y escritores que han nacido dentro del amplio espacio de la etnia, lo cual entrega un aspecto más creíble a nuestra cultura. Por supuesto que el mestizaje está presente, no podía ser de otra manera, si hasta el idioma es prestado, pero más allá de la utopía, el español champurriado que hablamos es nuestra identidad y, ya no pertenece a ellos, nos hemos apropiado de su lengua y les hemos dado un tinte más latinoamericano, agregándole nuestros mitos y leyendas, nuestras costumbres y nuestra religiosidad, nuestra forma de representar la realidad y nuestros sueños. Hemos levantado un chamanto junto a los afiches en la muralla multicultural. Nuestros pintores también han hecho lo suyo y los músicos, a su vez, cada día cantan nuestros íconos que van a gritar nuestra presencia en el mundo. A pesar de las ironías, por fin hemos echado al suelo los muros de resistencia que impedían nuestro paso hacia la inserción internacional. Sabemos que hay peñis con dificultades porque sus luchas son territoriales y más tangibles por los espacios donde se levantan nuestras tradiciones.
Tal vez algunos piensen que es una lucha en la que no vale la pena meterse, pero los soñadores necesitamos recrear esos reinos, y los de la imaginación para hacer más soportable la vida; necesitamos recrear más espacios del espíritu para que el hombre moderno tenga la paz que necesita para fundar su familia, y sigan otros peñis la continuidad a la que todos tenemos derechos, más allá de que los tratados de libre comercio así los dispongan.
Al menos tengo la convicción de que la literatura está hecha de la misma materia de la luz; y que, además, exuda tanta ambigüedad como esos días abigarrados que nos hacen apreciar esa construcción mítica que es el mensaje del cielo: el arcoiris.
Si la literatura es capaz de acompañar al hombre en su viaje a través del tiempo y los espacios, entonces podré decir que estoy haciendo un trabajo que ni las guerras ni las ideologías podrán derrumbar y eso es más de lo que puede hacer un legislador, cuyos escritos siempre están expuestos a la derrota política.
HECTOR VELIZ
lunes, 26 de julio de 2010
EL CINE REX Y ENNIO MORRICONE
La música de CINEMA PARADISO nos hace recordar los primeros años del CINE REX donde la juventud, las familias y los novios se reunían cada atardecer o los fines de semanas para ver alguna película en la ciudad de Castro por allá en los años locos del rock and roll.
Cuando sólo existía el radioteatro y estaban en boga las historietas, ir al cine era de la máxima elegancia, pues, la escasez de dinero en la población era tan endémica, que solamente los más acaudalados podían darse el lujo de asistir en forma regular al cine.
En ese aspecto, esa posibilidad nunca estuvo fuera de mi alcance y si se puede hablar de privilegios al respecto, puedo asegurar que tuve la felicidad de asistir a casi la mayoría de las proyecciones que se dieron en ese teatro, que pertenecía a Luis Jiménez Pérez, quien era un personaje de leyenda en la ciudad
La primera vez que fui al cine fue de la mano de las tías del Jardín Infantil que había cerca de nuestra casa. Creo que fue alguna película de DISNEY; pero más tarde habría otras, como Las veinte mil leguas de viaje submarino, El bueno, el malo y el feo, etc.
Recuerdo que en mi barrio había un joven, quien también se llamaba Lucho, con él solíamos ir al cine muy a menudo. Era un adolescente, pero tenía la costumbre de no asistir solo al centro de la ciudad, pues, era un autista que siempre salía a la misma hora, pasaba por las mismas calles y solamente se hacía acompañar por chicos menores de 10 años, de manera que sus acompañantes al sobrepasar ese límite de edad, inmediatamente quedaban descartado de ser invitado por su madre, pues, las entradas la financiaba ella por acompañar a su hijo, quién se rehusaba caminar al centro de la pequeña ciudad sin compañía.
Más tarde, me hice amigo del portero del teatro, quien me dejaba entrar por cansancio porque desde el primer momento, cuando comenzaban a vender las taquillas, le pedía que me dejara entrar…
Un día agotado de tanto hostigamiento, me desafió y me dijo que si convencía al dueño del cine para que me deje entrar, me permitiría la pasada los fines de semana.
Luis Jiménez, esa misma tarde descendió de un enorme buick celeste y yo corrí a su encuentro; y, le pedí entonces que me dejara entrar a ver la película, Los buenos muchachos. Me preguntó que quién era yo para pedirle eso; le conté, entre otras cosas que quería ser escritor. El viejo me creyó y a partir de entonces, nunca tuve necesidad de dinero para entrar al cine. El portero no lo podía creer, pero el mismísimo dueño del CINE REX le dijo que me deje entrar gratis cuando se lo pidiera. Después de muchos años, cuando encontré al portero, aún se acordaba de esa tarde cuando le gané la mano por partida doble hasta que cerraron el cine para el golpe de Estado.
En la casa, porque en ese tiempo no existían los televisores, me convertí en el relator de las películas que solía ver. Recuerdo que me gané pronto la fama de mentiroso y fabulador, que aún me persigue, pues, empecé con mi familia y luego continué en el TALLER DE LITERATURA AUMEN. Nunca me interesó ser poeta, sólo quería ser aceptado por los intelectuales y por lo escribían, pero lo que más leía eran relatos, cuentos, crónicas y novelas; es decir, quería ser un escritor, tal vez como esos personajes de las películas que vivían al truco, con un futuro también incierto. Pero más allá de la literatura, quería vivir la aventura de los personajes. Lo que quiero decir, es que el arte influyó mucho en mi vida, a través del cine y la literatura. Tal vez por eso, mis cuentos, según algunos, son cinematográficos, porque tienen las imágenes necesarias para visualizar la esencia de los relatos.
El cine me hizo apreciar un relato que más tarde encontraría en El viaje a la semilla, pues, en esos días de cine, el proyectista era el Señor Alberto Castillo, del cual también me hice amigo por mi licencia para ingresar gratis al cine. Él a veces llegaba tarde o con algo de tragos en el cuerpo, y echaba a andar la máquina. En una de esas, pasó una cinta al revés y la gente salió impresionadísima por la película de esa noche, y fue tanta la conmoción, que mi hermano, que había visto la proyección, nos llamó a todos y nos contó una historia al revés. No le creíamos que se podía filmar una película al revés, pero él aseguró que efectivamente, los directores de cine, por cierto, el de aquella película, sí lo había hecho. Más tarde aprendería un término literario para ese fenómeno: Surrealismo.
Por supuesto que eran los inicios del cine en nuestra ciudad y todos los elementos nuevos del cine, los personajes y las comedias que el cine transporta, también eran objetos de comentarios en nuestra casa. El mundo que percibíamos lejano, nos parecía maravilloso y patético al mismo tiempo. Eran los años del CIRCO DE LAS ÁGUILAS HUMANAS y los PARQUES DE DIVERSIONES que viajaban de ciudad en ciudad llevando diversión a la gente. Como solían llegar en los veranos, la mayoría de los chicos pasábamos días enteros en aquellos centros de diversión.
Por eso, ENNIO MORRICONE, a parte de sus intervenciones en las muchas películas que vimos cuando niño, nos lleva de regreso a esos días, cuando las ideologías parecían estar en la conciencia de la gente, como un nuevo evangelio para la redención y la felicidad de los más necesitados y de aquellos que aún sobrevivían a la tragedia del terremoto del año 60.
Por eso, cuando llegó el toque de queda en la ciudad, el cine, y demás centros de recreación, e incluso los parques de diversiones y los circos, desaparecieron por una larga temporada de nuestras vidas. Sin embargo habían quedado en nuestra memoria aquellos años maravillosos del cine que nunca más volvería a abrir sus puertas para nuestra curiosidad.
Sin embargo, ENNIO MORRICONE, se las ingenió para seguir acompañándonos en las películas clásicas del cine italiano que llegaba a nuestras casas a través de la televisión.
Por supuesto el CINE REX, se mantuvo cerrado como si esperara nuevos tiempos para volver a sus años dorados, pero la historia había cambiado para siempre y el viejo teatro finalmente fue tomado por los gobiernos de la Concertación para convertirse en un Centro Cultural posteriormente manejados por las ideologías de turno.
El viejo CINE REX no corrió la misma suerte que CINEMA PARADISO, pero fue el teatro de muchos recuerdos que aún nos sensibilizan cuando escuchamos las melodías de ENNIO MORRICONE.
hectorvelizpm
Cuando sólo existía el radioteatro y estaban en boga las historietas, ir al cine era de la máxima elegancia, pues, la escasez de dinero en la población era tan endémica, que solamente los más acaudalados podían darse el lujo de asistir en forma regular al cine.
En ese aspecto, esa posibilidad nunca estuvo fuera de mi alcance y si se puede hablar de privilegios al respecto, puedo asegurar que tuve la felicidad de asistir a casi la mayoría de las proyecciones que se dieron en ese teatro, que pertenecía a Luis Jiménez Pérez, quien era un personaje de leyenda en la ciudad
La primera vez que fui al cine fue de la mano de las tías del Jardín Infantil que había cerca de nuestra casa. Creo que fue alguna película de DISNEY; pero más tarde habría otras, como Las veinte mil leguas de viaje submarino, El bueno, el malo y el feo, etc.
Recuerdo que en mi barrio había un joven, quien también se llamaba Lucho, con él solíamos ir al cine muy a menudo. Era un adolescente, pero tenía la costumbre de no asistir solo al centro de la ciudad, pues, era un autista que siempre salía a la misma hora, pasaba por las mismas calles y solamente se hacía acompañar por chicos menores de 10 años, de manera que sus acompañantes al sobrepasar ese límite de edad, inmediatamente quedaban descartado de ser invitado por su madre, pues, las entradas la financiaba ella por acompañar a su hijo, quién se rehusaba caminar al centro de la pequeña ciudad sin compañía.
Más tarde, me hice amigo del portero del teatro, quien me dejaba entrar por cansancio porque desde el primer momento, cuando comenzaban a vender las taquillas, le pedía que me dejara entrar…
Un día agotado de tanto hostigamiento, me desafió y me dijo que si convencía al dueño del cine para que me deje entrar, me permitiría la pasada los fines de semana.
Luis Jiménez, esa misma tarde descendió de un enorme buick celeste y yo corrí a su encuentro; y, le pedí entonces que me dejara entrar a ver la película, Los buenos muchachos. Me preguntó que quién era yo para pedirle eso; le conté, entre otras cosas que quería ser escritor. El viejo me creyó y a partir de entonces, nunca tuve necesidad de dinero para entrar al cine. El portero no lo podía creer, pero el mismísimo dueño del CINE REX le dijo que me deje entrar gratis cuando se lo pidiera. Después de muchos años, cuando encontré al portero, aún se acordaba de esa tarde cuando le gané la mano por partida doble hasta que cerraron el cine para el golpe de Estado.
En la casa, porque en ese tiempo no existían los televisores, me convertí en el relator de las películas que solía ver. Recuerdo que me gané pronto la fama de mentiroso y fabulador, que aún me persigue, pues, empecé con mi familia y luego continué en el TALLER DE LITERATURA AUMEN. Nunca me interesó ser poeta, sólo quería ser aceptado por los intelectuales y por lo escribían, pero lo que más leía eran relatos, cuentos, crónicas y novelas; es decir, quería ser un escritor, tal vez como esos personajes de las películas que vivían al truco, con un futuro también incierto. Pero más allá de la literatura, quería vivir la aventura de los personajes. Lo que quiero decir, es que el arte influyó mucho en mi vida, a través del cine y la literatura. Tal vez por eso, mis cuentos, según algunos, son cinematográficos, porque tienen las imágenes necesarias para visualizar la esencia de los relatos.
El cine me hizo apreciar un relato que más tarde encontraría en El viaje a la semilla, pues, en esos días de cine, el proyectista era el Señor Alberto Castillo, del cual también me hice amigo por mi licencia para ingresar gratis al cine. Él a veces llegaba tarde o con algo de tragos en el cuerpo, y echaba a andar la máquina. En una de esas, pasó una cinta al revés y la gente salió impresionadísima por la película de esa noche, y fue tanta la conmoción, que mi hermano, que había visto la proyección, nos llamó a todos y nos contó una historia al revés. No le creíamos que se podía filmar una película al revés, pero él aseguró que efectivamente, los directores de cine, por cierto, el de aquella película, sí lo había hecho. Más tarde aprendería un término literario para ese fenómeno: Surrealismo.
Por supuesto que eran los inicios del cine en nuestra ciudad y todos los elementos nuevos del cine, los personajes y las comedias que el cine transporta, también eran objetos de comentarios en nuestra casa. El mundo que percibíamos lejano, nos parecía maravilloso y patético al mismo tiempo. Eran los años del CIRCO DE LAS ÁGUILAS HUMANAS y los PARQUES DE DIVERSIONES que viajaban de ciudad en ciudad llevando diversión a la gente. Como solían llegar en los veranos, la mayoría de los chicos pasábamos días enteros en aquellos centros de diversión.
Por eso, ENNIO MORRICONE, a parte de sus intervenciones en las muchas películas que vimos cuando niño, nos lleva de regreso a esos días, cuando las ideologías parecían estar en la conciencia de la gente, como un nuevo evangelio para la redención y la felicidad de los más necesitados y de aquellos que aún sobrevivían a la tragedia del terremoto del año 60.
Por eso, cuando llegó el toque de queda en la ciudad, el cine, y demás centros de recreación, e incluso los parques de diversiones y los circos, desaparecieron por una larga temporada de nuestras vidas. Sin embargo habían quedado en nuestra memoria aquellos años maravillosos del cine que nunca más volvería a abrir sus puertas para nuestra curiosidad.
Sin embargo, ENNIO MORRICONE, se las ingenió para seguir acompañándonos en las películas clásicas del cine italiano que llegaba a nuestras casas a través de la televisión.
Por supuesto el CINE REX, se mantuvo cerrado como si esperara nuevos tiempos para volver a sus años dorados, pero la historia había cambiado para siempre y el viejo teatro finalmente fue tomado por los gobiernos de la Concertación para convertirse en un Centro Cultural posteriormente manejados por las ideologías de turno.
El viejo CINE REX no corrió la misma suerte que CINEMA PARADISO, pero fue el teatro de muchos recuerdos que aún nos sensibilizan cuando escuchamos las melodías de ENNIO MORRICONE.
hectorvelizpm
miércoles, 9 de junio de 2010
LA PRUEBA DE LA TRAGEDIA
Estoy visitando Valdivia…hace más de 25 años estuve de paso por esta ciudad. Entonces me pareció una comunidad donde abundaba una población de origen campesino, trabajadores ocasionales y bandidos que buscaban continuar al sur, tal vez en busca de una paz que no era posible, en tiempos de dictadura, en el Santiago de Chile de entonces, donde finalmente arribaban a sus poblaciones cada uno de los desplazados de provincia. Hoy, después del Gobierno de la Concertación, la ciudad me parece más extendida, pero de alguna manera, más introvertida. La extroversión la ponen los universitarios, que dicha sea la verdad, están de paso, mientras dura el período de formación; quedando la ciudad con sus habitantes estables desde la época del terremoto; vale decir, una generación diezmada que aún sobrevive en los cuerpos de los ancianos mayores de 60 años, herederos de la tragedia que los marcó de tal manera que parecen allegados en la gran ciudad provinciana, que se mantuvo relegada por la Administración de la Región de los Lagos, hasta que logró la separación, convirtiéndose en la actual Capital Regional. Pero pareciera que aún no logra su despegue económico, para recuperar su antigua estirpe de ciudad principal desde la época de la Colonia. Los grandes negocios que hicieron de la ciudad una de las más pujantes del sur de Chile, después del cataclismo, huyeron junto con la fortuna de los comerciantes que buscaron espacios más seguros donde establecer sus negocios; quedando en la ciudad sólo los más pobres y aquellos que no quisieron abandonar lo poco que les quedó en una ciudad que entonces, se veía amenazada por la inundación del lago Riñihue, la que finalmente fue contenida, permitiendo la permanencia de la población y las instalaciones que permitieron su continuidad histórica.
El dictador y los políticos nunca quisieron a la provincia de Valdivia y sus alrededores; tal vez la presencia de los alemanes, mimados por la política colonizadora, les alejaba de la demagogia ejercida sobre el resto de las poblaciones. Históricamente tuvo característica de zona fronteriza y los conflictos se mantuvieron a baja intensidad.
Tal vez la presencia de grandes fundos, donde el voto era cautivo, no haya dejado espacio a los políticos para maniobrar con sus ideologías; luego, el letargo de la dictadura y posteriormente la llegada de la democracia no cambió mucho el rostro de la ciudad, que como todas las ciudades chilenas, posee sus barrios elegantes y poblaciones marginales, sus barrios de clase obrera y media casi inexistente.
La carestía que se puede apreciar en el comercio se debe a que la ciudad está sitiada comercialmente por los supermercados y las grandes tiendas, donde es posible encontrar, paradójicamente, precios más baratos. Esto va para los artículos de comestibles, línea blanca y otros servicios. Las concurridas ferias libres que son una tradición en las grandes ciudades, aquí son prácticamente nulas y si las hay, la escasez de ofertas y diversidad de productos campesino hacen que parezcan inexistentes. No hay un poder oferente en la población como en el resto de las ciudades, donde las ferias libres son de una diversidad que arrastran a la población ávida de compras en forma permanente. Todo el espíritu emprendedor de la población que se ve en el resto de las ciudades del tamaño de la ciudad de Valdivia, aquí pareciera estar apabullada por las secuelas del viejo cataclismo que aún se recuerda en la ciudad como una gesta heroica sobre la naturaleza. Realmente lo fue; sin embargo, la ciudad nunca volvió a ser la misma, según recuerdan los antiguos habitantes de esta hermosa ciudad, que aún resiste junto al Río Calle-Calle, el que como en los viejos tiempos, aún pareciera alimentarlo, esta vez, a través de la intensa actividad turística durante la época estival que se desarrolla principalmente en la cercana localidad de Niebla, la cual ha sido con-urbanizada. Actualmente la ciudad ostenta la UACH, una de las mejores universidades del sur de Chile que le da vida y la hace soñar; sin embargo, aún sigue durmiendo…espero que la energía que acumule de ese letargo, lo haga levantarse y no se deje dominar ni por los avatares políticos ni por los cataclismos, que en Chile son más devastadores cuando se hacen presente en las ciudades.
Héctor Véliz
Junio, 2010
El dictador y los políticos nunca quisieron a la provincia de Valdivia y sus alrededores; tal vez la presencia de los alemanes, mimados por la política colonizadora, les alejaba de la demagogia ejercida sobre el resto de las poblaciones. Históricamente tuvo característica de zona fronteriza y los conflictos se mantuvieron a baja intensidad.
Tal vez la presencia de grandes fundos, donde el voto era cautivo, no haya dejado espacio a los políticos para maniobrar con sus ideologías; luego, el letargo de la dictadura y posteriormente la llegada de la democracia no cambió mucho el rostro de la ciudad, que como todas las ciudades chilenas, posee sus barrios elegantes y poblaciones marginales, sus barrios de clase obrera y media casi inexistente.
La carestía que se puede apreciar en el comercio se debe a que la ciudad está sitiada comercialmente por los supermercados y las grandes tiendas, donde es posible encontrar, paradójicamente, precios más baratos. Esto va para los artículos de comestibles, línea blanca y otros servicios. Las concurridas ferias libres que son una tradición en las grandes ciudades, aquí son prácticamente nulas y si las hay, la escasez de ofertas y diversidad de productos campesino hacen que parezcan inexistentes. No hay un poder oferente en la población como en el resto de las ciudades, donde las ferias libres son de una diversidad que arrastran a la población ávida de compras en forma permanente. Todo el espíritu emprendedor de la población que se ve en el resto de las ciudades del tamaño de la ciudad de Valdivia, aquí pareciera estar apabullada por las secuelas del viejo cataclismo que aún se recuerda en la ciudad como una gesta heroica sobre la naturaleza. Realmente lo fue; sin embargo, la ciudad nunca volvió a ser la misma, según recuerdan los antiguos habitantes de esta hermosa ciudad, que aún resiste junto al Río Calle-Calle, el que como en los viejos tiempos, aún pareciera alimentarlo, esta vez, a través de la intensa actividad turística durante la época estival que se desarrolla principalmente en la cercana localidad de Niebla, la cual ha sido con-urbanizada. Actualmente la ciudad ostenta la UACH, una de las mejores universidades del sur de Chile que le da vida y la hace soñar; sin embargo, aún sigue durmiendo…espero que la energía que acumule de ese letargo, lo haga levantarse y no se deje dominar ni por los avatares políticos ni por los cataclismos, que en Chile son más devastadores cuando se hacen presente en las ciudades.
Héctor Véliz
Junio, 2010
lunes, 29 de marzo de 2010
EL TERREMOTO Y EL MITO
miércoles 10 de marzo de 2010
EL TERREMOTO Y EL MITO
La historia oficial nos habla de cataclismos, y hasta tiene su ciencia específica para los terremotos: la sismología. La historia popular es el folklor, según los creadores de la ciencia oficial; y allí se pueden encontrar los mitos primordiales de la creación mapuche: Tentenvilú y Caicaivilú. Ambas visiones de la realidad conviven en nuestro Chile que deviene también de la Nación Mapuche.En la lengua ancestral- Mapudungun – existe el concepto chewcuto para señalar el momento previo al truntrun o terremoto, que es la lucha mítica entre el dios de la Tierra (Tentenvilú) y el dios del Mar (Caicaivilú).Esta creencia popular o mito – todos quienes hemos sido criado en la cosmovisión mapuche, la hemos escuchado y aprendido hasta la pesadilla – es parte de nuestra formación cultural, que nos habla de lo frágil que es la naturaleza humana cuando huye de las fuerzas oceánicas de Caicaivilú. Este conocimiento de vida que es omitido por los winkas, permitió salvar vidas en las zonas de alta presencia indígena, donde el respeto al conocimiento de los mitos y leyendas, a veces parece constituir el único legado ancestral que poseen los hijos de la tierra para sobrevivir en la Madre Tierra (la Ñukemapu).En el aspecto político, el ciudadano winka, esperó las voces de sus iluminados – las autoridades y expertos en defensa – para actuar (escapar de la tragedia es imposible) y sobrevivir al terremoto-maremoto. Por otra parte, las comunidades indígenas, gracias a la formación mítica sobre la naturaleza del territorio que les toca habitar – algunos lo llaman determinismo geográfico – no necesitaron sino activar su memoria, el recuerdo vivo, transmitido por generaciones y de manera oral, para salir huyendo hacia los cerros, hasta donde también escapa Tentenvilú y así burlar las embestidas de Caicaivilú.Dice el weupife (historiador mapuche), que el dios de la tierra tuvo la precaución de crear la Cordillera de la Costa para proteger al hombre de la furia del Caicavilú y que el terremoto es anunciado por sucesivos temblores (truntrun) para que hombres y mujeres huyan hacia las montañas. Pero el winka está demasiado pendiente de la racionalidad del sismógrafo para comprender la irracionalidad de los mitos que pueblan el territorio.El poder ideológico del gobierno central paralizó toda iniciativa de los ciudadanos que dependen de sus instituciones; no pasó lo mismo con las comunidades lejanas como Cobquecura, donde primó el recuerdo, la memoria, el mito. Esa comunidad indígena nos demuestra que el hombre necesita de sus mitos para mantenerse despierto y alerta. En la lengua mapuche existen más de quince palabras que hablan de mantenerse atento, vigilante; incluso los sueños son signos de alerta. La cultura oficial ha sabido adormecer al hombre al extremo de no hacerlo reaccionar ante un cataclismo.El sismo, dicen, muestra lo peor y lo mejor del ser humano. En la urbe, el saqueo y la estafa salieron de los escombros para mostrar su espantosa desfachatez; al parecer, no sucedió así en las comunidades más distantes de la cultura oficial. En estos apartados lugares, los ciudadanos comunes y corrientes, alejados de toda influencia de la ciencia social, fueron capaces de mantener los lazos asociativos para no sólo escapar hacia la supervivencia sino, además, para mantenerse unidos como una sola gran familia. El delirio tremens en que se sumió parte de la población – unos saqueando y otros armándose para matar – muestra el grado de desesperación social que se genera cuando la ciencia del Estado fracasa o se demora en reaccionar. Los organismos del poder fueron salvados por los comunicadores, esos anarquistas que afortunadamente todo lo denuncian y todo lo critican. Así, la naturaleza, pareciera decirnos que a mayor civilización, mayor tribulación; y que a más folklor, mejor comprensión de la vida, porque ese conocimiento popular no es otra cosa que la memoria, el recuerdo activo manifestado cara a cara, lejos de esos tediosos tratados donde la tragedia humana es tabulado en estadísticas que finalmente nadie consulta. Podrán decir que soy un mitómano, pero es en medio de ésta alegoría, donde la épica popular mantiene fresca la memoria de los pueblos desaparecidos bajo las fauces del océano, por aquellos que no creen en las narraciones que hablan de la lucha entre los dioses primordiales de la cultura mapuche.Por otra parte, los partidos políticos, demostraron su incapacidad frente a las comunidades que dicen representar, porque fueron las organizaciones populares sin ideologías políticas, quienes tomaron el mando de las circunstancias, como esa niñita de la Isla Juan Fernández, que salvó a su comunidad, tal vez porque en su memoria fresca e impresionable, mantenía el recuerdo de la fuerza demoledora de ese dios celoso, que quiso destruir a la humanidad.Héctor VélizEscritor
EL TERREMOTO Y EL MITO
La historia oficial nos habla de cataclismos, y hasta tiene su ciencia específica para los terremotos: la sismología. La historia popular es el folklor, según los creadores de la ciencia oficial; y allí se pueden encontrar los mitos primordiales de la creación mapuche: Tentenvilú y Caicaivilú. Ambas visiones de la realidad conviven en nuestro Chile que deviene también de la Nación Mapuche.En la lengua ancestral- Mapudungun – existe el concepto chewcuto para señalar el momento previo al truntrun o terremoto, que es la lucha mítica entre el dios de la Tierra (Tentenvilú) y el dios del Mar (Caicaivilú).Esta creencia popular o mito – todos quienes hemos sido criado en la cosmovisión mapuche, la hemos escuchado y aprendido hasta la pesadilla – es parte de nuestra formación cultural, que nos habla de lo frágil que es la naturaleza humana cuando huye de las fuerzas oceánicas de Caicaivilú. Este conocimiento de vida que es omitido por los winkas, permitió salvar vidas en las zonas de alta presencia indígena, donde el respeto al conocimiento de los mitos y leyendas, a veces parece constituir el único legado ancestral que poseen los hijos de la tierra para sobrevivir en la Madre Tierra (la Ñukemapu).En el aspecto político, el ciudadano winka, esperó las voces de sus iluminados – las autoridades y expertos en defensa – para actuar (escapar de la tragedia es imposible) y sobrevivir al terremoto-maremoto. Por otra parte, las comunidades indígenas, gracias a la formación mítica sobre la naturaleza del territorio que les toca habitar – algunos lo llaman determinismo geográfico – no necesitaron sino activar su memoria, el recuerdo vivo, transmitido por generaciones y de manera oral, para salir huyendo hacia los cerros, hasta donde también escapa Tentenvilú y así burlar las embestidas de Caicaivilú.Dice el weupife (historiador mapuche), que el dios de la tierra tuvo la precaución de crear la Cordillera de la Costa para proteger al hombre de la furia del Caicavilú y que el terremoto es anunciado por sucesivos temblores (truntrun) para que hombres y mujeres huyan hacia las montañas. Pero el winka está demasiado pendiente de la racionalidad del sismógrafo para comprender la irracionalidad de los mitos que pueblan el territorio.El poder ideológico del gobierno central paralizó toda iniciativa de los ciudadanos que dependen de sus instituciones; no pasó lo mismo con las comunidades lejanas como Cobquecura, donde primó el recuerdo, la memoria, el mito. Esa comunidad indígena nos demuestra que el hombre necesita de sus mitos para mantenerse despierto y alerta. En la lengua mapuche existen más de quince palabras que hablan de mantenerse atento, vigilante; incluso los sueños son signos de alerta. La cultura oficial ha sabido adormecer al hombre al extremo de no hacerlo reaccionar ante un cataclismo.El sismo, dicen, muestra lo peor y lo mejor del ser humano. En la urbe, el saqueo y la estafa salieron de los escombros para mostrar su espantosa desfachatez; al parecer, no sucedió así en las comunidades más distantes de la cultura oficial. En estos apartados lugares, los ciudadanos comunes y corrientes, alejados de toda influencia de la ciencia social, fueron capaces de mantener los lazos asociativos para no sólo escapar hacia la supervivencia sino, además, para mantenerse unidos como una sola gran familia. El delirio tremens en que se sumió parte de la población – unos saqueando y otros armándose para matar – muestra el grado de desesperación social que se genera cuando la ciencia del Estado fracasa o se demora en reaccionar. Los organismos del poder fueron salvados por los comunicadores, esos anarquistas que afortunadamente todo lo denuncian y todo lo critican. Así, la naturaleza, pareciera decirnos que a mayor civilización, mayor tribulación; y que a más folklor, mejor comprensión de la vida, porque ese conocimiento popular no es otra cosa que la memoria, el recuerdo activo manifestado cara a cara, lejos de esos tediosos tratados donde la tragedia humana es tabulado en estadísticas que finalmente nadie consulta. Podrán decir que soy un mitómano, pero es en medio de ésta alegoría, donde la épica popular mantiene fresca la memoria de los pueblos desaparecidos bajo las fauces del océano, por aquellos que no creen en las narraciones que hablan de la lucha entre los dioses primordiales de la cultura mapuche.Por otra parte, los partidos políticos, demostraron su incapacidad frente a las comunidades que dicen representar, porque fueron las organizaciones populares sin ideologías políticas, quienes tomaron el mando de las circunstancias, como esa niñita de la Isla Juan Fernández, que salvó a su comunidad, tal vez porque en su memoria fresca e impresionable, mantenía el recuerdo de la fuerza demoledora de ese dios celoso, que quiso destruir a la humanidad.Héctor VélizEscritor
miércoles, 10 de marzo de 2010
EL TERREMOTO Y EL MITO
La historia oficial nos habla de cataclismos, y hasta tiene su ciencia específica para los terremotos: la sismología. La historia popular es el folklor, según los creadores de la ciencia oficial; y allí se pueden encontrar los mitos primordiales de la creación mapuche: Tentenvilú y Caicaivilú. Ambas visiones de la realidad conviven en nuestro Chile que deviene también de la Nación Mapuche.
En la lengua ancestral- Mapudungun – existe el concepto chewcuto para señalar el momento previo al truntrun o terremoto, que es la lucha mítica entre el dios de la Tierra (Tentenvilú) y el dios del Mar (Caicaivilú).
Esta creencia popular o mito – todos quienes hemos sido criado en la cosmovisión mapuche, la hemos escuchado y aprendido hasta la pesadilla – es parte de nuestra formación cultural, que nos habla de lo frágil que es la naturaleza humana cuando huye de las fuerzas oceánicas de Caicaivilú.
Este conocimiento de vida que es omitido por los winkas, permitió salvar vidas en las zonas de alta presencia indígena, donde el respeto al conocimiento de los mitos y leyendas, a veces parece constituir el único legado ancestral que poseen los hijos de la tierra para sobrevivir en la Madre Tierra (la Ñukemapu).
En el aspecto político, el ciudadano winka, esperó las voces de sus iluminados – las autoridades y expertos en defensa – para actuar (escapar de la tragedia es imposible) y sobrevivir al terremoto-maremoto. Por otra parte, las comunidades indígenas, gracias a la formación mítica sobre la naturaleza del territorio que les toca habitar – algunos lo llaman determinismo geográfico – no necesitaron sino activar su memoria, el recuerdo vivo, transmitido por generaciones y de manera oral, para salir huyendo hacia los cerros, hasta donde también escapa Tentenvilú y así burlar las embestidas de Caicaivilú.
Dice el weupife (historiador mapuche), que el dios de la tierra tuvo la precaución de crear la Cordillera de la Costa para proteger al hombre de la furia del Caicavilú y que el terremoto es anunciado por sucesivos temblores (truntrun) para que hombres y mujeres huyan hacia las montañas. Pero el winka está demasiado pendiente de la racionalidad del sismógrafo para comprender la irracionalidad de los mitos que pueblan el territorio.
El poder ideológico del gobierno central paralizó toda iniciativa de los ciudadanos que dependen de sus instituciones; no pasó lo mismo con las comunidades lejanas como Cobquecura, donde primó el recuerdo, la memoria, el mito. Esa comunidad indígena nos demuestra que el hombre necesita de sus mitos para mantenerse despierto y alerta. En la lengua mapuche existen más de quince palabras que hablan de mantenerse atento, vigilante; incluso los sueños son signos de alerta. La cultura oficial ha sabido adormecer al hombre al extremo de no hacerlo reaccionar ante un cataclismo.
El sismo, dicen, muestra lo peor y lo mejor del ser humano. En la urbe, el saqueo y la estafa salieron de los escombros para mostrar su espantosa desfachatez; al parecer, no sucedió así en las comunidades más distantes de la cultura oficial. En estos apartados lugares, los ciudadanos comunes y corrientes, alejados de toda influencia de la ciencia social, fueron capaces de mantener los lazos asociativos para no sólo escapar hacia la supervivencia sino, además, para mantenerse unidos como una sola gran familia.
El delirio tremens en que se sumió parte de la población – unos saqueando y otros armándose para matar – muestra el grado de desesperación social que se genera cuando la ciencia del Estado fracasa o se demora en reaccionar. Los organismos del poder fueron salvados por los comunicadores, esos anarquistas que afortunadamente todo lo denuncian y todo lo critican. Así, la naturaleza, pareciera decirnos que a mayor civilización, mayor tribulación; y que a más folklor, mejor comprensión de la vida, porque ese conocimiento popular no es otra cosa que la memoria, el recuerdo activo manifestado cara a cara, lejos de esos tediosos tratados donde la tragedia humana es tabulado en estadísticas que finalmente nadie consulta.
Podrán decir que soy un mitómano, pero es en medio de ésta alegoría, donde la épica popular mantiene fresca la memoria de los pueblos desaparecidos bajo las fauces del océano, por aquellos que no creen en las narraciones que hablan de la lucha entre los dioses primordiales de la cultura mapuche.
Por otra parte, los partidos políticos, demostraron su incapacidad frente a las comunidades que dicen representar, porque fueron las organizaciones populares sin ideologías políticas, quienes tomaron el mando de las circunstancias, como esa niñita de la Isla Juan Fernández, que salvó a su comunidad, tal vez porque en su memoria fresca e impresionable, mantenía el recuerdo de la fuerza demoledora de ese dios celoso, que quiso destruir a la humanidad.
Héctor Véliz
Escritor
10.03.2010
En la lengua ancestral- Mapudungun – existe el concepto chewcuto para señalar el momento previo al truntrun o terremoto, que es la lucha mítica entre el dios de la Tierra (Tentenvilú) y el dios del Mar (Caicaivilú).
Esta creencia popular o mito – todos quienes hemos sido criado en la cosmovisión mapuche, la hemos escuchado y aprendido hasta la pesadilla – es parte de nuestra formación cultural, que nos habla de lo frágil que es la naturaleza humana cuando huye de las fuerzas oceánicas de Caicaivilú.
Este conocimiento de vida que es omitido por los winkas, permitió salvar vidas en las zonas de alta presencia indígena, donde el respeto al conocimiento de los mitos y leyendas, a veces parece constituir el único legado ancestral que poseen los hijos de la tierra para sobrevivir en la Madre Tierra (la Ñukemapu).
En el aspecto político, el ciudadano winka, esperó las voces de sus iluminados – las autoridades y expertos en defensa – para actuar (escapar de la tragedia es imposible) y sobrevivir al terremoto-maremoto. Por otra parte, las comunidades indígenas, gracias a la formación mítica sobre la naturaleza del territorio que les toca habitar – algunos lo llaman determinismo geográfico – no necesitaron sino activar su memoria, el recuerdo vivo, transmitido por generaciones y de manera oral, para salir huyendo hacia los cerros, hasta donde también escapa Tentenvilú y así burlar las embestidas de Caicaivilú.
Dice el weupife (historiador mapuche), que el dios de la tierra tuvo la precaución de crear la Cordillera de la Costa para proteger al hombre de la furia del Caicavilú y que el terremoto es anunciado por sucesivos temblores (truntrun) para que hombres y mujeres huyan hacia las montañas. Pero el winka está demasiado pendiente de la racionalidad del sismógrafo para comprender la irracionalidad de los mitos que pueblan el territorio.
El poder ideológico del gobierno central paralizó toda iniciativa de los ciudadanos que dependen de sus instituciones; no pasó lo mismo con las comunidades lejanas como Cobquecura, donde primó el recuerdo, la memoria, el mito. Esa comunidad indígena nos demuestra que el hombre necesita de sus mitos para mantenerse despierto y alerta. En la lengua mapuche existen más de quince palabras que hablan de mantenerse atento, vigilante; incluso los sueños son signos de alerta. La cultura oficial ha sabido adormecer al hombre al extremo de no hacerlo reaccionar ante un cataclismo.
El sismo, dicen, muestra lo peor y lo mejor del ser humano. En la urbe, el saqueo y la estafa salieron de los escombros para mostrar su espantosa desfachatez; al parecer, no sucedió así en las comunidades más distantes de la cultura oficial. En estos apartados lugares, los ciudadanos comunes y corrientes, alejados de toda influencia de la ciencia social, fueron capaces de mantener los lazos asociativos para no sólo escapar hacia la supervivencia sino, además, para mantenerse unidos como una sola gran familia.
El delirio tremens en que se sumió parte de la población – unos saqueando y otros armándose para matar – muestra el grado de desesperación social que se genera cuando la ciencia del Estado fracasa o se demora en reaccionar. Los organismos del poder fueron salvados por los comunicadores, esos anarquistas que afortunadamente todo lo denuncian y todo lo critican. Así, la naturaleza, pareciera decirnos que a mayor civilización, mayor tribulación; y que a más folklor, mejor comprensión de la vida, porque ese conocimiento popular no es otra cosa que la memoria, el recuerdo activo manifestado cara a cara, lejos de esos tediosos tratados donde la tragedia humana es tabulado en estadísticas que finalmente nadie consulta.
Podrán decir que soy un mitómano, pero es en medio de ésta alegoría, donde la épica popular mantiene fresca la memoria de los pueblos desaparecidos bajo las fauces del océano, por aquellos que no creen en las narraciones que hablan de la lucha entre los dioses primordiales de la cultura mapuche.
Por otra parte, los partidos políticos, demostraron su incapacidad frente a las comunidades que dicen representar, porque fueron las organizaciones populares sin ideologías políticas, quienes tomaron el mando de las circunstancias, como esa niñita de la Isla Juan Fernández, que salvó a su comunidad, tal vez porque en su memoria fresca e impresionable, mantenía el recuerdo de la fuerza demoledora de ese dios celoso, que quiso destruir a la humanidad.
Héctor Véliz
Escritor
10.03.2010
EL TERREMOTO Y EL MITO
La historia oficial nos habla de cataclismos, y hasta tiene su ciencia específica para los terremotos: la sismología. La historia popular es el folklor, según los creadores de la ciencia oficial; y allí se pueden encontrar los mitos primordiales de la creación mapuche: Tentenvilú y Caicaivilú. Ambas visiones de la realidad conviven en nuestro Chile que deviene también de la Nación Mapuche.
En la lengua ancestral- Mapudungun – existe el concepto chewcuto para señalar el momento previo al truntrun o terremoto, que es la lucha mítica entre el dios de la Tierra (Tentenvilú) y el dios del Mar (Caicaivilú).
Esta creencia popular o mito – todos quienes hemos sido criado en la cosmovisión mapuche, la hemos escuchado y aprendido hasta la pesadilla – es parte de nuestra formación cultural, que nos habla de lo frágil que es la naturaleza humana cuando huye de las fuerzas oceánicas de Caicaivilú.
Este conocimiento de vida que es omitido por los winkas, permitió salvar vidas en las zonas de alta presencia indígena, donde el respeto al conocimiento de los mitos y leyendas, a veces parece constituir el único legado ancestral que poseen los hijos de la tierra para sobrevivir en la Madre Tierra (la Ñukemapu).
En el aspecto político, el ciudadano winka, esperó las voces de sus iluminados – las autoridades y expertos en defensa – para actuar (escapar de la tragedia es imposible) y sobrevivir al terremoto-maremoto. Por otra parte, las comunidades indígenas, gracias a la formación mítica sobre la naturaleza del territorio que les toca habitar – algunos lo llaman determinismo geográfico – no necesitaron sino activar su memoria, el recuerdo vivo, transmitido por generaciones y de manera oral, para salir huyendo hacia los cerros, hasta donde también escapa Tentenvilú y así burlar las embestidas de Caicaivilú.
Dice el weupife (historiador mapuche), que el dios de la tierra tuvo la precaución de crear la Cordillera de la Costa para proteger al hombre de la furia del Caicavilú y que el terremoto es anunciado por sucesivos temblores (truntrun) para que hombres y mujeres huyan hacia las montañas. Pero el winka está demasiado pendiente de la racionalidad del sismógrafo para comprender la irracionalidad de los mitos que pueblan el territorio.
El poder ideológico del gobierno central paralizó toda iniciativa de los ciudadanos que dependen de sus instituciones; no pasó lo mismo con las comunidades lejanas como Cobquecura, donde primó el recuerdo, la memoria, el mito. Esa comunidad indígena nos demuestra que el hombre necesita de sus mitos para mantenerse despierto y alerta. En la lengua mapuche existen más de quince palabras que hablan de mantenerse atento, vigilante; incluso los sueños son signos de alerta. La cultura oficial ha sabido adormecer al hombre al extremo de no hacerlo reaccionar ante un cataclismo.
El sismo, dicen, muestra lo peor y lo mejor del ser humano. En la urbe, el saqueo y la estafa salieron de los escombros para mostrar su espantosa desfachatez; al parecer, no sucedió así en las comunidades más distantes de la cultura oficial. En estos apartados lugares, los ciudadanos comunes y corrientes, alejados de toda influencia de la ciencia social, fueron capaces de mantener los lazos asociativos para no sólo escapar hacia la supervivencia sino, además, para mantenerse unidos como una sola gran familia.
El delirio tremens en que se sumió parte de la población – unos saqueando y otros armándose para matar – muestra el grado de desesperación social que se genera cuando la ciencia del Estado fracasa o se demora en reaccionar. Los organismos del poder fueron salvados por los comunicadores, esos anarquistas que afortunadamente todo lo denuncian y todo lo critican. Así, la naturaleza, pareciera decirnos que a mayor civilización, mayor tribulación; y que a más folklor, mejor comprensión de la vida, porque ese conocimiento popular no es otra cosa que la memoria, el recuerdo activo manifestado cara a cara, lejos de esos tediosos tratados donde la tragedia humana es tabulado en estadísticas que finalmente nadie consulta.
Podrán decir que soy un mitómano, pero es en medio de ésta alegoría, donde la épica popular mantiene fresca la memoria de los pueblos desaparecidos bajo las fauces del océano, por aquellos que no creen en las narraciones que hablan de la lucha entre los dioses primordiales de la cultura mapuche.
Por otra parte, los partidos políticos, demostraron su incapacidad frente a las comunidades que dicen representar, porque fueron las organizaciones populares sin ideologías políticas, quienes tomaron el mando de las circunstancias, como esa niñita de la Isla Juan Fernández, que salvó a su comunidad, tal vez porque en su memoria fresca e impresionable, mantenía el recuerdo de la fuerza demoledora de ese dios celoso, que quiso destruir a la humanidad.
Héctor Véliz
Escritor
10.03.2010
En la lengua ancestral- Mapudungun – existe el concepto chewcuto para señalar el momento previo al truntrun o terremoto, que es la lucha mítica entre el dios de la Tierra (Tentenvilú) y el dios del Mar (Caicaivilú).
Esta creencia popular o mito – todos quienes hemos sido criado en la cosmovisión mapuche, la hemos escuchado y aprendido hasta la pesadilla – es parte de nuestra formación cultural, que nos habla de lo frágil que es la naturaleza humana cuando huye de las fuerzas oceánicas de Caicaivilú.
Este conocimiento de vida que es omitido por los winkas, permitió salvar vidas en las zonas de alta presencia indígena, donde el respeto al conocimiento de los mitos y leyendas, a veces parece constituir el único legado ancestral que poseen los hijos de la tierra para sobrevivir en la Madre Tierra (la Ñukemapu).
En el aspecto político, el ciudadano winka, esperó las voces de sus iluminados – las autoridades y expertos en defensa – para actuar (escapar de la tragedia es imposible) y sobrevivir al terremoto-maremoto. Por otra parte, las comunidades indígenas, gracias a la formación mítica sobre la naturaleza del territorio que les toca habitar – algunos lo llaman determinismo geográfico – no necesitaron sino activar su memoria, el recuerdo vivo, transmitido por generaciones y de manera oral, para salir huyendo hacia los cerros, hasta donde también escapa Tentenvilú y así burlar las embestidas de Caicaivilú.
Dice el weupife (historiador mapuche), que el dios de la tierra tuvo la precaución de crear la Cordillera de la Costa para proteger al hombre de la furia del Caicavilú y que el terremoto es anunciado por sucesivos temblores (truntrun) para que hombres y mujeres huyan hacia las montañas. Pero el winka está demasiado pendiente de la racionalidad del sismógrafo para comprender la irracionalidad de los mitos que pueblan el territorio.
El poder ideológico del gobierno central paralizó toda iniciativa de los ciudadanos que dependen de sus instituciones; no pasó lo mismo con las comunidades lejanas como Cobquecura, donde primó el recuerdo, la memoria, el mito. Esa comunidad indígena nos demuestra que el hombre necesita de sus mitos para mantenerse despierto y alerta. En la lengua mapuche existen más de quince palabras que hablan de mantenerse atento, vigilante; incluso los sueños son signos de alerta. La cultura oficial ha sabido adormecer al hombre al extremo de no hacerlo reaccionar ante un cataclismo.
El sismo, dicen, muestra lo peor y lo mejor del ser humano. En la urbe, el saqueo y la estafa salieron de los escombros para mostrar su espantosa desfachatez; al parecer, no sucedió así en las comunidades más distantes de la cultura oficial. En estos apartados lugares, los ciudadanos comunes y corrientes, alejados de toda influencia de la ciencia social, fueron capaces de mantener los lazos asociativos para no sólo escapar hacia la supervivencia sino, además, para mantenerse unidos como una sola gran familia.
El delirio tremens en que se sumió parte de la población – unos saqueando y otros armándose para matar – muestra el grado de desesperación social que se genera cuando la ciencia del Estado fracasa o se demora en reaccionar. Los organismos del poder fueron salvados por los comunicadores, esos anarquistas que afortunadamente todo lo denuncian y todo lo critican. Así, la naturaleza, pareciera decirnos que a mayor civilización, mayor tribulación; y que a más folklor, mejor comprensión de la vida, porque ese conocimiento popular no es otra cosa que la memoria, el recuerdo activo manifestado cara a cara, lejos de esos tediosos tratados donde la tragedia humana es tabulado en estadísticas que finalmente nadie consulta.
Podrán decir que soy un mitómano, pero es en medio de ésta alegoría, donde la épica popular mantiene fresca la memoria de los pueblos desaparecidos bajo las fauces del océano, por aquellos que no creen en las narraciones que hablan de la lucha entre los dioses primordiales de la cultura mapuche.
Por otra parte, los partidos políticos, demostraron su incapacidad frente a las comunidades que dicen representar, porque fueron las organizaciones populares sin ideologías políticas, quienes tomaron el mando de las circunstancias, como esa niñita de la Isla Juan Fernández, que salvó a su comunidad, tal vez porque en su memoria fresca e impresionable, mantenía el recuerdo de la fuerza demoledora de ese dios celoso, que quiso destruir a la humanidad.
Héctor Véliz
Escritor
10.03.2010
jueves, 22 de octubre de 2009
UNA TRANSICIÓN PERMANENTE
CHILE: UNA TRANSICIÓN PERMANENTE
El año 1979 cuando emprendía mi viaje a la Patagonia, primero tuve que pasar por la Trapananda (Región de Aysén y Coyhaique). En esa oportunidad hice la travesía desde Quellón hasta Aysén en un transbordador de Navimag, junto a un grupo de personajes que vestían a la usanza de los pioneros de las películas del Viejo Oeste; es decir, blue jeans y camisa de franela, similar a una serie de televisión norteamericana (La pequeña casa en la pradera) muy en boga durante los primeros años de la Dictadura Militar Chilena.
Conversando con estos pintorescos personajes, me enteré que ellos, con sus atuendos suaves y perfumados, iban a colonizar la Región del General Carlos Ibáñez del Campo (otro bienamado dictador de la oligarquía chilena). Para ese propósito, el Gobierno de facto, una vez más había arrebatado a los descendientes mapuche-williche, las tierras que estos habían colonizado desde cuando fueron ferozmente perseguido durante la Pacificación de la Araucanía (1881-1888). Aquellos indígenas y mestizos chilotes habían habilitado parajes y senderos para el ganado; y algunas villas que hacían más soportables la vida en esas soledades. De cualquier manera, los “nuevos colonizadores”, contaban con el apoyo del Ministerio de Tierras y Colonización para llevar adelante su cometido…Muchos de aquellos hombres - en esa primera oportunidad de reconocimiento no viajaban mujeres - eran tipos citadinos que habían dejado la oficina y gracias al panorama que les ofrecían en plena primavera, porque era Noviembre de ese año, habían emprendido la travesía, pensando naturalmente que así era siempre el buen tiempo que les esperaba. Cualquier otra opinión sobre la naturaleza cambiante del clima y los tiempos, les habría parecido una canallada, de manera que marchaban cantando viejas canciones de la tradición ranchera.
Yo a mi vez continué mi trayecto a la Patagonia Chileno-Argentina, Punta Arenas, Las Torres del Paine, Rio Gallegos, Santa Cruz y otras partes, un periplo que finalmente me trajo de vuelta a la Región Williche; esto es, desde la ciudad de Valdivia hasta Chiloé.
Finalmente cuando llegó la Transición a la Democracia (actualmente podría argumentar que nos encontramos en la etapa de la “transición permanente”), es decir, después de 10 años, incluyendo el fin de la Guerra Fría y la Celebración de los 200 años de la Revolución Francesa, finalmente me enteré por un programa de la Televisión Chilena, que esos pioneros de película habían fracasado; pues, la mayoría, durante el primer invierno, tuvo que salir huyendo de la nieve, del trabajo de arriero y agrícola que desconocían; y que sólo habrían quedado aquellos que no tuvieron los medios para regresar a la Ciudad de Santiago de Chile, de donde procedía la mayoría de estos aventureros.
Una vez más o tal vez porque no eran extranjeros, sino unos especimenes pobres de la congestionada ciudad de Santiago de Chile - con sus protestas y crímenes de Estado - el Gobierno los “exilió” prácticamente, y muchos de ellos dejaron abandonadas esas tierras y otros, tal vez los más habilidosos, encontraron compradores interesados y quizá muy pocos tuvieron éxito; eso no lo sé muy bien; pero como quiera que sea, en general, esa acometida colonizadora tuvo un solapado fracaso que los negocios de la Dictadura mantuvieron muy apartado del conocimiento público.
Posteriormente el Gobierno expropió esas tierras a los colonizadores ancestrales y se las vendió al magnate gringo, Douglas Tompkins (o como se llame). Y desde entonces, en estas tierras, la presencia humana prácticamente ha desaparecido. Dicen que Tompkins estaría protegiendo a la Naturaleza, pero a la mayoría de la gente más le parece la fortaleza de un territorio norteamericano. Algún día vendrán los mariners a repartirse la Patagonia como una extensión más de California, argumentan con fruición los pesimistas constructivos.
Los más optimistas piensan que un día no lejano, la Araucanía y la Patagonia se van a levantar como un solo puño y se va autodenominar La República Independiente de la Patagonia, tal como lo soñó el ciudadano francés, Orièle Antoine (1825-1878) quién se esforzó desesperadamente en crear un reino al interior del Wallmapu- territorio mapuche- (1860), cuyo reconocimiento de su Independencia Política y Territorial había quedado establecida en el Tratado de Killín (5 Enero 1641); mediante el cual, el Imperio Español reconocía la Autonomía de la Nación Mapuche.
Pero, en fin, el Consejo de Seguridad Nacional del Estado chileno, gracias a su sistema de defensa prusiano, ha sabido mantener las fronteras protegidas, más allá de los intereses de la ciudadanía, en beneficio del capitalismo internacional. Para entender esto último hay que pensar como un fascista neoliberal y actuar como un patriota nazi; rezar a Jesucristo y más encima creer que vivimos en la mejor de las democracias del mundo latinoamericano.
Héctor Véliz Pérez-Millán
Escritor
El año 1979 cuando emprendía mi viaje a la Patagonia, primero tuve que pasar por la Trapananda (Región de Aysén y Coyhaique). En esa oportunidad hice la travesía desde Quellón hasta Aysén en un transbordador de Navimag, junto a un grupo de personajes que vestían a la usanza de los pioneros de las películas del Viejo Oeste; es decir, blue jeans y camisa de franela, similar a una serie de televisión norteamericana (La pequeña casa en la pradera) muy en boga durante los primeros años de la Dictadura Militar Chilena.
Conversando con estos pintorescos personajes, me enteré que ellos, con sus atuendos suaves y perfumados, iban a colonizar la Región del General Carlos Ibáñez del Campo (otro bienamado dictador de la oligarquía chilena). Para ese propósito, el Gobierno de facto, una vez más había arrebatado a los descendientes mapuche-williche, las tierras que estos habían colonizado desde cuando fueron ferozmente perseguido durante la Pacificación de la Araucanía (1881-1888). Aquellos indígenas y mestizos chilotes habían habilitado parajes y senderos para el ganado; y algunas villas que hacían más soportables la vida en esas soledades. De cualquier manera, los “nuevos colonizadores”, contaban con el apoyo del Ministerio de Tierras y Colonización para llevar adelante su cometido…Muchos de aquellos hombres - en esa primera oportunidad de reconocimiento no viajaban mujeres - eran tipos citadinos que habían dejado la oficina y gracias al panorama que les ofrecían en plena primavera, porque era Noviembre de ese año, habían emprendido la travesía, pensando naturalmente que así era siempre el buen tiempo que les esperaba. Cualquier otra opinión sobre la naturaleza cambiante del clima y los tiempos, les habría parecido una canallada, de manera que marchaban cantando viejas canciones de la tradición ranchera.
Yo a mi vez continué mi trayecto a la Patagonia Chileno-Argentina, Punta Arenas, Las Torres del Paine, Rio Gallegos, Santa Cruz y otras partes, un periplo que finalmente me trajo de vuelta a la Región Williche; esto es, desde la ciudad de Valdivia hasta Chiloé.
Finalmente cuando llegó la Transición a la Democracia (actualmente podría argumentar que nos encontramos en la etapa de la “transición permanente”), es decir, después de 10 años, incluyendo el fin de la Guerra Fría y la Celebración de los 200 años de la Revolución Francesa, finalmente me enteré por un programa de la Televisión Chilena, que esos pioneros de película habían fracasado; pues, la mayoría, durante el primer invierno, tuvo que salir huyendo de la nieve, del trabajo de arriero y agrícola que desconocían; y que sólo habrían quedado aquellos que no tuvieron los medios para regresar a la Ciudad de Santiago de Chile, de donde procedía la mayoría de estos aventureros.
Una vez más o tal vez porque no eran extranjeros, sino unos especimenes pobres de la congestionada ciudad de Santiago de Chile - con sus protestas y crímenes de Estado - el Gobierno los “exilió” prácticamente, y muchos de ellos dejaron abandonadas esas tierras y otros, tal vez los más habilidosos, encontraron compradores interesados y quizá muy pocos tuvieron éxito; eso no lo sé muy bien; pero como quiera que sea, en general, esa acometida colonizadora tuvo un solapado fracaso que los negocios de la Dictadura mantuvieron muy apartado del conocimiento público.
Posteriormente el Gobierno expropió esas tierras a los colonizadores ancestrales y se las vendió al magnate gringo, Douglas Tompkins (o como se llame). Y desde entonces, en estas tierras, la presencia humana prácticamente ha desaparecido. Dicen que Tompkins estaría protegiendo a la Naturaleza, pero a la mayoría de la gente más le parece la fortaleza de un territorio norteamericano. Algún día vendrán los mariners a repartirse la Patagonia como una extensión más de California, argumentan con fruición los pesimistas constructivos.
Los más optimistas piensan que un día no lejano, la Araucanía y la Patagonia se van a levantar como un solo puño y se va autodenominar La República Independiente de la Patagonia, tal como lo soñó el ciudadano francés, Orièle Antoine (1825-1878) quién se esforzó desesperadamente en crear un reino al interior del Wallmapu- territorio mapuche- (1860), cuyo reconocimiento de su Independencia Política y Territorial había quedado establecida en el Tratado de Killín (5 Enero 1641); mediante el cual, el Imperio Español reconocía la Autonomía de la Nación Mapuche.
Pero, en fin, el Consejo de Seguridad Nacional del Estado chileno, gracias a su sistema de defensa prusiano, ha sabido mantener las fronteras protegidas, más allá de los intereses de la ciudadanía, en beneficio del capitalismo internacional. Para entender esto último hay que pensar como un fascista neoliberal y actuar como un patriota nazi; rezar a Jesucristo y más encima creer que vivimos en la mejor de las democracias del mundo latinoamericano.
Héctor Véliz Pérez-Millán
Escritor
viernes, 10 de julio de 2009
LOS MITOS DEL EXILIO
EL AUMEN
El Aumen, a continuación de la gran estampida, huyó a galope tendido de los montes y quebradas; y se vio en la necesidad de buscar refugio entre los libros de la Muy Leal Ciudad.
Y cual mariposa atrapada entre las hojas, encantó a todo aquel que leía El Libro Oculto de la Poesía Secreta, convirtiéndolos en amantes de las letras.
Así nacieron poetas y escritores que goteaban savia y semen en las reuniones, creando de esta manera la primera voz de alerta y resistencia en el sur de la memoria.
De esta manera, el Aumen se transformó el mito cultural más celebrado del exilio, lo que ha provocado la envidia de moros y cristianos.
Algunos han pretendido afirmar que el Aumen es una pequeñísima mariposa que en su período de evolución suele reposar en las hojas de los árboles de donde extrae la savia que dará larga vida a los poetas y escritores que tocó con su magia.
Sin embargo, los aumenianos, saben que todo lo que se diga de ellos, siempre será “una canallada al sentido común”.
(texto publiado en el libro LOS MITOS DEL EXILIO, 1988, cHILOÉ)
AUTOR: HECTORVELIZPM
El Aumen, a continuación de la gran estampida, huyó a galope tendido de los montes y quebradas; y se vio en la necesidad de buscar refugio entre los libros de la Muy Leal Ciudad.
Y cual mariposa atrapada entre las hojas, encantó a todo aquel que leía El Libro Oculto de la Poesía Secreta, convirtiéndolos en amantes de las letras.
Así nacieron poetas y escritores que goteaban savia y semen en las reuniones, creando de esta manera la primera voz de alerta y resistencia en el sur de la memoria.
De esta manera, el Aumen se transformó el mito cultural más celebrado del exilio, lo que ha provocado la envidia de moros y cristianos.
Algunos han pretendido afirmar que el Aumen es una pequeñísima mariposa que en su período de evolución suele reposar en las hojas de los árboles de donde extrae la savia que dará larga vida a los poetas y escritores que tocó con su magia.
Sin embargo, los aumenianos, saben que todo lo que se diga de ellos, siempre será “una canallada al sentido común”.
(texto publiado en el libro LOS MITOS DEL EXILIO, 1988, cHILOÉ)
AUTOR: HECTORVELIZPM
jueves, 25 de junio de 2009
LOS DUEÑOS DE LA CIUDAD
LA GRAN CONSTRUCCIÓN
DEL
PUENTE DE CHACAO
Cuando los ingenieros iniciaron la Gran Construcción sin duda tuvieron presente la contratación de un ejército de obreros y técnicos que Chiloé no poseía, porque la obra en sí, desde un principio demandó el esfuerzo de muchas gene-raciones, considerando el impacto social que este asunto traería para la comunidad.
La crónica dice que una vez hecha las contrataciones, las cuadrillas se repartían en diferentes funciones operativas, de acuerdo al programa de construcción sobre ese canal que fue durante milenios una frontera y un límite.
Al comienzo, el perfil general del puente proyectó la forma de un arco, en cuya base exterior se ven, a intervalo de una decena de metros, unos pilares tallados en roca viva, ajustadas con extraordinaria precisión.
Por cierto, los obreros que migraron con sus familiares creyeron venir por una temporada, mientras durara la faena, pero el tiempo se extendió y las circunstancias de ejecución de la obra hicieron cambiar ese primer impulso, y fue así como a lo largo de los años, las corrientes marítimas, los terremotos y las dictaduras, suspendieron sucesivamente la Gran Construcción, aumentando la impotencia y su presencia masiva que hizo cam-biar el paisaje humano; permaneciendo atrapados en la for-taleza de una obra que se hizo eterna.
La Gran Construcción del Puente de Chacao, presentada por todos los mandatarios que visitaron la zona en todas las épocas, fue planeada – según ellos – para ofrecer las bondades de Chiloé a todo el mundo, y nunca hubo disonancias al res-pecto; sin embargo, para hacer más interesante el proyecto, se crearon grupos de presión que opusieron tenaz resistencia a lo que ellos consideraban una brutalidad.
Cuando finalmente lograron el interés y el apoyo de organismos internacionales, dejaron de protestar, y entonces, como estrategia paralela a la Gran Construcción, se dedicaron a edificar viviendas sociales, cabañas y reclamar patrimonios para la Humanidad… Así se apropiaron de la idiosincrasia autóctona para venderla como inagotable recurso cultural (por cierto, excluyendo a la población nativa por considerar los asesores que esa gente no sirve, que basta de romanticismos, porque lo mejor es cambiar el cuerpo social, trayendo gente del Exterior).
¿Negocio?...La monumental iniciativa a cambio de talar el bosque nativo, apropiarse de fiordos, lagos y ríos; en una pa-labra, reorganizar la economía local y continuar la colonización.
Para entender este relato hay que considerar que la Gran Construcción no fue proyectada para testimoniar la grandeza de los ingenieros que se dieron cita en este plan, sino para gloria del Estado, y así tomar posesión definitiva de esta unidad terri-torial, donde los chilenos parecen haber desplazado completa-mente a la comunidad autóctona que absorbió al componente hispano durante la Colonia; de manera que cuando llegue el momento de inaugurar el Puente de Chacao, éste será el último acto de Soberanía.
Sobre éste anhelo dominador se inspiraron realmente los ingenieros para la Gran Construcción, y sin duda tomaron como referencia muchos diseños a escala porque nunca antes en estas latitudes hubo un pueblo capaz de soñar una obra tan magnífica como la que están construyendo; y es posible que así como se presentaron miles de obreros y más tarde, profesionales, tam-bién se debió recurrir al oficio de muchos cronistas capaces de entender la esencia y el patriotismo de aquellos hombres veni-dos de tantas regiones, arrastrando también sus proyectos per-sonales y su memoria.
Anoto esto porque en algún momento un filósofo del Archipiélago escribió una extensa obra referida al Puente, destacando el espíritu y visión de país de los legisladores en la aprobación de recursos, asegurando que eran ellos, en defini-tiva, los verdaderos constructores de tan magna obra. Como sea, el libro fue declarado material didáctico para testimoniar la fuerza de un sueño realizado por muchas generaciones, aún cuando a veces parecía decaer, forcejeando contra el viento, las corrientes oceánicas y el abandono.
Es posible que estas consideraciones sean una vul-garidad para la concreción de tan noble proyecto que con los años va mutando de su forma original – tal es el avance de la obra – pero no deja de ser interesante también manifestar el tesón de los gobernadores en simular un interés que a ratos parece decaer, pero que finalmente se levanta, triunfante.
Después de todo o nada, cuando todos vemos que la obra está en plena construcción, aún nos preguntamos: “¿Para qué?” ¡Fácil! ¡Para los pueblos del Norte! Incluso para las etnias de otros Continentes que deseen implantarse en Chiloé.
La Historia señala que los colonizadores desde siempre han penetrado por el canal. Esta afirmación sólo es verdad por la cercanía del Continente. Sin embargo, lo que sabemos de esa gente no los cubren las leyendas inventadas acerca de ellos. En el pasado buscaron la Ciudad de los Césares y traficaron escla-vos para construir obras menores indignas de nuestra memoria, asunto que ellos agradecen cuando a esta zona vienen a contar otros relatos, lejos de la épica sangrienta con que han escrito sus hazañas, sus constituciones y sus tratados de paz. Además nunca sabremos si lo que ellos dicen es verdad, aunque sí sa-bemos que han heredado el botín histórico obtenido con artes de guerra sucia en otras regiones. Pero como ellos dicen: lo heredado no se roba.
Tal vez sea ese el miedo ancestral por la que los paisanos escapan de su terruño, cuando ellos, los nuevos colonizadores, deciden instalarse en la Isla. En términos generales, sólo ellos hablan maravillas del Archipiélago, dicen que es la región más transparente (para los otros, es claro), que es el espacio ideal para instalar empresas sin pago de impuestos y con muchas ventajas comparativas.
Por cierto, desde el inicio de la Gran Construcción ha quedado de manifiesto que los isleños no disponemos de organizaciones sociales y políticas capaces de solucionar los problemas generales a partir de la puesta en marcha del pro-yecto, puesto que todo está relacionado y desconectado, o sea, los poderosos capitales han rendido culto folklórico a las instituciones y símbolos ancestrales, pero estratégicamente han puesto sus intereses económicos por encima de cualquier consideración.
Esta afirmación la puedo hacer, por cierto, desde la intemperie porque en la comunidad existe sobrada claridad sobre este asunto, por eso cuando se detiene la continuidad de la obra, los políticos organizan mesas de diálogos para entregar el Puente en las próximas elecciones.
Es el ritmo de la estrategia.
Tiempo que desanima a los trabajadores y sus familiares que han migrado. Entonces ocupan su tiempo en crear vínculos, soñar con volver a sus lugares de origen o algunos, muy pocos, se instalan con sus propios colegios e iglesias a espaldas de la comunidad, donde crían sus vástagos para que no se contaminen con la masa infesta de sangre aborigen para que en pro de blanquear la imagen país no destruyan el producto nacional.
El origen del proyecto -según los Anales del Archivo Nacional- fue un plan secreto del Consejo de Seguridad Nacional que luego saltó a la arena política. Entonces el Palacio de Gobierno, en su afán de dar curso social a esa orden primigenia, destruyó todos los muros de resistencia con su discurso histórico, y así se sucedieron varios Dictadores durante el siglo pasado, quienes, tal vez fascinados por la inmortalidad, quisieron arrogarse la paternidad del proyecto para imprimir sus nombres en el libro de oro donde reposa la orden de ejecución.
Según los doctores de ciencias políticas, las grandes construcciones requieren grandes sacrificios sociales y en nombre de ésta fábula, todos los crímenes se justifican porque la epopeya en su marcha forzada engrandece al espíritu humano.
Las batallas de esta historia no son cosa nueva para nosotros. Acostumbrados a ver el lento avance del proyecto (que sólo la mala conciencia impide apreciar en toda su mag-nitud) sabemos también de las persecuciones malvadas contra quienes rehuyen su responsabilidad y contribución a la Gran Construcción del Puente de Chacao.
“La medida del Puente – según el Discurso Oficial – es la distancia exacta que nos separa del Desarrollo en circunstancias que muchos otros pueblos ajenos a las bondades de la Civi-lización no han tenido la oportunidad histórica de avanzar en una generación lo que a la Humanidad le costó siglos de creatividad y esfuerzos para acceder a la actual maravilla que nos brinda la Globalización”.
Guardo mi opinión en mi complejo aldeano, pues nunca he salido de mi provincia, pero todos los antecedentes en la elaboración de este relato están dictados por la determinación necesaria del gran proyecto para que la influencia de una historia común llegue directamente a cada ciudadano de este apartado Archipiélago.
(texto editado en el libro: LA GRAN CONSTRUCCIÓN DEL PUENTE DE CHACAO, AUTOR HECTOR VELIZ PEREZ-MILLAN, este va a propósito de la reedición propagandística del mega proyecto político).
DEL
PUENTE DE CHACAO
Cuando los ingenieros iniciaron la Gran Construcción sin duda tuvieron presente la contratación de un ejército de obreros y técnicos que Chiloé no poseía, porque la obra en sí, desde un principio demandó el esfuerzo de muchas gene-raciones, considerando el impacto social que este asunto traería para la comunidad.
La crónica dice que una vez hecha las contrataciones, las cuadrillas se repartían en diferentes funciones operativas, de acuerdo al programa de construcción sobre ese canal que fue durante milenios una frontera y un límite.
Al comienzo, el perfil general del puente proyectó la forma de un arco, en cuya base exterior se ven, a intervalo de una decena de metros, unos pilares tallados en roca viva, ajustadas con extraordinaria precisión.
Por cierto, los obreros que migraron con sus familiares creyeron venir por una temporada, mientras durara la faena, pero el tiempo se extendió y las circunstancias de ejecución de la obra hicieron cambiar ese primer impulso, y fue así como a lo largo de los años, las corrientes marítimas, los terremotos y las dictaduras, suspendieron sucesivamente la Gran Construcción, aumentando la impotencia y su presencia masiva que hizo cam-biar el paisaje humano; permaneciendo atrapados en la for-taleza de una obra que se hizo eterna.
La Gran Construcción del Puente de Chacao, presentada por todos los mandatarios que visitaron la zona en todas las épocas, fue planeada – según ellos – para ofrecer las bondades de Chiloé a todo el mundo, y nunca hubo disonancias al res-pecto; sin embargo, para hacer más interesante el proyecto, se crearon grupos de presión que opusieron tenaz resistencia a lo que ellos consideraban una brutalidad.
Cuando finalmente lograron el interés y el apoyo de organismos internacionales, dejaron de protestar, y entonces, como estrategia paralela a la Gran Construcción, se dedicaron a edificar viviendas sociales, cabañas y reclamar patrimonios para la Humanidad… Así se apropiaron de la idiosincrasia autóctona para venderla como inagotable recurso cultural (por cierto, excluyendo a la población nativa por considerar los asesores que esa gente no sirve, que basta de romanticismos, porque lo mejor es cambiar el cuerpo social, trayendo gente del Exterior).
¿Negocio?...La monumental iniciativa a cambio de talar el bosque nativo, apropiarse de fiordos, lagos y ríos; en una pa-labra, reorganizar la economía local y continuar la colonización.
Para entender este relato hay que considerar que la Gran Construcción no fue proyectada para testimoniar la grandeza de los ingenieros que se dieron cita en este plan, sino para gloria del Estado, y así tomar posesión definitiva de esta unidad terri-torial, donde los chilenos parecen haber desplazado completa-mente a la comunidad autóctona que absorbió al componente hispano durante la Colonia; de manera que cuando llegue el momento de inaugurar el Puente de Chacao, éste será el último acto de Soberanía.
Sobre éste anhelo dominador se inspiraron realmente los ingenieros para la Gran Construcción, y sin duda tomaron como referencia muchos diseños a escala porque nunca antes en estas latitudes hubo un pueblo capaz de soñar una obra tan magnífica como la que están construyendo; y es posible que así como se presentaron miles de obreros y más tarde, profesionales, tam-bién se debió recurrir al oficio de muchos cronistas capaces de entender la esencia y el patriotismo de aquellos hombres veni-dos de tantas regiones, arrastrando también sus proyectos per-sonales y su memoria.
Anoto esto porque en algún momento un filósofo del Archipiélago escribió una extensa obra referida al Puente, destacando el espíritu y visión de país de los legisladores en la aprobación de recursos, asegurando que eran ellos, en defini-tiva, los verdaderos constructores de tan magna obra. Como sea, el libro fue declarado material didáctico para testimoniar la fuerza de un sueño realizado por muchas generaciones, aún cuando a veces parecía decaer, forcejeando contra el viento, las corrientes oceánicas y el abandono.
Es posible que estas consideraciones sean una vul-garidad para la concreción de tan noble proyecto que con los años va mutando de su forma original – tal es el avance de la obra – pero no deja de ser interesante también manifestar el tesón de los gobernadores en simular un interés que a ratos parece decaer, pero que finalmente se levanta, triunfante.
Después de todo o nada, cuando todos vemos que la obra está en plena construcción, aún nos preguntamos: “¿Para qué?” ¡Fácil! ¡Para los pueblos del Norte! Incluso para las etnias de otros Continentes que deseen implantarse en Chiloé.
La Historia señala que los colonizadores desde siempre han penetrado por el canal. Esta afirmación sólo es verdad por la cercanía del Continente. Sin embargo, lo que sabemos de esa gente no los cubren las leyendas inventadas acerca de ellos. En el pasado buscaron la Ciudad de los Césares y traficaron escla-vos para construir obras menores indignas de nuestra memoria, asunto que ellos agradecen cuando a esta zona vienen a contar otros relatos, lejos de la épica sangrienta con que han escrito sus hazañas, sus constituciones y sus tratados de paz. Además nunca sabremos si lo que ellos dicen es verdad, aunque sí sa-bemos que han heredado el botín histórico obtenido con artes de guerra sucia en otras regiones. Pero como ellos dicen: lo heredado no se roba.
Tal vez sea ese el miedo ancestral por la que los paisanos escapan de su terruño, cuando ellos, los nuevos colonizadores, deciden instalarse en la Isla. En términos generales, sólo ellos hablan maravillas del Archipiélago, dicen que es la región más transparente (para los otros, es claro), que es el espacio ideal para instalar empresas sin pago de impuestos y con muchas ventajas comparativas.
Por cierto, desde el inicio de la Gran Construcción ha quedado de manifiesto que los isleños no disponemos de organizaciones sociales y políticas capaces de solucionar los problemas generales a partir de la puesta en marcha del pro-yecto, puesto que todo está relacionado y desconectado, o sea, los poderosos capitales han rendido culto folklórico a las instituciones y símbolos ancestrales, pero estratégicamente han puesto sus intereses económicos por encima de cualquier consideración.
Esta afirmación la puedo hacer, por cierto, desde la intemperie porque en la comunidad existe sobrada claridad sobre este asunto, por eso cuando se detiene la continuidad de la obra, los políticos organizan mesas de diálogos para entregar el Puente en las próximas elecciones.
Es el ritmo de la estrategia.
Tiempo que desanima a los trabajadores y sus familiares que han migrado. Entonces ocupan su tiempo en crear vínculos, soñar con volver a sus lugares de origen o algunos, muy pocos, se instalan con sus propios colegios e iglesias a espaldas de la comunidad, donde crían sus vástagos para que no se contaminen con la masa infesta de sangre aborigen para que en pro de blanquear la imagen país no destruyan el producto nacional.
El origen del proyecto -según los Anales del Archivo Nacional- fue un plan secreto del Consejo de Seguridad Nacional que luego saltó a la arena política. Entonces el Palacio de Gobierno, en su afán de dar curso social a esa orden primigenia, destruyó todos los muros de resistencia con su discurso histórico, y así se sucedieron varios Dictadores durante el siglo pasado, quienes, tal vez fascinados por la inmortalidad, quisieron arrogarse la paternidad del proyecto para imprimir sus nombres en el libro de oro donde reposa la orden de ejecución.
Según los doctores de ciencias políticas, las grandes construcciones requieren grandes sacrificios sociales y en nombre de ésta fábula, todos los crímenes se justifican porque la epopeya en su marcha forzada engrandece al espíritu humano.
Las batallas de esta historia no son cosa nueva para nosotros. Acostumbrados a ver el lento avance del proyecto (que sólo la mala conciencia impide apreciar en toda su mag-nitud) sabemos también de las persecuciones malvadas contra quienes rehuyen su responsabilidad y contribución a la Gran Construcción del Puente de Chacao.
“La medida del Puente – según el Discurso Oficial – es la distancia exacta que nos separa del Desarrollo en circunstancias que muchos otros pueblos ajenos a las bondades de la Civi-lización no han tenido la oportunidad histórica de avanzar en una generación lo que a la Humanidad le costó siglos de creatividad y esfuerzos para acceder a la actual maravilla que nos brinda la Globalización”.
Guardo mi opinión en mi complejo aldeano, pues nunca he salido de mi provincia, pero todos los antecedentes en la elaboración de este relato están dictados por la determinación necesaria del gran proyecto para que la influencia de una historia común llegue directamente a cada ciudadano de este apartado Archipiélago.
(texto editado en el libro: LA GRAN CONSTRUCCIÓN DEL PUENTE DE CHACAO, AUTOR HECTOR VELIZ PEREZ-MILLAN, este va a propósito de la reedición propagandística del mega proyecto político).
martes, 16 de junio de 2009
LOS DUEÑOS DE LA CIUDAD
PREMIO DE EXTENSIÓN CULTURAL
Aquí todo va bien para unos pocos y mejor para los mismos de siempre. La semana recién pasada le dieron el Premio de Extensión Cultural a la folklorista, Rosario Hueicha, cuando ya la habían enterrado y a la familia se le había olvidado la tristeza. Sólo aquí sucede esa confianza de entregarles las llaves de la ciudad a los cadáveres; en cambio a los vivos, se les declara persona non grata, y más todavía si ejercen algún talento que hierve la sangre de los mediocres; quienes para hacer más fuego de su pira, organizan consejos y comités para realizar sus cacerías de brujas. Por eso, hace algunos días cuando el poeta Koliboro Mankemilla acababa de cumplir una década de obtener el Premio Municipal de Santiago, su rabia comenzó a salirse de madre como esos ríos que arrasan los palafitos. Es posible que nadie quiera recordar el premio en cuestión; pero para dejar constancia a los historiadores, y para ser más precisos, esto sucedió cuando el alcalde todavía vigente inauguró la Plaza de los Lores.
Entonces, el Consejo Municipal, quien otorga el Premio de Extensión Cultural que entrega la Muy Leal Ciudad, decidió crear y otorgar el primer galardón precisamente al poeta Mankemilla, por su contribución a las letras chilenas y dejar en buen pie el nombre del reino en la Metrópolis.
Su rabia, desconocida por todos y negada por él, comenzó hace tres gobiernos atrás cuando alguien con lágrimas en los ojos aseguró que en Chile se haría justicia en la medida de lo posible…Entonces el Premio de Extensión Cultural se la vinieron a ofrecer antes de Navidad, porque sería anunciado el Día de los Inocentes, por ser un día memorable en el mundo literario local. El poeta, se lo contó a todo su mundo: esposa e hijos. Que por fin se venía el premio y muchos dólares para comprarse una casa; que nunca más vivirían de allegado en la ciudad, después que las fronteras se abrieron para la estampida de exiliados que volvieron a tomarse el poder -esta vez en calidad de nuevos colonos- con todo ese capital social que otorga la riqueza y desconoce quien ha nacido cautivo de los tratados de cooperación económica que hacen los países ricos contra los países subdesarrollados. El premio en sí, no era sólo un reconocimiento artístico, sino una muestra de los intereses políticos y la pretensión de controlar a un nuevo régimen cultural. “El poeta Mankemilla – han escrito después los especialistas – es el punto culminante de la seducción erótica que une el pasado mítico con la tragedia inminente de la historia”. Este aspecto, a pesar del testimonio de los especialistas, ponía en evidencia el optimismo proyectivo del sistema político chileno cuando en vez de premiar a los cadáveres, decide galardonar a la generación perdida cuyo auténtico representante se pone de manifiesto en la poética de Mankemilla. Los pormenores del Consejo Municipal y la necesidad urgente de hacer historia en una etapa que ellos juran es fundacional, les hace abrir un abanico que ofrece viento para todos, pero cuando deciden otorgar algún beneficio se cierra como si fuera un puñal, después de haber herido la confianza pública.
Ese mismo puñal hirió seriamente al poeta Mankemilla cuando se enteró que la pequeña élite de cuatro concejales y un Alcalde, decidieron desviar el premio a organizaciones culturales y que finalmente acosados por sus propias iniciativas y disputas personales, decidieron otorgar (cuando ya nadie se postuló a la nominación del Premio de Extensión Cultural; perdiendo, además, todo prestigio) el premio por Secretaría; es decir, en secreto…como siempre se han llevado adelante los Concursos Públicos en la República de Chile. Por eso no debe extrañar a nadie que el próximo año se declare desierto el Concurso de Extensión Cultural, simplemente porque los concejales han perdido todo interés por cualquier actividad cultural. Según ellos, leer o hacer cualquier esfuerzo casi doméstico como apreciar una obra de arte, les parece un pasatiempo de mujeres ociosas o vagabundos. Permitirlo, pondría en tela de juicio la administración del poder y sus límites humanos, porque a través del arte, la sociedad se tornaría más abierta, más cercana a la estabilidad democrática; y eso los llena de incertidumbre y por lo mismo, prefieren reinventar el pasado de espaldas al futuro.
Por todo eso, darle hoy el premio al poeta Koliboro Mankemilla, sería admitir la derrota de un proyecto cultural que nunca ha sido legítimo, porque al fin de cuentas, toda la actual institucionalidad se basa en la ilegitimidad. Y todo porque su poética “une el pasado mítico con la tragedia inminente de la historia”.
(Texto editado en el libro Los Dueños de la Ciudad, ediciones Mentanegra)
Chile, 2009.
Aquí todo va bien para unos pocos y mejor para los mismos de siempre. La semana recién pasada le dieron el Premio de Extensión Cultural a la folklorista, Rosario Hueicha, cuando ya la habían enterrado y a la familia se le había olvidado la tristeza. Sólo aquí sucede esa confianza de entregarles las llaves de la ciudad a los cadáveres; en cambio a los vivos, se les declara persona non grata, y más todavía si ejercen algún talento que hierve la sangre de los mediocres; quienes para hacer más fuego de su pira, organizan consejos y comités para realizar sus cacerías de brujas. Por eso, hace algunos días cuando el poeta Koliboro Mankemilla acababa de cumplir una década de obtener el Premio Municipal de Santiago, su rabia comenzó a salirse de madre como esos ríos que arrasan los palafitos. Es posible que nadie quiera recordar el premio en cuestión; pero para dejar constancia a los historiadores, y para ser más precisos, esto sucedió cuando el alcalde todavía vigente inauguró la Plaza de los Lores.
Entonces, el Consejo Municipal, quien otorga el Premio de Extensión Cultural que entrega la Muy Leal Ciudad, decidió crear y otorgar el primer galardón precisamente al poeta Mankemilla, por su contribución a las letras chilenas y dejar en buen pie el nombre del reino en la Metrópolis.
Su rabia, desconocida por todos y negada por él, comenzó hace tres gobiernos atrás cuando alguien con lágrimas en los ojos aseguró que en Chile se haría justicia en la medida de lo posible…Entonces el Premio de Extensión Cultural se la vinieron a ofrecer antes de Navidad, porque sería anunciado el Día de los Inocentes, por ser un día memorable en el mundo literario local. El poeta, se lo contó a todo su mundo: esposa e hijos. Que por fin se venía el premio y muchos dólares para comprarse una casa; que nunca más vivirían de allegado en la ciudad, después que las fronteras se abrieron para la estampida de exiliados que volvieron a tomarse el poder -esta vez en calidad de nuevos colonos- con todo ese capital social que otorga la riqueza y desconoce quien ha nacido cautivo de los tratados de cooperación económica que hacen los países ricos contra los países subdesarrollados. El premio en sí, no era sólo un reconocimiento artístico, sino una muestra de los intereses políticos y la pretensión de controlar a un nuevo régimen cultural. “El poeta Mankemilla – han escrito después los especialistas – es el punto culminante de la seducción erótica que une el pasado mítico con la tragedia inminente de la historia”. Este aspecto, a pesar del testimonio de los especialistas, ponía en evidencia el optimismo proyectivo del sistema político chileno cuando en vez de premiar a los cadáveres, decide galardonar a la generación perdida cuyo auténtico representante se pone de manifiesto en la poética de Mankemilla. Los pormenores del Consejo Municipal y la necesidad urgente de hacer historia en una etapa que ellos juran es fundacional, les hace abrir un abanico que ofrece viento para todos, pero cuando deciden otorgar algún beneficio se cierra como si fuera un puñal, después de haber herido la confianza pública.
Ese mismo puñal hirió seriamente al poeta Mankemilla cuando se enteró que la pequeña élite de cuatro concejales y un Alcalde, decidieron desviar el premio a organizaciones culturales y que finalmente acosados por sus propias iniciativas y disputas personales, decidieron otorgar (cuando ya nadie se postuló a la nominación del Premio de Extensión Cultural; perdiendo, además, todo prestigio) el premio por Secretaría; es decir, en secreto…como siempre se han llevado adelante los Concursos Públicos en la República de Chile. Por eso no debe extrañar a nadie que el próximo año se declare desierto el Concurso de Extensión Cultural, simplemente porque los concejales han perdido todo interés por cualquier actividad cultural. Según ellos, leer o hacer cualquier esfuerzo casi doméstico como apreciar una obra de arte, les parece un pasatiempo de mujeres ociosas o vagabundos. Permitirlo, pondría en tela de juicio la administración del poder y sus límites humanos, porque a través del arte, la sociedad se tornaría más abierta, más cercana a la estabilidad democrática; y eso los llena de incertidumbre y por lo mismo, prefieren reinventar el pasado de espaldas al futuro.
Por todo eso, darle hoy el premio al poeta Koliboro Mankemilla, sería admitir la derrota de un proyecto cultural que nunca ha sido legítimo, porque al fin de cuentas, toda la actual institucionalidad se basa en la ilegitimidad. Y todo porque su poética “une el pasado mítico con la tragedia inminente de la historia”.
(Texto editado en el libro Los Dueños de la Ciudad, ediciones Mentanegra)
Chile, 2009.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
