En la primera casa de la esquina, vivieron hace mucho tiempo, los Ketamaway, esa gente de mar que el maremoto arrojó a los cerros, olvidándolos para siempre entre los maquis y la murtilla.
El padre era Kameco y su hijo, Kelá.
A la gente le costaba trabajo distinguirlos cuando caía el sol bajo una nubada, porque eran casi como dos hojas de canelo, es decir, frescos y saludables; y como si fuera una maldición, nunca pudieron adaptarse a la picadura de leña, la jardinería o a la limpieza de las calles, donde paseaban los funcionarios del gobierno.
El viejo Ketamaway, cuando el viento hacía blanquear la bahía, prefería quedar aplastado por una garrafa de vino que el clandestino le fiaba, antes de pensar en su mala suerte.
Su hijo en cambio, parecía un guerrero kaweshkar, fuerte y robusto que prefería pasar el tiempo jugando con nosotros a todos los juegos infantiles, antes de asistir a ningún colegio, donde alguna vez tuvo que salir aullando de un varillazo por no aprender a multiplicar rápido.
Se había criado entre la pesca y el vino, los asados y el hambre… Tal vez por eso, prefería nadar en el río, bucear a puro pulmón y cantar rancheras antes que aprender la canción nacional.
A parte de ser unos extraños en la ciudad, eran fieros enemigos de los Ballesteros.
Ballesteros era un patojo engreído que volvía locas a las mujeres y a la mujer de Kameco también; pero por esa locura de la vida, se había casado con la mujer más fea del reducto huilliche, donde la mayoría eran pachachos.
Como dije, Ballesteros era vecino y enemigo de los Ketamaway.
Tal vez a Ballesteros le provocaba envidia y rabia estar junto a un hombre tan alto y pacífico como el viejo Ketamaway, cuyo hijo, parecía un gigante que no paraba de crecer, comparado con las raquíticas criaturas que él tenía por hijos; quienes además, habían heredado la condición petiza de sus padres. O tal vez, la presencia de esos pescadores que no regresaron al mar, era algo que ningún Ballesteros estaba dispuesto a tolerar.
Ambas familias eran gente muy pobre, pero de alguna parte de su miseria sacaban la energía que necesitaban para atacar y defenderse de las ofensas que en los períodos de borracheras, eran amenazas mutuas.
Sus repentinas peleas callejeras y conflictos de intereses, eran motivo de visitas e intercambio social; más todavía cuando corría ñache…Porque entonces, el boliche de la Sra. Carmela, vendía más yerba y azúcar, para animar el pelambre hasta la madrugada, cuando las velas en su último alarde luminoso mandaban a todos a la cama.
El encuentro de esos dispares enemigos, era motivo de comentarios más risibles todavía, si pensamos que los mismos críticos era gente que vivía con los ojos hinchados.
Y a pesar de que Ballesteros, tenía junto a Kameco, escasa envergadura física, poseía en cambio, la audacia y rapidez de una huiña cuando sale a cazar mariposas.
Por ese tiempo yo solía ser amigo de ambas familias, por un asunto estrictamente deportivo: jugar a la pelota y nadar hasta el otro lado del río para ir a jugar contra la Pandilla de los Curas.
Las peleas sucedían de manera inesperada, y los ataques a veces parecían venir del aullido de un perro cuando anuncia desgracia o de la sal que se había derramado en la mesa…entonces los ánimos se convertían en animosidad y la zalagarda de las mujeres, preparaban el festín de comentarios sobre la sangre que se olvidaba en las manos del contrario.
Ahora todo parecía haber pasado.
Hasta que un día Ballesteros decidió terminar con la guerra personal que Ketamaway había sabido preservar, defendiéndose a golpes y patadas de aquel hombre que le había puesto por delante la marejada, cuando al comenzar el invierno lo arrojó del mar como si fuera un pescado moribundo.
Decir que la timidez hundió al pescador, es como decir que el odio armado de ballesteros, usaba cuchillo zapatero.
Por eso a nadie sorprendió cuando una hermosa tarde de primavera, Ballesteros desafió a Ketamaway a campo abierto, a pelear sobre las margaritas.
Por otro lado, Kameco seguro en la fortaleza de su enorme cuerpo de pescador, esperó como tantas veces el ataque del petizo luchador, para devolverle el golpe y hacerlo arar en la pampa.
Sólo que esta vez, antes que pudiera avisar el golpe, Ketamaway recibió una estocada del audaz gato porfiado que era Ballesteros, y cayó tirando las tripas ante la presencia socarrona de los vecinos que gustaban de verlos pelear hasta que los separaban sus mujeres.
texto publicado en el libros
Los dueños de la ciudad autor, hectorvelizpm
viernes, 28 de enero de 2011
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