Hace mucho tiempo que los estudiantes de esta generación de nuevos chilenos ha venido dando la batalla por la integración social, más allá de la pretendida “renovación nacional” de los herederos de las haciendas patronales que hoy detentan el poder; y, por cierto, como una réplica de principios del siglo XIX cuando los inquilinos creían que sus constituciones políticas estaban envueltas en un aura de poder divino. Hoy nadie les cree.
La subordinación de los respetuosos estudiantes durante el régimen autoritario, que se negaban a participar en partidos políticos, hoy ha salido desde la marginalidad para convertirse en el primer actor social en la política chilena.
Piden cambios concretos a la Constitución Política del Estado de Chile heredada de la dictadura, y exigen nada menos que una nueva forma de gobernar… Con este discurso, han dejado de ser las tribus urbanas de principios del XXI, para convertirse en una fuerza transversal que aglutina a todos los sectores involucrados en la educación y otros gremios que han empezado a sentir como suyas las demandas de los educandos.
En otras palabras, exigen a la clase política, la reintegración de los recursos fiscales que en el pasado fueron usurpadas a la sociedad chilena por la derecha golpista; al menos para la educación y demás servicios públicos estratégicos que estaban garantizados por el Estado.
El conflicto estudiantil parece una historia corta en las demandas sociales, pero no es así. La juventud de los años 80 pudo comprobar que el nexo entre civilidad y política no se cumple.
La pretendida “transición a la democracia” finalmente se convirtió en un diálogo de sordos; y los estallidos de protestas con cacerolazos contra el actual gobierno son similares a las protestas que se iniciaron el año 1981.
Las protestas no son una nostalgia del pasado – parecen decirnos los estudiantes–; es la recuperación de la memoria histórica para que los eventos no se vuelvan a repetir.
Héctor Véliz Pérez-Millán 05 agosto de 2011
Escritor
sábado, 6 de agosto de 2011
viernes, 29 de julio de 2011
ARISTÓTELES ESPAÑA, UN POETA COMBATIENTE
Me dicen que llega un momento en que la vida se convierte en una zona de invierno donde prevalece la lluvia; y que la campana cada vez se reduce más, hasta que finalmente las goteras se convierten en nuestros hermanos, parientes, amigos, amores… Nada tiene que ver esto con el presente invierno, pero no deja de ser una metáfora real; pues, nuestro amado poeta Aristóteles España, hijo de la Isla de Chiloé, es tal vez una de las primeras goteras que cae en estos días, una gotera que fertilizará el territorio de nuestra poesía con su legado que es patrimonio de nuestros haberes culturales.
Sabíamos de su poesía cuando volvió a Chiloé a fines de la década del 70 y también de sus días de estudiante allá en Punta Arenas, cuando en pleno golpe de Estado, siendo apenas un adolescente fue conducido al Campo de Concentración en Isla Dawson, tal vez por ostentar la incipiente fama de poeta. Ese siniestro episodio de nuestro sistema republicano, implementado por la dictadura terminó seguramente con sus sueños.
Pero a nosotros nos gusta recordarlo, cuando juntos organizábamos recitales de poesías en la sitiada ciudad de Castro, participando en talleres de literatura, teatro y canto con los nuevos poetas y artistas que hacían presencia en Chiloé, como la primera muestra de resistencia cultural juvenil en plena represión militar. Todo esto a pesar del Plan de Empleo Mínimo (que aún persiste), a pesar del feroz saqueo al Sistema de Previsión Social en Chile, que cayó en manos de las Administradoras de Fondos de Pensiones, del escamoteo a la Salud Pública, la Educación y todo lo que el noeliberalismo republicano ha sido capaz de llevarse para su casa.
En Castro lo conocimos, sabíamos de su agradable conversación y su fe en la palabra; pues, sabía que una palabra opera como una gota de lluvia, que cuando se juntan todas, arrasan como una torrente de fuerzas sociales, las mismas que vemos hoy, reflejadas en la actitud esta nueva generación y de la cual los jóvenes poetas del Aumen, alguna vez fueron sus dignos antecesores para decir NO a la barbarie, aquí al sur del Mundo.
Evoco las circunstancias sociales que nos tocó vivir, porque Aristóteles España era un poeta de las causas que movilizan a los pueblos, sabía que la comunicación finalmente se convierte en comunidad mucho antes de que se inventara el internet; y era precisamente ese sueño, el que compartíamos en esos días lo que nos trae a la memoria el recuerdo de nuestro amado poeta chilote. No lo vamos a despedir con llanto ni falsos lamentos, él no se merece esa parodia; al contrario, lo vamos a saludar una vez más, leyendo sus poemas, recordando anécdotas – que son muchas – porque vamos contar con fruición que entre nosotros anduvo un poeta combatiente y que seguirá siendo uno de los nuestros.
Hector Véliz Pérez-Millán
Escritor
Sabíamos de su poesía cuando volvió a Chiloé a fines de la década del 70 y también de sus días de estudiante allá en Punta Arenas, cuando en pleno golpe de Estado, siendo apenas un adolescente fue conducido al Campo de Concentración en Isla Dawson, tal vez por ostentar la incipiente fama de poeta. Ese siniestro episodio de nuestro sistema republicano, implementado por la dictadura terminó seguramente con sus sueños.
Pero a nosotros nos gusta recordarlo, cuando juntos organizábamos recitales de poesías en la sitiada ciudad de Castro, participando en talleres de literatura, teatro y canto con los nuevos poetas y artistas que hacían presencia en Chiloé, como la primera muestra de resistencia cultural juvenil en plena represión militar. Todo esto a pesar del Plan de Empleo Mínimo (que aún persiste), a pesar del feroz saqueo al Sistema de Previsión Social en Chile, que cayó en manos de las Administradoras de Fondos de Pensiones, del escamoteo a la Salud Pública, la Educación y todo lo que el noeliberalismo republicano ha sido capaz de llevarse para su casa.
En Castro lo conocimos, sabíamos de su agradable conversación y su fe en la palabra; pues, sabía que una palabra opera como una gota de lluvia, que cuando se juntan todas, arrasan como una torrente de fuerzas sociales, las mismas que vemos hoy, reflejadas en la actitud esta nueva generación y de la cual los jóvenes poetas del Aumen, alguna vez fueron sus dignos antecesores para decir NO a la barbarie, aquí al sur del Mundo.
Evoco las circunstancias sociales que nos tocó vivir, porque Aristóteles España era un poeta de las causas que movilizan a los pueblos, sabía que la comunicación finalmente se convierte en comunidad mucho antes de que se inventara el internet; y era precisamente ese sueño, el que compartíamos en esos días lo que nos trae a la memoria el recuerdo de nuestro amado poeta chilote. No lo vamos a despedir con llanto ni falsos lamentos, él no se merece esa parodia; al contrario, lo vamos a saludar una vez más, leyendo sus poemas, recordando anécdotas – que son muchas – porque vamos contar con fruición que entre nosotros anduvo un poeta combatiente y que seguirá siendo uno de los nuestros.
Hector Véliz Pérez-Millán
Escritor
miércoles, 27 de julio de 2011
MENSAJERO ANCESTRAL
Prólogo para el libro Cuentos Ancestrales de la Región Williche
Desde sus inicios como escritor, Héctor Véliz se ha sentido atraído por dos cosas: los mitos y la narrativa. Vivió su niñez y juventud en una época de cambio social en la Isla Grande, y especialmente la migración de su familia de la rural isla de Lemuy a la creciente ciudad de Castro de la segunda mitad del siglo veinte. En este ambiente de tránsito cultural seguramente logró escuchar relatos de sus mayores, así como ser él mismo testigo de las anécdotas del barrio y de la ciudad que la copucha transformaba en mitos y leyendas. En unos años más, bajo la mordaza de la dictadura, se daría cuenta incluso de los mitos que encierran palabras como nación, república o democracia.
Pronto se desvió de la poesía versificada hacia la narrativa, y se puso a escribir cuentos e historias, echando mano al acervo cultural de su pueblo y especialmente a la extensa mitología de Chiloé. A lo largo de su obra, Véliz se ha adentrado en el pensamiento mágico del pueblo chilote, haciendo el contrapunto entre la pregonada modernidad y la tradición mítica que se empeña en aflorar en el pensamiento y los afectos de los isleños.
Hoy, Héctor Véliz nos presenta estos Cuentos Ancestrales de la Región Wuilliche, en los cuales redescubre las raíces que lo atan y lo nutren de la experiencia ancestral. Nos ofrece el regalo de un universo soñado y pensado por el pueblo Huilliche que ha habitado y modelado estos paisajes por medio de la fábula y el lenguaje. Es una travesía por el territorio de la memoria, en la que estos relatos nos arrastrarán a través de las corrientes siempre cambiantes del mito.
El filósofo Roland Barthes comparaba la lectura del mito con la experiencia de viajar en automóvil mientras se mira el paisaje por la ventana. Hay dos objetos sobre los que podemos posar nuestra mirada: el vidrio vacío y presente o el paisaje profundo y distante.
De igual manera, aunque el mito condensa un cúmulo de símbolos y arquetipos, al que podemos atribuir una serie de funciones sociológicas, en el momento concreto de ser relatado se aleja de todo ese aparataje, y pasa a ser una forma, una figura vacía pero no por ello menos maravillosa y por sobre todo, cercana. Al contrario, en su contexto concreto de narración, el mito alcanza una intensidad emotiva poderosa, que le viene dada por los recursos poéticos del narrador, su habla y su lenguaje corporal, así como por la idoneidad del momento.
En esta concepción del mito se inspiran estos Cuentos Ancestrales de la Región Wuilliche, una compilación de historias que bien puede ser una enciclopedia de la vida, escrita desde la perspectiva de la cultura mapuche-huilliche, como un libro de bolsillo para apagar el “fogón” del televisor y adentrarse en el bosque del recuerdo. A través de estas narraciones, Véliz no sólo nos expone la cosmovisión del pueblo Huilliche sino que su intención es transmitirnos algo de esos lugares y tiempos en los que él mismo escuchó estos relatos. Los paisajes que habitaron sus ancestros, amigos y lamngen, y que en distintos momentos de su vida le fueron narrados, aquí son recreados una vez más en la atmósfera escrita de estos cuentos.
Así, más allá de trazar su génesis y sus funciones sociales y normativas, lo valioso de estas historias es la experiencia estética del relato.
Su verdadero encanto nace de escucharlos de la boca de otra persona, ya sea detrás de la estufa, en alguna comida familiar, o en la intimidad de la cama. La textura de las palabras, los silencios, el humor y el suspenso que logra imprimir la narración oral sobre la historia en bruto, logran evocar el tiempo antiguo o el mundo posible, y a través de ellos, conectar la mentalidad de una época con el presente. En suma, situar el tiempo mítico en el curso de lo cotidiano para llenarlo de significado y belleza.
La invitación es a rendirse al mito.
Acercar el mundo ancestral a nosotros, hacerlo parte de nuestras pequeñas historias cotidianas, y al mismo tiempo, ser nosotros mismos un eslabón de la cadena narrativa ancestral. Para cumplir el propósito de este libro, personalmente te pido que no te contentes sólo con leerlo. Regala alguno de estos cuentos a otra persona, pero narrados en tu propia voz, con tus propios gestos y palabras.
Recuerda que mientras el patrimonio que nos lega el pasado se llena de termita en las casonas antiguas, por otra parte reverdece cada vez que el abuelo o la mamá le cuentan una historia a su hijo. El mundo vibra cuando lo hablamos, porque sólo existe en nuestros ojos y en nuestra memoria.
CÉSAR ANDRÉ PÉREZ
Estudiante de Antropología
Universidad Austral de Chile
Valdivia, 27 de Julio, 2011
Desde sus inicios como escritor, Héctor Véliz se ha sentido atraído por dos cosas: los mitos y la narrativa. Vivió su niñez y juventud en una época de cambio social en la Isla Grande, y especialmente la migración de su familia de la rural isla de Lemuy a la creciente ciudad de Castro de la segunda mitad del siglo veinte. En este ambiente de tránsito cultural seguramente logró escuchar relatos de sus mayores, así como ser él mismo testigo de las anécdotas del barrio y de la ciudad que la copucha transformaba en mitos y leyendas. En unos años más, bajo la mordaza de la dictadura, se daría cuenta incluso de los mitos que encierran palabras como nación, república o democracia.
Pronto se desvió de la poesía versificada hacia la narrativa, y se puso a escribir cuentos e historias, echando mano al acervo cultural de su pueblo y especialmente a la extensa mitología de Chiloé. A lo largo de su obra, Véliz se ha adentrado en el pensamiento mágico del pueblo chilote, haciendo el contrapunto entre la pregonada modernidad y la tradición mítica que se empeña en aflorar en el pensamiento y los afectos de los isleños.
Hoy, Héctor Véliz nos presenta estos Cuentos Ancestrales de la Región Wuilliche, en los cuales redescubre las raíces que lo atan y lo nutren de la experiencia ancestral. Nos ofrece el regalo de un universo soñado y pensado por el pueblo Huilliche que ha habitado y modelado estos paisajes por medio de la fábula y el lenguaje. Es una travesía por el territorio de la memoria, en la que estos relatos nos arrastrarán a través de las corrientes siempre cambiantes del mito.
El filósofo Roland Barthes comparaba la lectura del mito con la experiencia de viajar en automóvil mientras se mira el paisaje por la ventana. Hay dos objetos sobre los que podemos posar nuestra mirada: el vidrio vacío y presente o el paisaje profundo y distante.
De igual manera, aunque el mito condensa un cúmulo de símbolos y arquetipos, al que podemos atribuir una serie de funciones sociológicas, en el momento concreto de ser relatado se aleja de todo ese aparataje, y pasa a ser una forma, una figura vacía pero no por ello menos maravillosa y por sobre todo, cercana. Al contrario, en su contexto concreto de narración, el mito alcanza una intensidad emotiva poderosa, que le viene dada por los recursos poéticos del narrador, su habla y su lenguaje corporal, así como por la idoneidad del momento.
En esta concepción del mito se inspiran estos Cuentos Ancestrales de la Región Wuilliche, una compilación de historias que bien puede ser una enciclopedia de la vida, escrita desde la perspectiva de la cultura mapuche-huilliche, como un libro de bolsillo para apagar el “fogón” del televisor y adentrarse en el bosque del recuerdo. A través de estas narraciones, Véliz no sólo nos expone la cosmovisión del pueblo Huilliche sino que su intención es transmitirnos algo de esos lugares y tiempos en los que él mismo escuchó estos relatos. Los paisajes que habitaron sus ancestros, amigos y lamngen, y que en distintos momentos de su vida le fueron narrados, aquí son recreados una vez más en la atmósfera escrita de estos cuentos.
Así, más allá de trazar su génesis y sus funciones sociales y normativas, lo valioso de estas historias es la experiencia estética del relato.
Su verdadero encanto nace de escucharlos de la boca de otra persona, ya sea detrás de la estufa, en alguna comida familiar, o en la intimidad de la cama. La textura de las palabras, los silencios, el humor y el suspenso que logra imprimir la narración oral sobre la historia en bruto, logran evocar el tiempo antiguo o el mundo posible, y a través de ellos, conectar la mentalidad de una época con el presente. En suma, situar el tiempo mítico en el curso de lo cotidiano para llenarlo de significado y belleza.
La invitación es a rendirse al mito.
Acercar el mundo ancestral a nosotros, hacerlo parte de nuestras pequeñas historias cotidianas, y al mismo tiempo, ser nosotros mismos un eslabón de la cadena narrativa ancestral. Para cumplir el propósito de este libro, personalmente te pido que no te contentes sólo con leerlo. Regala alguno de estos cuentos a otra persona, pero narrados en tu propia voz, con tus propios gestos y palabras.
Recuerda que mientras el patrimonio que nos lega el pasado se llena de termita en las casonas antiguas, por otra parte reverdece cada vez que el abuelo o la mamá le cuentan una historia a su hijo. El mundo vibra cuando lo hablamos, porque sólo existe en nuestros ojos y en nuestra memoria.
CÉSAR ANDRÉ PÉREZ
Estudiante de Antropología
Universidad Austral de Chile
Valdivia, 27 de Julio, 2011
domingo, 12 de junio de 2011
NEGOCIO REDONDO
Definitivamente Juan y Carlos habían nacido para ser hermanos; tal vez por eso, sus padres, en algún momento, desde diferentes rincones del país, habían decidido vivir en Chiloé, justamente uno al lado del otro, como si el destino fuese una suerte de lotería y ellos se la hubieran ganado.
Cuando las pandillas del barrio habían decidido establecer sus dominios, ambos amigos se apartaron de las luchas tribales y eligieron el camino de los rufianes a la edad en que muchos de nosotros aún se mojaban los calzoncillos en un ataque risas.
No participaron de la suerte juvenil; es decir: jugar a equivocarse, hacer el ridículo y madurar hasta que los padres así lo estimasen.
En el ambiente crapuloso donde se criaron, quisieron hacer las mismas fechorías que habían oído una y otra vez, como si fuera la única escuela de iniciación para sus días venideros.
Nuestras pandillas, a pesar de las constantes batallas que se libraban por ganar un espacio donde jugar una pichanga o nadar por el río, siempre establecían treguas para realizar campeonatos de barrios o silbar juntos a las chiquillas que paseaban. En estas fechas, ellos también eran invitados a participar por falta de jugadores o lo que haya sido, pero ambos amigos preferían alejarse y planear sus negocios.
Una tarde cuando ya no quedaba tiempo para la razón, Juan y Carlos decidieron planear un atraco a la bodega de vino que se había instalado en las dependencias de una iglesia evangélica, allí mismo donde el pastor hacía sus cultos.
Previamente habían oído de un proyecto de reciclaje de vidrios y cartones, motivo por el cual un vendedor callejero había instalado una receptora de materiales en el centro de la ciudad. El negocio era tan bueno que ya no salía a vocear: compro papeles y botellas.
Se deslizaron como si fueran babosas en la humedad de la noche y, así mismo, ingresaron por una rendija que les permitió el acceso a las garrafas de vino.
Trabajaron arduamente y acumularon su botín en la cascada…
Al día siguiente aparecieron con garrafas vacías por la receptora de reciclaje.
El comprador les preguntó, después de algunas ventas furtivas, dónde encontraban tantas garrafas vacías; y ellos, como si pretendieran establecer un negocio serio y constante, no pudieron aguantar más su insólita estrategia comercial y le contaron la procedencia.
– ¿Y qué hacen con el vino? – les preguntó el asombrado comerciante.
–Las vaciamos en el río para que nadie se de cuenta – contestaron con la cara llena de satisfacción.
Héctor Véliz Pérez-Millán
Escritor
Cuando las pandillas del barrio habían decidido establecer sus dominios, ambos amigos se apartaron de las luchas tribales y eligieron el camino de los rufianes a la edad en que muchos de nosotros aún se mojaban los calzoncillos en un ataque risas.
No participaron de la suerte juvenil; es decir: jugar a equivocarse, hacer el ridículo y madurar hasta que los padres así lo estimasen.
En el ambiente crapuloso donde se criaron, quisieron hacer las mismas fechorías que habían oído una y otra vez, como si fuera la única escuela de iniciación para sus días venideros.
Nuestras pandillas, a pesar de las constantes batallas que se libraban por ganar un espacio donde jugar una pichanga o nadar por el río, siempre establecían treguas para realizar campeonatos de barrios o silbar juntos a las chiquillas que paseaban. En estas fechas, ellos también eran invitados a participar por falta de jugadores o lo que haya sido, pero ambos amigos preferían alejarse y planear sus negocios.
Una tarde cuando ya no quedaba tiempo para la razón, Juan y Carlos decidieron planear un atraco a la bodega de vino que se había instalado en las dependencias de una iglesia evangélica, allí mismo donde el pastor hacía sus cultos.
Previamente habían oído de un proyecto de reciclaje de vidrios y cartones, motivo por el cual un vendedor callejero había instalado una receptora de materiales en el centro de la ciudad. El negocio era tan bueno que ya no salía a vocear: compro papeles y botellas.
Se deslizaron como si fueran babosas en la humedad de la noche y, así mismo, ingresaron por una rendija que les permitió el acceso a las garrafas de vino.
Trabajaron arduamente y acumularon su botín en la cascada…
Al día siguiente aparecieron con garrafas vacías por la receptora de reciclaje.
El comprador les preguntó, después de algunas ventas furtivas, dónde encontraban tantas garrafas vacías; y ellos, como si pretendieran establecer un negocio serio y constante, no pudieron aguantar más su insólita estrategia comercial y le contaron la procedencia.
– ¿Y qué hacen con el vino? – les preguntó el asombrado comerciante.
–Las vaciamos en el río para que nadie se de cuenta – contestaron con la cara llena de satisfacción.
Héctor Véliz Pérez-Millán
Escritor
miércoles, 6 de abril de 2011
LAS FLORES DEL CARDO
Hace mucho que quería contar que no sólo soy producto o impulso de un grupo de personas que hoy son personajes. Si eso fuera así, creo que habría sido portador de una ideología y las pretensiones de alguna clase social chilena; y nada de eso es cierto. No lo digo para abominar de mi pasado inmediato ni de mi origen ancestral. Al menos tengo claro de dónde vengo, y sé cual es mi función. Creo que siempre lo tuve definido, el problema era cómo sobrevivir a esa convicción y continuar.
Las hojas de los árboles, a este lado del territorio williche, comienzan a ponerse pálidas de frío; ya por la tarde el sol las seca y se ponen como esas viejas fotografías que lucen en los museos hasta caer a los pies de los viejos amantes. Me dicen que es el otoño. Debe ser cierto, pero en nuestra Isla Grande, el otoño se aferra a los árboles y no le arranca ninguna hoja; ellas persisten hasta caer podridas por la lluvia, antes que pasar al olvido.
Pero no siempre es así, hay una planta maravillosa que a fines de Abril solía perseguir cuando emprendía el vuelo, me refiero a las flores del cardo:
Sólo hay una flor
Cubierta de espinas
Que viaja al cielo
Con su mensaje
Estos versos salieron en algún momento entre unos poemas que escribí producto de una resaca emocional. Pero más allá de esas rimas, hay algo que me alegra cuando las veo viajar al cielo... Me transportan hasta mi infancia: creo que tenía siete u ocho años, cuando tuve conciencia de que iba a ser un escritor. ¿Cómo lo descubrí?... pues, escuchando y leyendo relatos: lo primero lo hacía en casa, donde la mayoría de mis parientes eran analfabetos que habían llegado a la ciudad de las lejanas Islas de los Chonos, y lo segundo, de la biblioteca pública en la ciudad de Castro, a dónde me refugiaba en los terribles días de invierno que en Chiloé dura nueve meses.
Pero insisto, había en mi barrio un sitio baldío donde sólo crecían flores de cardo, y por alguna extraña razón, los chicos no destruían o al menos permanecían lejos de ellas. En realidad no eran las espinas las que los mantenían a raya, creo que debe haber algún mensaje ancestral inscrito en la memoria de los chicos que suelen destruir las plantas; y, sin embargo, respetan a esta flor que no da frutos y ensucia el paisaje con su presencia.
Recuerdo que un verano, vino un viento del norte y, en presencia de nuestro eterno juego de pelotas, se convirtió en remolino…la mayoría escapó a sus casas a protegerse los ojos por la cantidad de arena que arrojaba, pero aquellos que permanecimos impasible, pudimos ver que el demonio del viento cosechó los cardos y se los llevó como un tesoro por todas partes haciendo una columna alucinante con esas frágiles flores que nacen entre las espinas.
Los chicos empezaron a dar vueltas y a gritar, pero yo permanecí callado pensando: “Eso haré…escribiré cuentos, muchos cuentos, casi insignificantes como las flores del cardo, y un día vendrá un ventarrón, un remolino que los llevará lejos, para todas partes, incluso hasta aquellos lugares que jamás podré conocer”.
No sé si lo habré logrado en estos días de otoño cuando las flores de cardo se acicalan y se aprestan ha realizar su viaje junto al espíritu del viento, no sé; pero lo que sí sé es que desde ese momento comenzó mi viaje a través de la literatura. Reconozco que sólo he viajado por la Patagonia y la Región Williche; que casi no hay espacio que no haya visitado, pero reconozco también que me parece haber recuperado parte de ese mundo que les fue arrebatado a mis antepasados. Tal vez no materialmente, pero sí en ésta materia de la que están hecho los sueños. Este es un espacio propio, mío. Es lo que me tocó, reconstruir los mitos en este territorio que muta trágicamente, siempre por catástrofes subterráneas o políticas. Lo sé, siempre nos estamos reinventando, y reconstruyéndonos de la devastación. Mi familia también se reconstruyó en alguna parte de su historia y decidieron terminar con los traumas de la supervivencia en los canales.
Pero no teníamos una historia oficial, sino leyendas y relatos familiares que nos recordaban de dónde había venido la familia.
Mi abuela, una anciana de origen Chono, me transmitía sus relatos y la historia familiar. Luego, cuando descubrió que yo podía escribir, me dijo: “Tú vas a ser un escribiente”.
Nunca más me lo repitió y sólo se dedicó a contarme todos los días muchas historias y relatos de su infancia, que seguramente entre las lecturas que vendrían, las olvidé.
Pero no he olvidado que entre sus pertenencias, solía sacar plantas, secas y bien cuidadas que solía dar a las personas que la venían a visitar en busca de alivio desde todas las islas del sur, de donde ella y su familia habían emigrado. Ella era una machi, y se la tenía muy reservada, porque en el pasado, las machi fueron acusadas de brujas y la experiencia le había enseñado que era más útil sobrevivir que hacer de mártir.
Pasó mucho tiempo para descubrir que tenía una historia más importante por escribir que comentar las vicisitudes contemporáneas en mis trabajos; debía reconstruir nuestro mundo devastado por la marea conquistadora; y que más aún, se había apoderado de nuestro patrimonio natural y cultural.
De allí viene el impulso, luego vendría la influencia de los clásicos de la literatura universal, y principalmente, el coraje del Taller Literario Aumen cuando se instaló en casa del Poeta Carlos Alberto Trujillo y desde allí, combatió verso a verso, contra la Guerra de Chile.
En esas jornadas no estuvo ausente nadie que amara la poesía, la libertad y los sueños. Nos reunimos todos aquellos que no cerramos los ojos cuando alguna vez apareció el torbellino para cosechar las flores del cardo; o quizás, todos juntos pensamos que aprovecharíamos esa fuerza para mandar nuestros mensajes al mundo, para decir que sobrevivimos; y así nuestro testimonio se repartirían para todos los vientos.
Héctor Véliz
Escritor
Las hojas de los árboles, a este lado del territorio williche, comienzan a ponerse pálidas de frío; ya por la tarde el sol las seca y se ponen como esas viejas fotografías que lucen en los museos hasta caer a los pies de los viejos amantes. Me dicen que es el otoño. Debe ser cierto, pero en nuestra Isla Grande, el otoño se aferra a los árboles y no le arranca ninguna hoja; ellas persisten hasta caer podridas por la lluvia, antes que pasar al olvido.
Pero no siempre es así, hay una planta maravillosa que a fines de Abril solía perseguir cuando emprendía el vuelo, me refiero a las flores del cardo:
Sólo hay una flor
Cubierta de espinas
Que viaja al cielo
Con su mensaje
Estos versos salieron en algún momento entre unos poemas que escribí producto de una resaca emocional. Pero más allá de esas rimas, hay algo que me alegra cuando las veo viajar al cielo... Me transportan hasta mi infancia: creo que tenía siete u ocho años, cuando tuve conciencia de que iba a ser un escritor. ¿Cómo lo descubrí?... pues, escuchando y leyendo relatos: lo primero lo hacía en casa, donde la mayoría de mis parientes eran analfabetos que habían llegado a la ciudad de las lejanas Islas de los Chonos, y lo segundo, de la biblioteca pública en la ciudad de Castro, a dónde me refugiaba en los terribles días de invierno que en Chiloé dura nueve meses.
Pero insisto, había en mi barrio un sitio baldío donde sólo crecían flores de cardo, y por alguna extraña razón, los chicos no destruían o al menos permanecían lejos de ellas. En realidad no eran las espinas las que los mantenían a raya, creo que debe haber algún mensaje ancestral inscrito en la memoria de los chicos que suelen destruir las plantas; y, sin embargo, respetan a esta flor que no da frutos y ensucia el paisaje con su presencia.
Recuerdo que un verano, vino un viento del norte y, en presencia de nuestro eterno juego de pelotas, se convirtió en remolino…la mayoría escapó a sus casas a protegerse los ojos por la cantidad de arena que arrojaba, pero aquellos que permanecimos impasible, pudimos ver que el demonio del viento cosechó los cardos y se los llevó como un tesoro por todas partes haciendo una columna alucinante con esas frágiles flores que nacen entre las espinas.
Los chicos empezaron a dar vueltas y a gritar, pero yo permanecí callado pensando: “Eso haré…escribiré cuentos, muchos cuentos, casi insignificantes como las flores del cardo, y un día vendrá un ventarrón, un remolino que los llevará lejos, para todas partes, incluso hasta aquellos lugares que jamás podré conocer”.
No sé si lo habré logrado en estos días de otoño cuando las flores de cardo se acicalan y se aprestan ha realizar su viaje junto al espíritu del viento, no sé; pero lo que sí sé es que desde ese momento comenzó mi viaje a través de la literatura. Reconozco que sólo he viajado por la Patagonia y la Región Williche; que casi no hay espacio que no haya visitado, pero reconozco también que me parece haber recuperado parte de ese mundo que les fue arrebatado a mis antepasados. Tal vez no materialmente, pero sí en ésta materia de la que están hecho los sueños. Este es un espacio propio, mío. Es lo que me tocó, reconstruir los mitos en este territorio que muta trágicamente, siempre por catástrofes subterráneas o políticas. Lo sé, siempre nos estamos reinventando, y reconstruyéndonos de la devastación. Mi familia también se reconstruyó en alguna parte de su historia y decidieron terminar con los traumas de la supervivencia en los canales.
Pero no teníamos una historia oficial, sino leyendas y relatos familiares que nos recordaban de dónde había venido la familia.
Mi abuela, una anciana de origen Chono, me transmitía sus relatos y la historia familiar. Luego, cuando descubrió que yo podía escribir, me dijo: “Tú vas a ser un escribiente”.
Nunca más me lo repitió y sólo se dedicó a contarme todos los días muchas historias y relatos de su infancia, que seguramente entre las lecturas que vendrían, las olvidé.
Pero no he olvidado que entre sus pertenencias, solía sacar plantas, secas y bien cuidadas que solía dar a las personas que la venían a visitar en busca de alivio desde todas las islas del sur, de donde ella y su familia habían emigrado. Ella era una machi, y se la tenía muy reservada, porque en el pasado, las machi fueron acusadas de brujas y la experiencia le había enseñado que era más útil sobrevivir que hacer de mártir.
Pasó mucho tiempo para descubrir que tenía una historia más importante por escribir que comentar las vicisitudes contemporáneas en mis trabajos; debía reconstruir nuestro mundo devastado por la marea conquistadora; y que más aún, se había apoderado de nuestro patrimonio natural y cultural.
De allí viene el impulso, luego vendría la influencia de los clásicos de la literatura universal, y principalmente, el coraje del Taller Literario Aumen cuando se instaló en casa del Poeta Carlos Alberto Trujillo y desde allí, combatió verso a verso, contra la Guerra de Chile.
En esas jornadas no estuvo ausente nadie que amara la poesía, la libertad y los sueños. Nos reunimos todos aquellos que no cerramos los ojos cuando alguna vez apareció el torbellino para cosechar las flores del cardo; o quizás, todos juntos pensamos que aprovecharíamos esa fuerza para mandar nuestros mensajes al mundo, para decir que sobrevivimos; y así nuestro testimonio se repartirían para todos los vientos.
Héctor Véliz
Escritor
domingo, 3 de abril de 2011
LAS FLORES DEL CARDO
Hace mucho que quería contar que no sólo soy producto o impulso de un grupo de personas que hoy son personajes. Si eso fuera así, creo que habría sido portador de una ideología y las pretensiones de alguna clase social chilena; y nada de eso es cierto. No lo digo para abominar de mi pasado inmediato ni de mi origen ancestral. Al menos tengo claro de dónde vengo, y sé cual es mi función. Creo que siempre lo tuve definido, el problema era cómo sobrevivir a esa convicción y continuar.
Las hojas de los árboles, a este lado del territorio williche, comienzan a ponerse pálidas de frío; ya por la tarde el sol las seca y se ponen como esas viejas fotografías que lucen en los museos hasta caer a los pies de los viejos amantes. Me dicen que es el otoño. Debe ser cierto, pero en nuestra Isla Grande, el otoño se aferra a los árboles y no le arranca ninguna hoja; ellas persisten hasta caer podridas por la lluvia, antes que caer al olvido.
Pero no siempre es así, hay una planta maravillosa que a fines de Abril solía perseguir cuando emprendía el vuelo, me refiero a las flores del cardo:
Sólo hay una flor
Cubierta de espinas
Que viaja al cielo
Con su mensaje
Estos versos salieron en algún momento entre unos poemas que escribí producto de una resaca emocional. Pero más allá de esas rimas, hay algo que me alegra cuando las veo viajar al cielo con su mensaje. Me transportan hasta mi infancia: creo que tenía siete u ocho años, cuando tuve conciencia de que iba a ser un escritor. ¿Cómo lo descubrí?... pues, escuchando y leyendo relatos; lo primero lo hacía en casa, donde la mayoría de mis parientes eran analfabetos que habían llegado a la ciudad de las lejanas Islas de los Chonos, y lo segundo, de la biblioteca pública de la ciudad de Castro, a dónde me refugiaba en los terribles días de invierno que en Chiloé, dura nueve meses.
Pero insisto, había en mi barrio un sitio baldío donde sólo crecían flores de cardo, y por alguna extraña razón, los chicos no destruían, o al menos permanecían lejos de ellas. En realidad no eran las espinas las que los mantenían a raya, creo que debe haber algún mensaje ancestral inscrito en la memoria de los chicos que suelen destruir las plantas; y sin embargo respetan a esta flor, que no da frutos y ensucia el paisaje con su presencia.
Recuerdo que un verano, vino un viento del norte, y en presencia de nuestro eterno juego de pelotas se convirtió en remolino…la mayoría escapó a sus casas a protegerse los ojos por la cantidad de arena que arrojaba, pero aquellos que permanecimos impasible, pudimos ver que el demonio del viento cosechó los cardos y se los llevó como un tesoro por todas partes haciendo una columna alucinante con esas frágiles flores que nacen entre las espinas.
Los chicos empezaron a dar vueltas y a gritar, pero yo permanecí callado pensando: “Eso haré…escribiré cuentos, muchos cuentos, casi insignificantes como las flores del cardo, y un día vendrá un ventarrón, un remolino que los llevará lejos, para todas partes, incluso hasta aquellos lugares que jamás podré conocer”.
No sé si lo habré logrado en estos días de otoño cuando las flores de cardo se acicalan y se aprestan ha realizar su viaje junto al espíritu del viento, no sé; pero lo que sí sé es que desde ese momento comenzó mi viaje a través de la literatura. Reconozco que sólo he viajado por la Patagonia y la Región Williche; que casi no hay espacio que no haya visitado, pero conozco también que me parece haber recuperado parte de ese mundo que les fue arrebatado a mis antepasados. Tal vez no materialmente, pero sí en ésta materia de la que están hecho los sueños. Este es un espacio propio, mío. Es lo que me tocó, reconstruir los mitos en este territorio que muta trágicamente, siempre por catástrofes subterráneas o políticas. Lo sé, siempre nos estamos reinventando, reconstruyendo de la devastación. Mi familia también se reconstruyó en alguna parte de su historia y decidieron terminar con los traumas de la supervivencia en los canales.
Pero no teníamos una historia oficial, sino leyendas y relatos familiares que nos recordaban de dónde había venido la familia.
Mi abuela, una anciana de origen Chono, me transmitía sus relatos y la historia familiar. Luego, cuando descubrió que yo podía escribir, me dijo: “Tú vas a ser un escribiente”.
Nunca más me lo repitió y sólo se dedicó a contarme todos los días muchas historias y relatos de su infancia, que seguramente entre las lecturas que vendrían, las olvidé.
Pero no he olvidado que entre sus pertenencias, solía sacar plantas, secas y bien cuidadas que solía dar a las personas que la venían a visitar en busca de alivio desde todas las islas del sur, de donde ella y su familia había emigrado; ella era una machi, y se la tenía muy reservada, porque en el pasado, las machi fueron acusadas de brujas y la experiencia le había enseñado que era más útil sobrevivir que hacer de mártir.
Pasó mucho tiempo para descubrir que tenía una historia más importante por escribir que comentar las vicisitudes contemporáneas en mis trabajos; debía reconstruir nuestro mundo devastado por la marea conquistadora que la había devastado; y que más aún, se había apoderado de nuestro patrimonio natural y cultural.
De allí viene el impulso, luego vendría la influencia de los clásicos de la literatura universal, y principalmente, el coraje del Taller Literario Aumen cuando se instaló en casa del Poeta Carlos Trujillo y desde allí, combatió verso a verso, contra la Guerra de Chile.
En esas jornadas no estuvo ausente nadie que amara la poesía, la libertad, los sueños. Nos reunimos todos aquellos que no cerramos los ojos cuando alguna vez vino el torbellino a cosechar las flores del cardo; tal vez todos juntos pensamos que aprovecharíamos esa fuerza para mandar nuestros mensajes al mundo, que sobrevivimos y que nuestra palabra se repartiría para todos los vientos.
hector veliz
escritor
Las hojas de los árboles, a este lado del territorio williche, comienzan a ponerse pálidas de frío; ya por la tarde el sol las seca y se ponen como esas viejas fotografías que lucen en los museos hasta caer a los pies de los viejos amantes. Me dicen que es el otoño. Debe ser cierto, pero en nuestra Isla Grande, el otoño se aferra a los árboles y no le arranca ninguna hoja; ellas persisten hasta caer podridas por la lluvia, antes que caer al olvido.
Pero no siempre es así, hay una planta maravillosa que a fines de Abril solía perseguir cuando emprendía el vuelo, me refiero a las flores del cardo:
Sólo hay una flor
Cubierta de espinas
Que viaja al cielo
Con su mensaje
Estos versos salieron en algún momento entre unos poemas que escribí producto de una resaca emocional. Pero más allá de esas rimas, hay algo que me alegra cuando las veo viajar al cielo con su mensaje. Me transportan hasta mi infancia: creo que tenía siete u ocho años, cuando tuve conciencia de que iba a ser un escritor. ¿Cómo lo descubrí?... pues, escuchando y leyendo relatos; lo primero lo hacía en casa, donde la mayoría de mis parientes eran analfabetos que habían llegado a la ciudad de las lejanas Islas de los Chonos, y lo segundo, de la biblioteca pública de la ciudad de Castro, a dónde me refugiaba en los terribles días de invierno que en Chiloé, dura nueve meses.
Pero insisto, había en mi barrio un sitio baldío donde sólo crecían flores de cardo, y por alguna extraña razón, los chicos no destruían, o al menos permanecían lejos de ellas. En realidad no eran las espinas las que los mantenían a raya, creo que debe haber algún mensaje ancestral inscrito en la memoria de los chicos que suelen destruir las plantas; y sin embargo respetan a esta flor, que no da frutos y ensucia el paisaje con su presencia.
Recuerdo que un verano, vino un viento del norte, y en presencia de nuestro eterno juego de pelotas se convirtió en remolino…la mayoría escapó a sus casas a protegerse los ojos por la cantidad de arena que arrojaba, pero aquellos que permanecimos impasible, pudimos ver que el demonio del viento cosechó los cardos y se los llevó como un tesoro por todas partes haciendo una columna alucinante con esas frágiles flores que nacen entre las espinas.
Los chicos empezaron a dar vueltas y a gritar, pero yo permanecí callado pensando: “Eso haré…escribiré cuentos, muchos cuentos, casi insignificantes como las flores del cardo, y un día vendrá un ventarrón, un remolino que los llevará lejos, para todas partes, incluso hasta aquellos lugares que jamás podré conocer”.
No sé si lo habré logrado en estos días de otoño cuando las flores de cardo se acicalan y se aprestan ha realizar su viaje junto al espíritu del viento, no sé; pero lo que sí sé es que desde ese momento comenzó mi viaje a través de la literatura. Reconozco que sólo he viajado por la Patagonia y la Región Williche; que casi no hay espacio que no haya visitado, pero conozco también que me parece haber recuperado parte de ese mundo que les fue arrebatado a mis antepasados. Tal vez no materialmente, pero sí en ésta materia de la que están hecho los sueños. Este es un espacio propio, mío. Es lo que me tocó, reconstruir los mitos en este territorio que muta trágicamente, siempre por catástrofes subterráneas o políticas. Lo sé, siempre nos estamos reinventando, reconstruyendo de la devastación. Mi familia también se reconstruyó en alguna parte de su historia y decidieron terminar con los traumas de la supervivencia en los canales.
Pero no teníamos una historia oficial, sino leyendas y relatos familiares que nos recordaban de dónde había venido la familia.
Mi abuela, una anciana de origen Chono, me transmitía sus relatos y la historia familiar. Luego, cuando descubrió que yo podía escribir, me dijo: “Tú vas a ser un escribiente”.
Nunca más me lo repitió y sólo se dedicó a contarme todos los días muchas historias y relatos de su infancia, que seguramente entre las lecturas que vendrían, las olvidé.
Pero no he olvidado que entre sus pertenencias, solía sacar plantas, secas y bien cuidadas que solía dar a las personas que la venían a visitar en busca de alivio desde todas las islas del sur, de donde ella y su familia había emigrado; ella era una machi, y se la tenía muy reservada, porque en el pasado, las machi fueron acusadas de brujas y la experiencia le había enseñado que era más útil sobrevivir que hacer de mártir.
Pasó mucho tiempo para descubrir que tenía una historia más importante por escribir que comentar las vicisitudes contemporáneas en mis trabajos; debía reconstruir nuestro mundo devastado por la marea conquistadora que la había devastado; y que más aún, se había apoderado de nuestro patrimonio natural y cultural.
De allí viene el impulso, luego vendría la influencia de los clásicos de la literatura universal, y principalmente, el coraje del Taller Literario Aumen cuando se instaló en casa del Poeta Carlos Trujillo y desde allí, combatió verso a verso, contra la Guerra de Chile.
En esas jornadas no estuvo ausente nadie que amara la poesía, la libertad, los sueños. Nos reunimos todos aquellos que no cerramos los ojos cuando alguna vez vino el torbellino a cosechar las flores del cardo; tal vez todos juntos pensamos que aprovecharíamos esa fuerza para mandar nuestros mensajes al mundo, que sobrevivimos y que nuestra palabra se repartiría para todos los vientos.
hector veliz
escritor
viernes, 28 de enero de 2011
MUERTE DE UN GUERRERO KAWESHKAR
En la primera casa de la esquina, vivieron hace mucho tiempo, los Ketamaway, esa gente de mar que el maremoto arrojó a los cerros, olvidándolos para siempre entre los maquis y la murtilla.
El padre era Kameco y su hijo, Kelá.
A la gente le costaba trabajo distinguirlos cuando caía el sol bajo una nubada, porque eran casi como dos hojas de canelo, es decir, frescos y saludables; y como si fuera una maldición, nunca pudieron adaptarse a la picadura de leña, la jardinería o a la limpieza de las calles, donde paseaban los funcionarios del gobierno.
El viejo Ketamaway, cuando el viento hacía blanquear la bahía, prefería quedar aplastado por una garrafa de vino que el clandestino le fiaba, antes de pensar en su mala suerte.
Su hijo en cambio, parecía un guerrero kaweshkar, fuerte y robusto que prefería pasar el tiempo jugando con nosotros a todos los juegos infantiles, antes de asistir a ningún colegio, donde alguna vez tuvo que salir aullando de un varillazo por no aprender a multiplicar rápido.
Se había criado entre la pesca y el vino, los asados y el hambre… Tal vez por eso, prefería nadar en el río, bucear a puro pulmón y cantar rancheras antes que aprender la canción nacional.
A parte de ser unos extraños en la ciudad, eran fieros enemigos de los Ballesteros.
Ballesteros era un patojo engreído que volvía locas a las mujeres y a la mujer de Kameco también; pero por esa locura de la vida, se había casado con la mujer más fea del reducto huilliche, donde la mayoría eran pachachos.
Como dije, Ballesteros era vecino y enemigo de los Ketamaway.
Tal vez a Ballesteros le provocaba envidia y rabia estar junto a un hombre tan alto y pacífico como el viejo Ketamaway, cuyo hijo, parecía un gigante que no paraba de crecer, comparado con las raquíticas criaturas que él tenía por hijos; quienes además, habían heredado la condición petiza de sus padres. O tal vez, la presencia de esos pescadores que no regresaron al mar, era algo que ningún Ballesteros estaba dispuesto a tolerar.
Ambas familias eran gente muy pobre, pero de alguna parte de su miseria sacaban la energía que necesitaban para atacar y defenderse de las ofensas que en los períodos de borracheras, eran amenazas mutuas.
Sus repentinas peleas callejeras y conflictos de intereses, eran motivo de visitas e intercambio social; más todavía cuando corría ñache…Porque entonces, el boliche de la Sra. Carmela, vendía más yerba y azúcar, para animar el pelambre hasta la madrugada, cuando las velas en su último alarde luminoso mandaban a todos a la cama.
El encuentro de esos dispares enemigos, era motivo de comentarios más risibles todavía, si pensamos que los mismos críticos era gente que vivía con los ojos hinchados.
Y a pesar de que Ballesteros, tenía junto a Kameco, escasa envergadura física, poseía en cambio, la audacia y rapidez de una huiña cuando sale a cazar mariposas.
Por ese tiempo yo solía ser amigo de ambas familias, por un asunto estrictamente deportivo: jugar a la pelota y nadar hasta el otro lado del río para ir a jugar contra la Pandilla de los Curas.
Las peleas sucedían de manera inesperada, y los ataques a veces parecían venir del aullido de un perro cuando anuncia desgracia o de la sal que se había derramado en la mesa…entonces los ánimos se convertían en animosidad y la zalagarda de las mujeres, preparaban el festín de comentarios sobre la sangre que se olvidaba en las manos del contrario.
Ahora todo parecía haber pasado.
Hasta que un día Ballesteros decidió terminar con la guerra personal que Ketamaway había sabido preservar, defendiéndose a golpes y patadas de aquel hombre que le había puesto por delante la marejada, cuando al comenzar el invierno lo arrojó del mar como si fuera un pescado moribundo.
Decir que la timidez hundió al pescador, es como decir que el odio armado de ballesteros, usaba cuchillo zapatero.
Por eso a nadie sorprendió cuando una hermosa tarde de primavera, Ballesteros desafió a Ketamaway a campo abierto, a pelear sobre las margaritas.
Por otro lado, Kameco seguro en la fortaleza de su enorme cuerpo de pescador, esperó como tantas veces el ataque del petizo luchador, para devolverle el golpe y hacerlo arar en la pampa.
Sólo que esta vez, antes que pudiera avisar el golpe, Ketamaway recibió una estocada del audaz gato porfiado que era Ballesteros, y cayó tirando las tripas ante la presencia socarrona de los vecinos que gustaban de verlos pelear hasta que los separaban sus mujeres.
texto publicado en el libros
Los dueños de la ciudad autor, hectorvelizpm
El padre era Kameco y su hijo, Kelá.
A la gente le costaba trabajo distinguirlos cuando caía el sol bajo una nubada, porque eran casi como dos hojas de canelo, es decir, frescos y saludables; y como si fuera una maldición, nunca pudieron adaptarse a la picadura de leña, la jardinería o a la limpieza de las calles, donde paseaban los funcionarios del gobierno.
El viejo Ketamaway, cuando el viento hacía blanquear la bahía, prefería quedar aplastado por una garrafa de vino que el clandestino le fiaba, antes de pensar en su mala suerte.
Su hijo en cambio, parecía un guerrero kaweshkar, fuerte y robusto que prefería pasar el tiempo jugando con nosotros a todos los juegos infantiles, antes de asistir a ningún colegio, donde alguna vez tuvo que salir aullando de un varillazo por no aprender a multiplicar rápido.
Se había criado entre la pesca y el vino, los asados y el hambre… Tal vez por eso, prefería nadar en el río, bucear a puro pulmón y cantar rancheras antes que aprender la canción nacional.
A parte de ser unos extraños en la ciudad, eran fieros enemigos de los Ballesteros.
Ballesteros era un patojo engreído que volvía locas a las mujeres y a la mujer de Kameco también; pero por esa locura de la vida, se había casado con la mujer más fea del reducto huilliche, donde la mayoría eran pachachos.
Como dije, Ballesteros era vecino y enemigo de los Ketamaway.
Tal vez a Ballesteros le provocaba envidia y rabia estar junto a un hombre tan alto y pacífico como el viejo Ketamaway, cuyo hijo, parecía un gigante que no paraba de crecer, comparado con las raquíticas criaturas que él tenía por hijos; quienes además, habían heredado la condición petiza de sus padres. O tal vez, la presencia de esos pescadores que no regresaron al mar, era algo que ningún Ballesteros estaba dispuesto a tolerar.
Ambas familias eran gente muy pobre, pero de alguna parte de su miseria sacaban la energía que necesitaban para atacar y defenderse de las ofensas que en los períodos de borracheras, eran amenazas mutuas.
Sus repentinas peleas callejeras y conflictos de intereses, eran motivo de visitas e intercambio social; más todavía cuando corría ñache…Porque entonces, el boliche de la Sra. Carmela, vendía más yerba y azúcar, para animar el pelambre hasta la madrugada, cuando las velas en su último alarde luminoso mandaban a todos a la cama.
El encuentro de esos dispares enemigos, era motivo de comentarios más risibles todavía, si pensamos que los mismos críticos era gente que vivía con los ojos hinchados.
Y a pesar de que Ballesteros, tenía junto a Kameco, escasa envergadura física, poseía en cambio, la audacia y rapidez de una huiña cuando sale a cazar mariposas.
Por ese tiempo yo solía ser amigo de ambas familias, por un asunto estrictamente deportivo: jugar a la pelota y nadar hasta el otro lado del río para ir a jugar contra la Pandilla de los Curas.
Las peleas sucedían de manera inesperada, y los ataques a veces parecían venir del aullido de un perro cuando anuncia desgracia o de la sal que se había derramado en la mesa…entonces los ánimos se convertían en animosidad y la zalagarda de las mujeres, preparaban el festín de comentarios sobre la sangre que se olvidaba en las manos del contrario.
Ahora todo parecía haber pasado.
Hasta que un día Ballesteros decidió terminar con la guerra personal que Ketamaway había sabido preservar, defendiéndose a golpes y patadas de aquel hombre que le había puesto por delante la marejada, cuando al comenzar el invierno lo arrojó del mar como si fuera un pescado moribundo.
Decir que la timidez hundió al pescador, es como decir que el odio armado de ballesteros, usaba cuchillo zapatero.
Por eso a nadie sorprendió cuando una hermosa tarde de primavera, Ballesteros desafió a Ketamaway a campo abierto, a pelear sobre las margaritas.
Por otro lado, Kameco seguro en la fortaleza de su enorme cuerpo de pescador, esperó como tantas veces el ataque del petizo luchador, para devolverle el golpe y hacerlo arar en la pampa.
Sólo que esta vez, antes que pudiera avisar el golpe, Ketamaway recibió una estocada del audaz gato porfiado que era Ballesteros, y cayó tirando las tripas ante la presencia socarrona de los vecinos que gustaban de verlos pelear hasta que los separaban sus mujeres.
texto publicado en el libros
Los dueños de la ciudad autor, hectorvelizpm
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