miércoles, 6 de abril de 2011

LAS FLORES DEL CARDO

Hace mucho que quería contar que no sólo soy producto o impulso de un grupo de personas que hoy son personajes. Si eso fuera así, creo que habría sido portador de una ideología y las pretensiones de alguna clase social chilena; y nada de eso es cierto. No lo digo para abominar de mi pasado inmediato ni de mi origen ancestral. Al menos tengo claro de dónde vengo, y sé cual es mi función. Creo que siempre lo tuve definido, el problema era cómo sobrevivir a esa convicción y continuar.
Las hojas de los árboles, a este lado del territorio williche, comienzan a ponerse pálidas de frío; ya por la tarde el sol las seca y se ponen como esas viejas fotografías que lucen en los museos hasta caer a los pies de los viejos amantes. Me dicen que es el otoño. Debe ser cierto, pero en nuestra Isla Grande, el otoño se aferra a los árboles y no le arranca ninguna hoja; ellas persisten hasta caer podridas por la lluvia, antes que pasar al olvido.
Pero no siempre es así, hay una planta maravillosa que a fines de Abril solía perseguir cuando emprendía el vuelo, me refiero a las flores del cardo:

Sólo hay una flor
Cubierta de espinas
Que viaja al cielo
Con su mensaje

Estos versos salieron en algún momento entre unos poemas que escribí producto de una resaca emocional. Pero más allá de esas rimas, hay algo que me alegra cuando las veo viajar al cielo... Me transportan hasta mi infancia: creo que tenía siete u ocho años, cuando tuve conciencia de que iba a ser un escritor. ¿Cómo lo descubrí?... pues, escuchando y leyendo relatos: lo primero lo hacía en casa, donde la mayoría de mis parientes eran analfabetos que habían llegado a la ciudad de las lejanas Islas de los Chonos, y lo segundo, de la biblioteca pública en la ciudad de Castro, a dónde me refugiaba en los terribles días de invierno que en Chiloé dura nueve meses.
Pero insisto, había en mi barrio un sitio baldío donde sólo crecían flores de cardo, y por alguna extraña razón, los chicos no destruían o al menos permanecían lejos de ellas. En realidad no eran las espinas las que los mantenían a raya, creo que debe haber algún mensaje ancestral inscrito en la memoria de los chicos que suelen destruir las plantas; y, sin embargo, respetan a esta flor que no da frutos y ensucia el paisaje con su presencia.
Recuerdo que un verano, vino un viento del norte y, en presencia de nuestro eterno juego de pelotas, se convirtió en remolino…la mayoría escapó a sus casas a protegerse los ojos por la cantidad de arena que arrojaba, pero aquellos que permanecimos impasible, pudimos ver que el demonio del viento cosechó los cardos y se los llevó como un tesoro por todas partes haciendo una columna alucinante con esas frágiles flores que nacen entre las espinas.
Los chicos empezaron a dar vueltas y a gritar, pero yo permanecí callado pensando: “Eso haré…escribiré cuentos, muchos cuentos, casi insignificantes como las flores del cardo, y un día vendrá un ventarrón, un remolino que los llevará lejos, para todas partes, incluso hasta aquellos lugares que jamás podré conocer”.
No sé si lo habré logrado en estos días de otoño cuando las flores de cardo se acicalan y se aprestan ha realizar su viaje junto al espíritu del viento, no sé; pero lo que sí sé es que desde ese momento comenzó mi viaje a través de la literatura. Reconozco que sólo he viajado por la Patagonia y la Región Williche; que casi no hay espacio que no haya visitado, pero reconozco también que me parece haber recuperado parte de ese mundo que les fue arrebatado a mis antepasados. Tal vez no materialmente, pero sí en ésta materia de la que están hecho los sueños. Este es un espacio propio, mío. Es lo que me tocó, reconstruir los mitos en este territorio que muta trágicamente, siempre por catástrofes subterráneas o políticas. Lo sé, siempre nos estamos reinventando, y reconstruyéndonos de la devastación. Mi familia también se reconstruyó en alguna parte de su historia y decidieron terminar con los traumas de la supervivencia en los canales.
Pero no teníamos una historia oficial, sino leyendas y relatos familiares que nos recordaban de dónde había venido la familia.
Mi abuela, una anciana de origen Chono, me transmitía sus relatos y la historia familiar. Luego, cuando descubrió que yo podía escribir, me dijo: “Tú vas a ser un escribiente”.
Nunca más me lo repitió y sólo se dedicó a contarme todos los días muchas historias y relatos de su infancia, que seguramente entre las lecturas que vendrían, las olvidé.
Pero no he olvidado que entre sus pertenencias, solía sacar plantas, secas y bien cuidadas que solía dar a las personas que la venían a visitar en busca de alivio desde todas las islas del sur, de donde ella y su familia habían emigrado. Ella era una machi, y se la tenía muy reservada, porque en el pasado, las machi fueron acusadas de brujas y la experiencia le había enseñado que era más útil sobrevivir que hacer de mártir.
Pasó mucho tiempo para descubrir que tenía una historia más importante por escribir que comentar las vicisitudes contemporáneas en mis trabajos; debía reconstruir nuestro mundo devastado por la marea conquistadora; y que más aún, se había apoderado de nuestro patrimonio natural y cultural.
De allí viene el impulso, luego vendría la influencia de los clásicos de la literatura universal, y principalmente, el coraje del Taller Literario Aumen cuando se instaló en casa del Poeta Carlos Alberto Trujillo y desde allí, combatió verso a verso, contra la Guerra de Chile.
En esas jornadas no estuvo ausente nadie que amara la poesía, la libertad y los sueños. Nos reunimos todos aquellos que no cerramos los ojos cuando alguna vez apareció el torbellino para cosechar las flores del cardo; o quizás, todos juntos pensamos que aprovecharíamos esa fuerza para mandar nuestros mensajes al mundo, para decir que sobrevivimos; y así nuestro testimonio se repartirían para todos los vientos.

Héctor Véliz
Escritor

domingo, 3 de abril de 2011

LAS FLORES DEL CARDO

Hace mucho que quería contar que no sólo soy producto o impulso de un grupo de personas que hoy son personajes. Si eso fuera así, creo que habría sido portador de una ideología y las pretensiones de alguna clase social chilena; y nada de eso es cierto. No lo digo para abominar de mi pasado inmediato ni de mi origen ancestral. Al menos tengo claro de dónde vengo, y sé cual es mi función. Creo que siempre lo tuve definido, el problema era cómo sobrevivir a esa convicción y continuar.
Las hojas de los árboles, a este lado del territorio williche, comienzan a ponerse pálidas de frío; ya por la tarde el sol las seca y se ponen como esas viejas fotografías que lucen en los museos hasta caer a los pies de los viejos amantes. Me dicen que es el otoño. Debe ser cierto, pero en nuestra Isla Grande, el otoño se aferra a los árboles y no le arranca ninguna hoja; ellas persisten hasta caer podridas por la lluvia, antes que caer al olvido.
Pero no siempre es así, hay una planta maravillosa que a fines de Abril solía perseguir cuando emprendía el vuelo, me refiero a las flores del cardo:

Sólo hay una flor
Cubierta de espinas
Que viaja al cielo
Con su mensaje

Estos versos salieron en algún momento entre unos poemas que escribí producto de una resaca emocional. Pero más allá de esas rimas, hay algo que me alegra cuando las veo viajar al cielo con su mensaje. Me transportan hasta mi infancia: creo que tenía siete u ocho años, cuando tuve conciencia de que iba a ser un escritor. ¿Cómo lo descubrí?... pues, escuchando y leyendo relatos; lo primero lo hacía en casa, donde la mayoría de mis parientes eran analfabetos que habían llegado a la ciudad de las lejanas Islas de los Chonos, y lo segundo, de la biblioteca pública de la ciudad de Castro, a dónde me refugiaba en los terribles días de invierno que en Chiloé, dura nueve meses.
Pero insisto, había en mi barrio un sitio baldío donde sólo crecían flores de cardo, y por alguna extraña razón, los chicos no destruían, o al menos permanecían lejos de ellas. En realidad no eran las espinas las que los mantenían a raya, creo que debe haber algún mensaje ancestral inscrito en la memoria de los chicos que suelen destruir las plantas; y sin embargo respetan a esta flor, que no da frutos y ensucia el paisaje con su presencia.
Recuerdo que un verano, vino un viento del norte, y en presencia de nuestro eterno juego de pelotas se convirtió en remolino…la mayoría escapó a sus casas a protegerse los ojos por la cantidad de arena que arrojaba, pero aquellos que permanecimos impasible, pudimos ver que el demonio del viento cosechó los cardos y se los llevó como un tesoro por todas partes haciendo una columna alucinante con esas frágiles flores que nacen entre las espinas.
Los chicos empezaron a dar vueltas y a gritar, pero yo permanecí callado pensando: “Eso haré…escribiré cuentos, muchos cuentos, casi insignificantes como las flores del cardo, y un día vendrá un ventarrón, un remolino que los llevará lejos, para todas partes, incluso hasta aquellos lugares que jamás podré conocer”.
No sé si lo habré logrado en estos días de otoño cuando las flores de cardo se acicalan y se aprestan ha realizar su viaje junto al espíritu del viento, no sé; pero lo que sí sé es que desde ese momento comenzó mi viaje a través de la literatura. Reconozco que sólo he viajado por la Patagonia y la Región Williche; que casi no hay espacio que no haya visitado, pero conozco también que me parece haber recuperado parte de ese mundo que les fue arrebatado a mis antepasados. Tal vez no materialmente, pero sí en ésta materia de la que están hecho los sueños. Este es un espacio propio, mío. Es lo que me tocó, reconstruir los mitos en este territorio que muta trágicamente, siempre por catástrofes subterráneas o políticas. Lo sé, siempre nos estamos reinventando, reconstruyendo de la devastación. Mi familia también se reconstruyó en alguna parte de su historia y decidieron terminar con los traumas de la supervivencia en los canales.
Pero no teníamos una historia oficial, sino leyendas y relatos familiares que nos recordaban de dónde había venido la familia.
Mi abuela, una anciana de origen Chono, me transmitía sus relatos y la historia familiar. Luego, cuando descubrió que yo podía escribir, me dijo: “Tú vas a ser un escribiente”.
Nunca más me lo repitió y sólo se dedicó a contarme todos los días muchas historias y relatos de su infancia, que seguramente entre las lecturas que vendrían, las olvidé.
Pero no he olvidado que entre sus pertenencias, solía sacar plantas, secas y bien cuidadas que solía dar a las personas que la venían a visitar en busca de alivio desde todas las islas del sur, de donde ella y su familia había emigrado; ella era una machi, y se la tenía muy reservada, porque en el pasado, las machi fueron acusadas de brujas y la experiencia le había enseñado que era más útil sobrevivir que hacer de mártir.
Pasó mucho tiempo para descubrir que tenía una historia más importante por escribir que comentar las vicisitudes contemporáneas en mis trabajos; debía reconstruir nuestro mundo devastado por la marea conquistadora que la había devastado; y que más aún, se había apoderado de nuestro patrimonio natural y cultural.
De allí viene el impulso, luego vendría la influencia de los clásicos de la literatura universal, y principalmente, el coraje del Taller Literario Aumen cuando se instaló en casa del Poeta Carlos Trujillo y desde allí, combatió verso a verso, contra la Guerra de Chile.
En esas jornadas no estuvo ausente nadie que amara la poesía, la libertad, los sueños. Nos reunimos todos aquellos que no cerramos los ojos cuando alguna vez vino el torbellino a cosechar las flores del cardo; tal vez todos juntos pensamos que aprovecharíamos esa fuerza para mandar nuestros mensajes al mundo, que sobrevivimos y que nuestra palabra se repartiría para todos los vientos.


hector veliz
escritor